viernes, 13 de enero de 2012
by el paseante
Hay cosas que me han alegrado la vida este principio de año, como continuar riéndome con el programa de radio
La competència de Rac1. Como recibir una postal navideña de Brasil (tan cuidada -con gatitos y pingüinos), aunque entrara en mi buzón pasadas las fiestas. Como que la violinista tenga por fin trabajo y esté a punto de alquilar un castillo para su hija-princesita. Como arreglar el ordenador de la mujer de los mares del sur mientras le cantaba "con estas manitas..." y me hacía el chulo. Como ese anillo de oro que se ha vendido un corsario para pagarme un favor que era gratuito (ya me había recompensado previamente con tres estuches con sus fotos magníficas). Como un par de posts perfectos que me hicieron releerlos este principio de enero: el de
Carlitos y el de
Gerònima. Como mi primer paseo del año por el camino de Duran, en la tierra de la niebla. Ese fue mi mejor día de 2012, hasta el momento. Os lo cuento, si tenéis un ratito.
La mañana después de la noche de Reyes me levanté temprano de mi cama en la habitación congelador porque el pequeño Hayden ya había aprendido a dominar su nuevo helicóptero teledirigido y conseguía hacerlo volar hasta la tercera planta de la granja de los caballos (eso es muy arriba). Allí lo hacía golpear contra la ventana de mi dormitorio una, dos y tres veces con ese pico de pájaro mecánico, mientras el niño se carcajeaba en el patio de abajo, seguro de su capacidad para romper mis sueños en que una chica, que parecía sudamericana, cepillaba un caballo marrón junto a un curso de agua con nenúfares. Era muy bonita y repetía inquietantemente: "Se te escurre la vida".
Bajé al comedor. El paso huracanado de los Reyes había dejado una desolación de papeles de envolver regalos sobre la mesa. Entre ellos encontré mi paquetito con un pendrive de alta capacidad que me habían traído. Es lo único que pedí. Será perfecto para guardar mil cosas huérfanas de ser leídas o vistas en el futuro. O no.
La señora Sofía me preguntó qué era ese chisme, pero me dio pereza explicárselo. Así que la ayudé a cortar las verduras y a poner un círculo de tomatitos con ajo y perejil sobre la barbacoa para la comida de Reyes, mientras un estornino aterrizaba tras el cristal de la cocina, en el patio, intentando no chocar con el helicóptero gamberro de mi sobrino, para ponerse a picotear las macetas en busca de caracoles en hibernación.
El reloj marcaba las doce del mediodía cuando mi madre y yo acabamos de ejercer de cocineros, en ese equipo perfecto que hemos constituido recientemente. Tenía tiempo de calzarme esas zapatillas de caminar, que estuvieron de moda hace cinco o seis años, y salir al campo para tener apetito.
En el camino de Duran me crucé con familias en bicicleta, con caminantes que iban con palos de marcar el paso, con bandadas de tórtolas buscando granos entre las cañas de los maizales derrotados por el invierno, con el agua del canal arrastrando hojas de los plataneros, con frutales tímidamente desnudos, con una pareja de corredores (él era un hombre de mi edad, y ella era una joven velocista negra que debía esperarlo a que la alcanzara en cada cruce de caminos).
Yo iba preparado para el supuesto invierno, con mi forro polar y el jersey de cuello alto. Pero hacía buen tiempo. El sol me abofeteaba la cara tras salir de cada sombra de árbol. Los dos campanarios de los dos pueblos que tenía a mi alcance dieron la una al mismo tiempo y ese sonido metálico resonó en mis oídos mientras el Montsec era visible en el horizonte de ese día claro.
Regresé a casa a paso ligero. Me esperaba la comida de Reyes en la granja de los caballos. Apenas tuve un instante para detenerme a mirar sobre la colina, junto al canal de riego, a medio camino de Duran, un grupo de amigos sentados en el patio de una masía, a mi derecha. Todos llevaban gafas de sol, excepto un chico que preparaba una barbacoa y una joven que cepillaba un caballo marrón. Parecía sudamericana, como en mi sueño que despertó el helicóptero del pequeño Hayden contra mi ventana. En el curso de agua a mi izquierda busqué nenúfares y que ella me dijera al oído: "Se te escurre la vida".
Llegué a la granja. Comimos. Luego el pequeño faraón Nil se puso a dormir sobre mis piernas (limpiándose los labios -que habían engullido cinco canelones- en mis pantalones, el muy cochino). A media tarde regresé a la metrópolis, con la luna blanca y enorme en la ventanilla del tren. En mi pequeño piso de Gràcia, deposité la maleta en el suelo y miré esa estrella roja que me había regalado una persona querida para alegrarme las fiestas (era mi única decoración de Navidad). La descolgué con cuidado y la guardé en una caja. A la mañana siguiente recibí una felicitación de Brasil, mientras escuchaba el programa de radio
La competència y leía dos posts que eran geniales. Eso sucedió unas horas antes de que alguien vendiera un anillo de oro para darme las gracias y que yo arreglara un ordenador.
Llevamos pocos días de 2012. De momento, son bonitos.
PD: También hay malas noticias (esas nunca faltan). A partir de ahora me tocará tener buenos deseos para M. Et conec poquet, però et desitjo molta força. Pensaré en tu sempre que pugui, que serà sovint. Un petó (tot i que sé que no ho llegiràs).