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El despertar de la primavera

Mi condición de persona despistada me impide, entre otras cosas, detectar la irrupción de la primavera o del otoño. Por eso no dispongo de ropa de entretiempo y mi vida transcurre como si sólo existieran las estaciones extremas de invierno y verano.

Hasta el pasado viernes dormía con tres mantas y no pisaba la calle sin el abrigo de un buen jersey y una chaqueta. Últimamente me acaloraba caminando al Turó Parc y alguna madrugada me desperté sudando, por lo que pensé haber enfermado de nuevo aunque el termómetro no indicara la visita de la fiebre en mi cuerpo.

Salí de paseo con el señor Gris. Un instituto de diseño internacional funciona desde septiembre en mi calle. Su fachada hace honor a los estudios que se imparten en él. También los alumnos parecen esbozados siguiendo los patrones de la perfección. Esa tarde había un grupo de cinco muchachas fumando en la entrada, gracias a la ley antitabaco. Mi cuello realizó una rápida panorámica sobre la piel de sus rostros, piernas, brazos y escotes que mostraba un incipiente bronceado. En el cristal oscuro del centro pude verme reflejado, entre las ninfas a medio vestir, con mi chaqueta negra levantada hasta las orejas y mi cara invernal. Parecía el fantasma de las pasadas Navidades y me confundió el contraste.

Nos dirigimos hacia nuestro parque, cruzándonos con gente sonrosada en manga corta. Incluso la maniquí más hermosa de la ciudad, que permanece sentada desde hace semanas en la confluencia de las calles Madrazo y Calvet, llevaba un vestido ligero.

El Turó Parc estaba sembrado con pensamientos y algunos árboles habían decidido florecer de color blanco. Los otros paseantes leían tumbados al sol o se amaban o jugaban con señores grises o pensaban en los bancos junto al lago romántico como si posaran para que un fotógrafo les inmortalizara en una imagen estival. Ninguno, por suerte, me miró extrañado por mi indumentaria.

Deduje que estábamos en primavera y que era tiempo de hacer cambios.

Mi vida transcurre como si sólo existieran las estaciones extremas de invierno y verano. Al llegar al piso arranqué las tres mantas de la cama y las lavé para guardarlas hasta noviembre. Llevé el abrigo a la tintorería. Por la noche, me puse un pantalón corto y una camiseta con un pez naïf dibujado y salí a la terraza para disfrutar del buen tiempo, aunque temblara de frío porque por la noche todavía refresca y no dispongo de ropa de entretiempo.

Fumando un cigarrillo, rememoré que en octubre de 1986, al poco tiempo de llegar desde la tierra de la niebla a esta zona metropolitana, una recordada mujer llamada Astrid me invitó al teatro. La obra se titulaba El despertar de la primavera, de Frank Wedekind y dirigida por Josep Maria Flotats. Me impactó la dirección artística: una piscina presidía el escenario y los protagonistas, un grupo de adolescentes que despertaban al sexo rodeados de mayores puritanos, se bañaban en ella a pesar de la temperatura fresca que había en la sala. Quizás ellos también eran despistados e ignoraban el ligero paso estacional que se produce entre la etapa del calor al frío. O quizás no tenían a nadie, como yo, que les previniera de que cuatro veces al año cambiamos de estación y de vestuario.

La señora Hayden y el árbol del perdón

En la tienda no han podido hacer nada por recuperar mi viejo ordenador. Tantas palabras escritas en él, ajenas y propias, se precipitan para siempre en el barranco del olvido.

Mientras esperaba una nueva máquina, la señora Hayden me ha prestado la suya todos los días de las últimas semanas. Me acercaba a su piso después de comer y al entrar en el despacho sentía una tremenda envidia por la luz de marzo que penetra gratuitamente a través de las ventanas. La pequeña rata venía a saludarme tras las rejas de su encierro, aunque siga sin perdonarle el lametazo en mi lengua, ni el mordisco en el hocico del señor Gris.

Hacia las siete regresaban los propietarios de la vivienda con sonrisas y cuentos que contarme de su día y sin rencor en sus rostros por los dos años en que prácticamente ni les hablé. Prefiero no saber quién tuvo la culpa incialmente, ni recordar el motivo exacto, ni ellos elegantemente lo han sacado de nuevo en una conversación. Pero, parece que el azúcar de la discordia se ha diluido definitivamente en nuestras bocas blancas.

Quizás ahora pueda recuperar la relación con la señora Hayden como cuando compartíamos piso en una ciudad cercana a Barcelona hace más de diez años, con aquella mujer que se burlaba de mí recordando mi breve adormecimiento en el sofá tras un cuento que el protagonista de la serie Magnum le contaba a una niña pequeña en la televisión.

Hoy tengo nuevo ordenador. He comprado un limonero para ellos en señal de gratitud por la amabilidad de estos días. Como mantengo las llaves de su vivienda en mi poder, lo he depositado en la terraza con la nota: "para que el pequeño Hayden lo tome a su cuidado y lo riegue cada día con un vaso de agua y le llame el árbol del tío. También para pedir perdón por tantas cosas pasadas".

En el suelo de mi piso permanece el viejo ordenador con las palabras perdidas. Procuro que el señor Gris no lo derribe al tumbarse para dormir. Quizás en algún taller puedan recuperarlas del abismo.