Lleonet dominador



S'acosta el viatge de dimecres. L'animal anirà adormidet i tot sortirà bé. Fins i tot, potser entraran papallones per les finestres del tren, abans que jo baixi a mig camí i tu continuis agafant confiança per les vies que portaran el teu comboi cap al sud. Amb el teu lleonet dominador dins aquella gàbia de plàstic dur, on no ha entrat mai i tindrà temor. Però no passarà res.

Poema 10

podría decir que quizás ella era más feliz
que todos
esa solitaria del chal
en el tren de vagones naranja
con el pequeño pájaro manso
en su pañuelo
al que le canturreaba
todo el tiempo
mia mascotta
mia mascotta
y ni uno de los excursionistas de domingo
con sus botellas y sus canastas
le ponía atención
y el vagón
chirriaba a través de los maizales
tan lentamente que
las mariposas
entraban y salían

Lawrence Ferlinghetti

PD: Un post amb un poema no pot admetre comentaris, que la País Secret em faria conya tres mesos seguits :-) A més, aquest és un text críptic i difícil de comentar.

Helicóptero



Hay cosas que me han alegrado la vida este principio de año, como continuar riéndome con el programa de radio La competència de Rac1. Como recibir una postal navideña de Brasil (tan cuidada -con gatitos y pingüinos), aunque entrara en mi buzón pasadas las fiestas. Como que la violinista tenga por fin trabajo y esté a punto de alquilar un castillo para su hija-princesita. Como arreglar el ordenador de la mujer de los mares del sur mientras le cantaba "con estas manitas..." y me hacía el chulo. Como ese anillo de oro que se ha vendido un corsario para pagarme un favor que era gratuito (ya me había recompensado previamente con tres estuches con sus fotos magníficas). Como un par de posts perfectos que me hicieron releerlos este principio de enero: el de Carlitos y el de Gerònima. Como mi primer paseo del año por el camino de Duran, en la tierra de la niebla. Ese fue mi mejor día de 2012, hasta el momento. Os lo cuento, si tenéis un ratito.

La mañana después de la noche de Reyes me levanté temprano de mi cama en la habitación congelador porque el pequeño Hayden ya había aprendido a dominar su nuevo helicóptero teledirigido y conseguía hacerlo volar hasta la tercera planta de la granja de los caballos (eso es muy arriba). Allí lo hacía golpear contra la ventana de mi dormitorio una, dos y tres veces con ese pico de pájaro mecánico, mientras el niño se carcajeaba en el patio de abajo, seguro de su capacidad para romper mis sueños en que una chica, que parecía sudamericana, cepillaba un caballo marrón junto a un curso de agua con nenúfares. Era muy bonita y repetía inquietantemente: "Se te escurre la vida".

Bajé al comedor. El paso huracanado de los Reyes había dejado una desolación de papeles de envolver regalos sobre la mesa. Entre ellos encontré mi paquetito con un pendrive de alta capacidad que me habían traído. Es lo único que pedí. Será perfecto para guardar mil cosas huérfanas de ser leídas o vistas en el futuro. O no.

La señora Sofía me preguntó qué era ese chisme, pero me dio pereza explicárselo. Así que la ayudé a cortar las verduras y a poner un círculo de tomatitos con ajo y perejil sobre la barbacoa para la comida de Reyes, mientras un estornino aterrizaba tras el cristal de la cocina, en el patio, intentando no chocar con el helicóptero gamberro de mi sobrino, para ponerse a picotear las macetas en busca de caracoles en hibernación.

El reloj marcaba las doce del mediodía cuando mi madre y yo acabamos de ejercer de cocineros, en ese equipo perfecto que hemos constituido recientemente. Tenía tiempo de calzarme esas zapatillas de caminar, que estuvieron de moda hace cinco o seis años, y salir al campo para tener apetito.

En el camino de Duran me crucé con familias en bicicleta, con caminantes que iban con palos de marcar el paso, con bandadas de tórtolas buscando granos entre las cañas de los maizales derrotados por el invierno, con el agua del canal arrastrando hojas de los plataneros, con frutales tímidamente desnudos, con una pareja de corredores (él era un hombre de mi edad, y ella era una joven velocista negra que debía esperarlo a que la alcanzara en cada cruce de caminos).

Yo iba preparado para el supuesto invierno, con mi forro polar y el jersey de cuello alto. Pero hacía buen tiempo. El sol me abofeteaba la cara tras salir de cada sombra de árbol. Los dos campanarios de los dos pueblos que tenía a mi alcance dieron la una al mismo tiempo y ese sonido metálico resonó en mis oídos mientras el Montsec era visible en el horizonte de ese día claro.

Regresé a casa a paso ligero. Me esperaba la comida de Reyes en la granja de los caballos. Apenas tuve un instante para detenerme a mirar sobre la colina, junto al canal de riego, a medio camino de Duran, un grupo de amigos sentados en el patio de una masía, a mi derecha. Todos llevaban gafas de sol, excepto un chico que preparaba una barbacoa y una joven que cepillaba un caballo marrón. Parecía sudamericana, como en mi sueño que despertó el helicóptero del pequeño Hayden contra mi ventana. En el curso de agua a mi izquierda busqué nenúfares y que ella me dijera al oído: "Se te escurre la vida".

Llegué a la granja. Comimos. Luego el pequeño faraón Nil se puso a dormir sobre mis piernas (limpiándose los labios -que habían engullido cinco canelones- en mis pantalones, el muy cochino). A media tarde regresé a la metrópolis, con la luna blanca y enorme en la ventanilla del tren. En mi pequeño piso de Gràcia, deposité la maleta en el suelo y miré esa estrella roja que me había regalado una persona querida para alegrarme las fiestas (era mi única decoración de Navidad). La descolgué con cuidado y la guardé en una caja. A la mañana siguiente recibí una felicitación de Brasil, mientras escuchaba el programa de radio La competència y leía dos posts que eran geniales. Eso sucedió unas horas antes de que alguien vendiera un anillo de oro para darme las gracias y que yo arreglara un ordenador.

Llevamos pocos días de 2012. De momento, son bonitos.

PD: También hay malas noticias (esas nunca faltan). A partir de ahora me tocará tener buenos deseos para M. Et conec poquet, però et desitjo molta força. Pensaré en tu sempre que pugui, que serà sovint. Un petó (tot i que sé que no ho llegiràs).

Primer paseo del año



Después de una Nochevieja con muchos doctores y pocos pacientes (los médicos nos alargáis la vida, pero los artistas nos la alegran -piénsalo), de una terraza con vistas a esa ciudad que esperará nuestros pasos todo este año nuevo, de escuchar una canción de Melendi en esos labios femeninos que son más de blues, de ese niño que sueña con ser mayor y poder jugar a fútbol con el Barça, me desperté con una resaca más de gente reciente por digerir que de alcohol por quemar.

Me puse ropa interior nueva y una camiseta recién sacada del cajón con un caracol estampado en el pecho, y salí a dar mi primer paseo del año al Turó Parc. Ya era de nuevo de noche (el día uno de enero no vi la luz solar). Este año no pude acariciar hojas pidiendo deseos porque me acompañaba una mujer y su perro ventilador y me daba vergüenza seguir con mis rutinas excéntricas ante ellos.

Así que decidí escribir una carta a los Reyes Magos después de tanto tiempo, desde que tenía nueve años y pedí un zoo de juguete. En su lugar, me trajeron un ejemplar de El lazarillo de Tormes. Hay decepciones que no se perdonan. Y más desde que viajo en el tren de la tarde a la tierra de la niebla el día cinco de enero. Los reyes se montan en la estación anterior a la mía de destino y se bajan allí como si llegaran del fin del mundo. Todo es un engaño. Para evitar descender tras ellos, con mi bolsa de viaje negra y mi atuendo negro, y parecer su enterrador, me desplazo al último vagón y tomo el andén de incógnito.

Pero este año, que no he podido hacer mi ritual en el Turó Parc, les he escrito una carta. No les pido un zoo de juguete porque conservo aquel ejemplar de El lazarillo de Tormes que me regalaron tan amablemente en mi infancia y no quiero una nueva edición.

Pido cosas pequeñas: que el futbolista sobreviva mucho tiempo más, que la señora Sofía vuelva a ser fuerte, que El mocador màgic esté en manos de niños, que la princesita despierte, que la mujer de los mares del sur entienda lo importante que es para nuestras vidas, que la violinista me continue queriendo sin pedir nada más a cambio que mi sonrisa, que la mujer elegante y la pintora regresen a mi vida, que la hija del minero me siga llamando de madrugada. Que el viejo sauce llorón derribado por una ventisca me sirva de asiento todo el año, a medio trayecto del camino de Duran de la tierra de la niebla. Que pueda continuar siendo víctima de las gamberradas de mis sobrinos un tiempo más. Que Mónica y el señor Gris tengan luz, allá donde estén. Finalmente, pido no abandonar este blog ni los vuestros.

Se lo hubiera rogado el día uno de enero a las hojas que asomaban por las vallas del Turó Parc. Pero me acompañaba una mujer y su perro ventilador y no quise parecer ridículo. Así que lo pongo en la carta a esos reyes que se montan en la estación de tren anterior a la mia y se bajan en mi pueblo como si vinieran del fin del mundo.

PD: Començo l'any amb l'Adrià Puntí, que m'agrada molt. També tocaria una fulla del Turó Parc per a ell. El poso a la carta dels Reis d'Orient.
PD2: El dia dos de gener vaig fer sis anys de blocaire. És una manera de dir que encara sóc un nen.

Últimas imágenes



Mis últimas imágenes del año son un netbook regalado por mi hermana (a cambio de los canguros -es lo que puse en mi carta a los reyes de oriente) con el que pasaré algunas temporadas en la tierra de la niebla este 2012, mientras mi madre se recupera de sus dos pequeñas operaciones pendientes. Haré la comida y llevaré la casa, con mi padre al lado que intentará descifrar los secretos de un buen sofrito y del zig-zag de la fregona.

Mis últimas imágenes del año son una portería hecha con dos ramas de árbol entre los manzanos de la tierra de la niebla, la tarde de Navidad con mis sobrinos. Hacía sol y ellos depositaron sus forros polares sobre la hierba para intentar meterme un gol. Ganó el pequeño faraón Nil -sin trampas- con sus seis goles, por sólo cuatro del pequeño Hayden.

Mis últimas imágenes del año son el mediodía de Sant Esteve, fumando en la terraza de la granja de los caballos. El sol trazaba una diagonal y dejaba la mitad de las baldosas en la sombra y la otra mitad con luz, mientras se asomaba tras el muro del edificio de los vecinos, que son más ricos que nosotros y disponen de un piso más de altura. Mi culo estaba sobre una escalera de granito. Una nalga en la sombra, la otra en el sol. Y debajo -en los dos primeros pisos- estaban mis padres: preparando la comida, mirando la tele, planchando ropa, preocupándose por la temperatura de la casa... Espero conservarlos un año más. Y después otro, y otro. Es lo que pido cada año por estas fechas. Simplemente eso.

Mis últimas imágenes del año son dos hipopótamos durmiendo en plan 69 en el zoo de Barcelona, un gorila grande que la miraba y unos pingüinos graciosos que posaban para su cámara. Y un pequeño Hayden y un pequeño faraón Nil que nos hacían de guía, a la turista y a mí, por esas instalaciones que los niños se conocen de memoria. Siempre me acordaré de esa libreta con dibujos de animales en blanco y negro que la turista, que jamás había entrado en ese recinto, le enseñó a hacer a mi sobrino mayor. Fue altruista. Le importaban más los leones dibujados que los vistos.

Son mis últimas imágenes de 2011. Me pido algo parecido para 2012.

Seguimos vivos, nos hacemos compañía. ¿Qué más queremos?

Bona entrada d'any a tothom.

Breu encontre



Dijous o divendres de la setmana passada pujava arrossegant les ofertes del Lidl per l'avinguda de Sant Joan, quan em vaig aturar en un banc a fer un cigarret perquè ja sóc una mula de càrrega vella. Vaig treure la capseta del The New Yorker que em van regalar recentment per guardar el meu tabac d'embolicar i vaig buscar un d'aquells cilindres verinosos amb la punta dels dits. Una noia molt jove i amb la cara molt rodona va creuar un semàfor en vermell per abordar-me. No tenia angles, només corbes.

Ella dreta i jo assegut, no entenia el que em deia. Alguna cosa com ara: "Ens el liem?" Em vaig treure els auriculars de les orelles. Pensava que em demanava tabac. Però no. Em preguntava: "Ets el Guillem?". "Em sembla que no", li vaig respondre. Va posar cara de resignació, mentre em deia: "Et sap greu que m'assegui aquí mentre l'espero?". "És clar que no".

La noia molt jove i amb la cara molt rodona va fer sortir un entrepà de la seva motxilla, com si fos un conill d'un barret de màgia, i va començar a menjar, estranyament al meu costat, mentre jo fumava i l'arbre de Nadal veí feia pampallugues. Tot era gairebé silenci, tret de quan passava l'òmnibus 39 per darrere del nostre banc i ens feia tremolar mentre la gent passejava els seus gossos donant-los ordres per l'avinguda. No feia mala nit.

-Et puc preguntar qui és el Guillem? -em vaig atrevir a demanar-li a la meva companya de seient, al cap d'una bona estona.
-Encara no ho sé -em va respondre mentre mastegava tota tranquil.la i em regalava un somriure.

Qualsevol que ens hagués vist hauria pensat en un pare i una filla -que mai no tindré- que tornaven a casa carregats com a mules amb les ofertes del Lidl. Preparant el Nadal.

PD: Que tingueu unes molt bones festes. Ens retrobarem amb el mateix forat del cinturó cordat. No s'hi val a fer excessos que estem en crisi i hem de pagar la nova casa del Zapatero, el sou de senador del Montilla, el rescat dels bancs... Aquests dies, em penso perdre entre les pomeres de la terra de la boira. Elles al menys produeixen alguna cosa que es pot menjar. I allí sóc jo mateix. Diuen a la pel.lícula Un método peligroso: "Y haga lo que haga, no pase por el oasis sin detenerse a beber". Això faré. Us recomano molt aquesta pel.li del David Cronenberg. Encara la fan als Verdi de Barcelona. O la podeu veure si us la passa una bona amiga en un pendrive.