Mostrando entradas con la etiqueta mujeres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mujeres. Mostrar todas las entradas

Momento (3)

Últimamente tomo el tren de la costa, en mi regreso de la granja de los caballos a la metrópoli, porque reparan la línea del norte y el trayecto se eterniza. Este domingo tampoco quedaban asientos libres en el convoy (aunque subo en la tercera estación de su recorrido). Mal afeitado -como siempre en el día del Señor- y con expresión huraña, acomodé mi equipaje en el suelo como pude, extraje de un bolsillo lateral Middlesex y leí apoyando mi espalda contra el canto criminal de una butaca.

Una mirada me distrajo de la página. La joven estaba cómodamente sentada junto a su ventana. Tenía un apunte de nariz bajo la mirada azul índigo y una barbilla deprimida que parecía intrusa en aquel rostro agradable. Pensé que vestía de estudiante hasta que descubrí sus zapatos de tacón de aguja al final de sus jeans y su camisa con los primeros botones desasidos para refrescar sus senos lácteos y escalfar mi pecho. Jugamos a esquivarnos la mirada, hasta que se durmió en posición fetal y yo intenté leer, aunque en realidad escribía mentalmente su supuesta historia de prostituta en viaje de negocios.

En una parada de caballos perdida a medio camino, las autoridades ferroviarias tuvieron la consideración de acoplar un segundo tren al nuestro y permitir que todos pudiéramos viajar con la estupenda novedad de un asiento. Perdí de vista a la mujer báltica, para desplazarme a mi nuevo vagón y leer de verdad.

Llegamos a Barcelona en noche cerrada, con mucho tiempo de retraso. En Sants Estació salí al exterior antes de tomar el metro. En los trenes, como en los cines o en los ambulatorios ya no se puede fumar. (Al aire libre sigue respetándose la tregua.) Absorví el tabaco y sus substancias molestas junto a una parada de taxis. Un guardia de seguridad me otorgaba tranquilidad. La plaza era caótica en tráfico rodado y de personas, y por todas partes se mezclaban gentes y vehículos de manera perpendicular o paralela. Es difícil coincidir con alguien conocido en lugares de paso como ese. Pero estaba a punto de agotar mi cigarrillo cuando apareció la dama del vagón, deambulando sin rumbo fijo sobre sus tacones empinados. Hacía más de una hora que formaba parte de mis recuerdos y allí estaba de nuevo con su leve equipaje de mano. Casi me rozó. La vi alejarse sobre el asfalto, esquivando taxis-avispa y -algo que hacía tiempo que no me sucedía- se giró para mirarme. Ambos sonreímos con tristeza, en la leve complicidad del viaje.

Abierto en domingo

Los domingos siempre me han parecido tristes; ideales para saltarlos de una zancada -o con pértiga-, y alcanzar el territorio firme en la orilla de un lunes cualquiera. Pero eso no es posible y duran veinticuatro horas, como el resto de jornadas.

Cuando he tenido mala semana -como es el caso-, todavía me siento peor en día festivo. Paseo con las manos en los bolsillos recordando los conflictos, a pesar de la música a alto volumen en los auriculares. Entonces busco rincones en la ciudad donde se respire un cierto aire cotidiano, que me evadan del tiempo libre.

Sólo conozco uno: la pequeña oficina de Correos que cierra a las diez de la noche, incluso en domingo, en la parte vieja de la ciudad (calle del Sots-tinent Navarro). Antes abrían al público el magnífico edificio de aire clasicista que acoge la sede central de Correos (plaza Antonio López), donde el tiempo no transcurre mientras contemplas las pinturas de Canyelles, Labarta, Obiols o Galí en el vestíbulo. Pero el verano pasado encontré sus verjas cerradas por sorpresa. Una sudamericana atractiva, con gorrita de béisbol y labios ensangrentados, me pidió si podía leerle el cartelito lejano, ya que había olvidado sus gafas en el hotel. Le expliqué que la atención al cliente se había trasladado a una callejuela cercana, y me tomó del brazo para no tropezar -por su miopía- con los adoquines y los socavones de la vieja Barcelona hacia el lugar, charlando de su Venezuela que descubrí hace pocos años.

Le conté que aprendí a montar a caballo en una explotación ganadera de Yaracuy. (Ana pidió que ensillaran a Mansito, y el capataz apareció con una bestia de tres o cuatro metros de altura, de mirada penetrante y agreste. Entre todos los trabajadores de la finca consiguieron elevarme con sus manos en mis posaderas hasta alcanzar la silla y tomar los mandos del animal. Cuando me instruí en dirigirle a derecha e izquierda y a dominar el sooo y el arreee, a trote pausado, ella dirigió su montura hacia una zona pantanosa. La seguí confiado. Estaba repleta de caimanes, cuya máxima envergadura no sobrepasaría los dos metros. Pegó un azote en las nalgas de Mansito que arrancó a correr desbocado a escasa distancia de los reptiles, mientras escuchaba su voz que se alejaba entre risas: "Si te caes se te comen gallego". Me esmeré en no descabalgarme en esa primera clase de equitación de método novedoso. Además -y por precaución-, Ana tenía su rifle desenfundado por si no era tan buen alumno como ella creía.)

La muchacha miope de Venezuela desconfió de mi historia, porque era natural de Caracas y allí no abundan los caballos. Ni los caimanes. Le cedí el primer turno en la oficina de Correos y aguardé a que realizara su envío transoceánico, antes de despedirnos hasta el día del juicio final.

En mis domingos actuales, le compro 10 estampillas de 29 céntimos al funcionario cordial que debe rondar cercano a la jubilación (forma parte de mi panorama vital desde hace diez años, porque antes él trabajaba en la oficina de envíos masivos y yo me dedico al márketing directo). Tiene una cara cercana a la de James Stewart: canea en las sienes y sonríe con su mirada gris en los anocheceres de domingo. En ocasiones le doy un paquete contra reembolso o facturas certificadas. Su aspecto amable nunca varía, sea cual sea el producto entregado en mano. Me sostiene alegre que ambos trabajemos en día festivo y que no mostremos mala cara por hacerlo. Al fin y al cabo, estar ocupado es el mejor antídoto contra la tristeza.

En el crepúsculo, he regresado a la zona norte en un autobús desconocido que me ha descargado cerca del Turó Parc, mientras recordaba la sonrisa del funcionario. Es la única buena cara de esta semana. Supongo que es mi castigo por haberme portado francamente mal con alguien que me cuidaba mucho y a quien he perdido porque no la he sabido cuidar. En mi apartamento suena Better Man de Pearl Jam, esperando el nuevo día (otra vez jodidamente festivo por la Diada de Catalunya). No sé qué voy a mandar por correo.

2º 2ª

Como un matrimonio antiguo, retratados en el marco de la ventana de su cuarto de baño, frente al mío, suelo coincidir con una extraña pareja masculina a la que le apeteció venirse a vivir a este edificio hace dos o tres años. Son amables, y tenemos un acuerdo no firmado para ventilar al mismo tiempo nuestras viviendas al caer la tarde.

Uno es alto y fornido, con un rostro castigador muy parecido al de Javier Bardem; siempre cabalga en el ascensor con sus mechones negros que simulan haberse empapado de lluvia en una vigilia tempestuosa. El otro es un saco de huesos, con escasa estatura y el aspecto rapado de Javier Cámara. Prefiere bajar a pie a la calle, apoyado en la barandilla, como hago yo.

Al gigante le apetece buscar motivos de conversación cuando nos cruzamos en el vestíbulo, pero su compañero me pide disculpas con su mirada triste cuando lee en la mía que no soy un hombre hablador. En cualquier caso, no les molesta que haga sonar en mi apartamento Cigarettes and chocolate milk de Rufus Wainwright, con la tecla repeat pulsada y a un volumen tranquilo.

Tengo tradición en vecinos masculinos. Siempre lo han sido en estos más de veinte años de alquileres en diferentes ciudades, barrios y calles. Da pereza espiarles en los marcos de sus lavabos, o atender sus demandas de sal a las once de la noche. He compartido paredes y ventanas con militares, hombres maduros con aspecto del abogado Javier Nart, árabes, policías municipales que se ajustaban el botón superior de su camisa mientras yo me afeitaba. Pero jamás rondaron chicas por el rellano.

Este mes de julio ha aparecido una francesita para compartir pared con los dos cowboys, en el segundo piso, segunda puerta. No tengo acceso a la ventana de su cuarto de baño; imposible espiarla. Apenas hemos cruzado miradas un par de veces en el ascensor. Pero recuerdo su aroma fresco, tan diferente al de todos los vecinos varoniles de tanto tiempo.

Cuando la vi por primera vez, corrí de compras para llenar mi despensa de todo aquello que no tengo y puede necesitar una extranjera en la ciudad húmeda: azúcar, toallitas refrescantes, albahaca, un descorchador de botellas de vino, un mando a distancia estándar... Contemplo la campana del timbre, confiando en su necesidad de algo.

Ignoro su nombre, su región norteña... No es especialmente atractiva, pero seguro que orina de una manera más civilizada que mis antiguos y actuales vecinos masculinos; que yo mismo. Se trata de toda una novedad en mi existencia, y es agradable despertar con la idea de que me cruzaré de nuevo en su camino al salir a la vida.

Fashion

Todas las mujeres hermosas de la ciudad se han puesto de acuerdo para salir a la calle a la misma hora, y cruzarse en mi camino al Turó Parc. Formo parte de ese elevado porcentaje de hombres que se voltean para aplaudir con la mirada el talento físico; y ahora disfruto de mi periódica tortícolis.

Mi rígida educación en una escuela de La Salle reprime ese acto reflejo con las menores de edad. Una de ellas me ha acompañado buena parte del trayecto por la calle Madrazo. Tarareaba una vieja melodía de El mago de Oz, refrescada ahora por un magnífico anuncio de Trina Spirit en la televisión. Me ha adelantado con sus sandalias ligeras, con un único punto de intercalación entre los dedos de sus pies; su pantalón pirata ligeramente caído que mostraba parte de su ropa interior; la tira derecha de su camiseta verde manzana desmayada en un brazo que publicaba un pequeño tatuaje con la palabra azul. Se ha detenido de repente para curiosear en el escaparate de una zapatería, para avanzarme de nuevo ladeando su cabecita peinada a lo garçon para contrarrestar las leyes centrífugas. Ha demorado otra vez su paseo para pegar un chicle viejo en un aparato de televisión abandonado; y ha vuelto a correr, cantando la banda sonora de la película y el spot, en nuestra carrera para ver quién llegaba primero al final de la nada, evitando cruzarnos la mirada.

Mucha gente viste igual que ella en el barrio, como si la originalidad se hubiera largado de vacaciones. Puedo ver a niñas piratas en todas partes, y las sandalias unisex van regaladas. La mayoría muestran tatuajes, y presumen de adornos metálicos incrustados en sus cuerpos; algunas abusan tanto de ellos que si cayeran al mar se hundirían sin remedio. También proliferan las jóvenes que entrelazan con fuerza sus manos, como si el mundo fuera a acabarse en cualquier momento. No son lesbianas, me cuenta Paloma: "Simplemente está de moda parecerlo".

Nunca he comprendido por qué tantas personas se acunan en los brazos de la moda popular, si sólo sirve para que todas parezcan cromos repetidos en la China de Mao.

También el pobre señor Hayden, por obligación de su mujer, ha desertado de su antigua normalidad. Últimamente aparece en mi vida con sandalias modernas y camisetas estampadas, aunque tenga casi mi edad. Le veo ataviado así, y no puedo reprimir hacerle la broma tonta: "Acabo de cruzarme con un cuarentón por la calle que llevaba calzado de mujer y una sudadera con anuncios, la gente no tiene sentido del ridículo". Me mira con frialdad, mientras se despoja lentamente de una de sus chancletas femeninas para amenazarme. Es mejor alejarse de un tipo acostumbrado a intercambiar balas con delincuentes búlgaros, al menos hasta que vuelva a calzarse.

Otros modernos optan por la estética marrana de rastafari naïf. Caminan con sus botas de media caña, ideales en esta época del año para enfermar de la piel; y perros de raza barceloneta pointer a su sombra, sin atar, con banderas de color rojo comunista anudadas al cuello. Sentado en la terraza del Salambó hace unas noches, aparecieron una pareja de ellos -chica y chico-, para hacer un alto en su peregrinar eterno por las calles y sentarse en unos bancos gratuitos cercanos. La conversación entre los miembros de esa tribu urbana despertó mi curiosidad antropológica, y la anoté en una servilleta para intentar traducirla antes de acostarme:

-El otro día conocí a Mistu, un grafitero de la hostia. Me gustaría organizar con él algo con pasta, algo muy, muy bien parido. Me daría un subidón increíble.
-¿Sabes lo que cuesta mantener un aerógrafo? ¿Y una boquilla que se va a la mierda a las pocas pintadas?
-Si tienes el aerógrafo, ya sólo necesitas un compresor, y la aguja que hay que cuidar.
-Todo cuesta un montón de pasta que flipas.
-El otro día vi una gorra y le pregunté a la tía cuánto costaba. Me dijo cuarenta euros, y le dije vete a tu house cabrona. No me extraña que la gente asalte comercios cuando hay movida.
-Tampoco es eso tío, si no la puedes pagar, no la compres.
-Cuarenta euros por una gorra, no tengo tanta pasta.
-También podrías buscarte un curro tío y te la compras, de buen rollito.
-No me ralles tía.

Es fácil adivinar quién es el chico y quién la mujer. Me disgusta que las frases racionales siempre salgan de bocas femeninas, en mi condición de hombre; pero sucede así y no se puede esconder la evidencia.

No sigo ninguna moda porque no tengo el espíritu mimético de un camaleón. Nunca lo he hecho, ni aquellos que me rodean son excéntricos en su manera de vestir; aunque el traductor tuvo su etapa punk. Vivía eternamente vestido de negro, con un pelo alborotado de loco que agitaba bailando pogo de manera campesina. Se lo contaré a sus hijas cuando crezcan y anden con sandalias ligeras, con el peligro de que él también se despoje de una alpargata para amenazarme.

Soy un tipo sencillo de jeans oscuros y polos sin anuncios comerciales. En las zapaterías, cuyo olor siempre me ha encantado, pido calzado para andar por la ciudad y el campo. No llevo el nombre de nadie escrito en mi piel, porque todavía me queda algo de memoria; y mi único adorno es un viejo Seiko con la correa derrotada por el tiempo.

De todas formas, no descarto convencer al hombre sin suerte para compranos pantalones de cadera baja en las rebajas de verano, y airear nuestros calzoncillos -estilo clásico- de algodón, amarrados de la mano por la calle mayor de nuestra población en la tierra de la niebla. Los vecinos nos observarían haciendo comentarios en voz baja, y difundirían la escena entre los ausentes. Conseguiríamos algo que los jóvenes de la metrópolis nunca tendrán: un momento fashion.

Temporada de polo

Los martes de junio son ideales para practicar el deporte del polo en el Real Club, emulando a ídolos mundiales como Carlos Cambiasso, Mariano Aguerre, Matías Mac Donough o Eduardo Heguy, sobre un caballo de raza polo argentina; y descansar luego de los siete minutos del chukker definitivo tomando un aperitivo en una terraza de las instalaciones, con las extremidades relajadas y el casco de competición brindando una sombra para que la bebida no se desvanezca con el calor.

Me gustaría convidar al hombre sin suerte a jugar polo en una tarde nublada, con el aroma a hierba mojada por el riego de aspersión, y que nuestro equipo derrotara al contrario; como él me llevó a navegar en velero algunas tardes en dirección a un sol escondido tras los cúmulos en el horizonte, o a esquiar con su primer coche en aquellas pistas en las que engullí nieve en exceso en las caídas. Pero el deporte del polo exige botas y pantalón de montar, guantes, rodilleras, anteojos, casco y largos tacos para empujar la bola en la portería de tres metros de altura. Nada de eso cabe en mi piso. Tampoco en los garajes del barrio admiten caballos de raza polo argentina en pupilaje.

Por eso, le he convidado a jugar tenis de mesa en el Turó Parc. El hombre sin suerte siempre va ataviado a la última. Ha aparecido puntual a bordo de una bicicleta de diseño, con su maletín repleto de bebidas isotónicas, extraordinariamente vestido para practicar deporte, con sus zapatos de suela especial para el ping-pong. Me ha derrotado fácilmente en los tres partidos que hemos disputado a veintiuno antes de que cerraran las puertas del recinto a las diez de la noche. Tengo excusa para el fracaso: mi ropa era de calle; y he jugado con la pala con la que mi padre levantaba torneos en los años cincuenta, para prestarle la mía con la que no gané nada en los ochenta.

En los puntos acalorados, se le ponía cara de palista chino y los anotaba con jugadas brillantes. En los aburridos, hemos aprovechado para charlar un poco. El hombre sin suerte está a un paso de cambiar su apodo. Tiene posibilidades de recuperar a su hijo que se llama como él, para quien guarda extraordinarios planes en un futuro diferente. Ansiaba aplaudirlos, pero necesitaba las manos para contrarrestar sus inesperados reveses asiáticos.

Es mi amigo más fiel. En el instituto escapábamos de las clases de matemáticas con la moto de escasa cilindrada que nos prestaba Albert, aunque él no lo supiera, para recorrer caminos de amapolas y trigo verde. También para jugar billar americano en la cafetería del teatro, o tenis de mesa en aquella sala de juegos en la planta subterránea de una discoteca. Después, nuestras universidades estaban en ciudades alejadas. Pero mantuvimos el contacto, y me presentó a sus mujeres conquistadas, mientras le describía a las que me gustaban a mí.

Jamás peleamos por una chica. Tenemos gustos alejados con ellas. Le apetecen guapas y a mí interesantes. Prefiere la cantidad y yo la calidad. Igual pasa con el resto de aspectos de nuestras vidas. Quizás por eso nunca nos vamos a alejar demasiado más; ya ocupamos polos opuestos. Tuvo su etapa de persona políticamente muy influyente, que se prolongó en el tiempo. Tampoco entonces se olvidó de mí, ni me hizo sentir alguien menor brindándome oportunidades de trabajo que jamás pude aceptar.

Hoy me ha regalado una chapa reivindicativa en metal por el sí al estatuto catalán, para prender en mi camiseta sudada de jugador de tenis de mesa, con las siglas de un partido político que no voy a desvelar aquí. Le he ocultado que voy a votar con un no, por motivos distintos a los de los miembros del Real Club, para prorrogar nuestra amistad; aunque le he agradecido que me confirmara la fecha del referéndum. La chica de las gafas de pasta madrileña (Ilse) me la apuntó hace días, y también se sorprendió de que no la almacenara en mi mente. Ese tema es secundario en mi vida, ahora que ha comenzado la temporada del ping-pong con el hombre sin suerte.

El secreto

Incluso en el profundo invierno duermo desnudo. Evito a los vecinos el desagradable striptease diario porque cierro las persianas. Al depositar mi traje de hombre arisco y distante sobre una silla en la noche, mis emociones se reflejan en el espejo de pie, desamparadas porque ninguna persona las conoce, hasta que apago la lámpara en la mesita.

En la tierra de la niebla no es costumbre hablar de sensaciones. La vida en el campo es una cuestión práctica. Discutimos sobre la salud de tía Patricia, el precio del maíz, la mesa del comedor que vamos a cambiar. También de que los manzanos necesitan que llueva. Pero nadie malgasta palabras en describir esa lluvia fina que riega nuestras vidas en forma de sentimientos.

El próximo mes cumpliré cuarenta y dos años de cangrejo aislado. En la comida me interrogarán si he conocido a alguna buena chica últimamente; me aconsejarán que busque un empleo estable en lugar de trabajar por mi cuenta; asegurarán que viviría mejor en la tierra de la niebla que en la metrópolis, más ahora que han aparecido con sus vestidos almidonados muchachas tristes del este de Europa a centenares para trabajar en las plantaciones. "Sin marido", acentuará la señora Sofía. Pero será imposible escuchar de sus labios: "¿Te apetece la vida? ¿Tienes temores? ¿Son interesantes tus recuerdos?"

Por eso he comenzado a escribir, y guardo en secreto estos textos ante la gente que me rodea a diario. No entenderían que me guste desnudar mi interior sin correr las cortinas. ¿De qué sirve? ¿Cuánto te pagan por hacerlo? ¿No van a pensar que eres afeminado? Tampoco me verían reflejado en ellos; ni siquiera la señora Hayden, la más sensible entre nosotros.

Me prepararon para tener hijos a estas alturas de la vida y un piso en propiedad y vacaciones en tours turísticos del estilo Maravillas del Danubio. Pero jamás he tenido la capacidad de ser un hombre práctico; y me resulta emocionante nadar contra corriente, desde siempre y en todo lo que hago.

En la adolescencia era el más alto en esa clase de alumnos poco desarrollados. Mis pies carecían del talento para empujar el balón al fondo de la red, y me trasladé al básquet. Me dedicaba a encestar balones en soledad, mientras los compañeros organizaban extraordinarios partidos de once contra once más allá del cemento de la pista exclusivamente para mí.

Una tarde, por sorpresa, mi padre escapó de su trabajo para asistir a mi clase de deporte. El profesor Núñez tuvo ligeros los reflejos: ordenó a los futbolistas que se desplazaran a la cancha de baloncesto para que no me sintiera ajeno al grupo.

Jamás había disfrutado de tanta compañía al botar la pelota. Gané a todos en el uno contra uno, encestando con frecuencia desde la posición de alero. Mi padre regresó encantado a su labor, seguro de que su hijo era el líder de aquellos chavales desconcertados con una sandía de color naranja entre las manos, sin saber qué hacer con ella. Caía la tarde cuando me acerqué al profesor Núñez, con su barbita entrecortada de doctor House, y le ofrecí las gracias de veras.

En el lugar de ese campo de baloncesto existen ahora tres pistas de tenis. Mi padre me gana fácil en cualquiera de ellas. Una vez al año, como mucho, le derroto yo. Entonces me suplica que no explique el resultado ante la señora Sofía. Teme que ella crea que ha envejecido. Es muy buen tipo, y guarda sentimientos y secretos que nunca conoceremos porque no le gusta escribir.

Marina

Los ahorros de algunos ciudadanos han sido depositados en Marina d'Or. Anne Igartiburu anuncia esa ciudad de vacaciones valenciana en un spot televisivo que se repite varias veces en el día. No había relacionado la coincidencia en el nombre, hasta que Marina Dörr me ha comunicado un cambio de correo electrónico.

Es una mujer para llevar de turismo todo lo lejos posible de la costa este de la península en que resido. Compartimos piso en los tiempos de unos juegos olímpicos. Me invitaba a menudo, rodeada de mil desconocidos que invadían nuestro espacio vital, a una ensalada alemana de coliflor cruda que mis papilas gustativas nunca van a olvidar por tremenda.

Era una etapa de enorme violencia de ETA y la policía buscaba a una terrorista apodada la tigresa. Su descripción y fotografía eran públicos en múltiples carteles colgados en los espacios de tránsito: un metro con ochenta centímetros de estatura, cabello rizado, ojos claros. El parecido con la mujer con quien compartía piso en el momento olímpico era más que razonable.

Un domingo a media tarde, Marina quiso asistir a la ceremonia en una iglesia protestante de la ciudad. A su término, y por el aviso anónimo de un creyente que abandonó el templo en sigilo, había un dispositivo policial sin precedentes en la población universitaria. Acordonaron el recinto. La detuvieron unas horas hasta comprobar que no era más que una estudiante alemana de paso en nuestra tierra.

Regresó al piso angustiada. Me preguntó, con su ingenuidad, si podría acarrearle problemas la pistola de munición de nueve milímetros que había traído de su país para estar a salvo en territorio extraño. Es la única vez que he tenido un arma corta en mis manos. Era liviana y fría al tacto, tan diferente a las escopetas que conozco desde siempre. Buscamos una solución razonable y un amigo suyo la guardó hasta su regreso al norte de Europa. La policía no intervino de nuevo y lo celebramos con una ensalada de coliflor.

Es la mujer más hermosa físicamente que ha desfilado ante el cásting de mi mirada, y su vida permanece en una fiesta continua de ciudad de vacaciones. Le atraen los gatos, colorearse los labios y aprender lenguas extrañas. Es tan transparente que no sólo no esconde sus secretos; también airea los de los demás.

Realmente es una ciudad de vacaciones para el alma, como Las Vegas o Marina d'Or.

Momento (1)

Los políticos que nos dominan deberían crear un carnet por puntos para sancionar a las personas que conducimos la vida contra dirección. Si lo imprimen en el programa electoral les votaré, porque pretendo regresar al redil en los años que me quedan.

Tengo que alegrar mi vida: mejorar mi aspecto, sonreír un poco más, salir de juerga con los amigos, tomar el sol mientras miro de reojo los pechos de las nórdicas en la Barceloneta como si fuera el webmaster de viejosverdes.com, y esperar que regale señales de vida la chica de los ricitos que me ha olvidado.

Ayer decidí dedicarme un tiempo especial cada día, alejado del trabajo, de las preocupaciones. El primer ratito ha sido esta mañana. He asado una berenjena y un bonito pimiento rojo que parecía un corazón en la nevera. Les he quitado la piel para depositarlos, en forma de bandera, sobre dos rebanadas de pan de payés tostado, coronados con anchoas. Sonaban canciones de Fermín Muguruza en el equipo de música, con el sol en el rostro. Era feliz el momento.

Jour de fête

El lunes, día del trabajador, estaba convocada una manifestación conmemorativa en el centro de la ciudad, cuyas banderas entreví a bordo del ómnibus 39 camino de la playa.

En los cuerpos sobre la arena faltaba una cierta puesta a punto. La blancura de nuestras carnes, la combinación de calcetines con pantalón corto, los resultados todavía nulos de las diversas dietas que habíamos iniciado los bañistas congregados allí pintaban un cuadro alejado de la líbido.

Me tumbé junto a un matrimonio de avanzada edad, para semejar más joven en la mirada de las paseantes. Parecían unidos de manera eterna; pero cuando la mujer se adormeció en la hamaca, él se levantó y caminó unos pasos para contemplar más de cerca cómo emergían de su baño mediterráneo dos luminosas vikingas con el torso desnudo al sol del 1 de mayo. Eran verdaderamente interesantes como pude deducir en la mandíbula desencajada del anciano, tras cerrar la mía.

Las extranjeras permanecieron jugando con sus pies entre las olas rompientes contra la orilla el rato suficiente como para almacenarse su recuerdo en la memoria del desconocido y en la mía para siempre, al tiempo que la esposa grababa la escena del observador observado con una cámara digital, tras despertar de su ensoñación.

Seguramente serán unas imágenes celebradas por los hijos y los nietos de los turistas cuando regresen a su Argentina natal, país que se adivinaba con facilidad en el acento del hombre alto y distinguido mientras intentaba excusarse ante la cineasta. Sus palabras se acompañaban de exagerados gestos con manos de linotipista. Sin duda lo había sido.

A finales de los ochenta permanecí, por motivos que no vienen al caso, en una amplia sala blanca adjunta a la redacción de un periódico del centro de la ciudad durante meses. Compartía el espacio con decenas de antiguos tipógrafos que habían perdido su trabajo por culpa de la informática e intentaban reciclar su habilidad manual con la linotipia pulsando las teclas de los ordenadores, maldiciendo el progreso. Su oficio se extinguió, como tantos otros en tan poco tiempo.

Recuerdo en la infancia la llegada puntual de aquel hombre que en el mes de mayo sacaba todos los colchones de la granja de los caballos a la galería. Descosía su cubierta y con dos varas de madera provocaba una nevada de copos de algodón ante la mirada atenta de los niños que fuimos la señora Hayden y yo mismo.

Nos faltan muchos oficios artesanos. Se ha substituido la meticulosidad pausada en la labor diaria por la prisa, la agresividad y el ruido de los nuevos trabajos que sólo sirven para fabricar productos que en pocos años aumentarán el tamaño del vertedero. Antes todo duraba o era reparado por gente sabia en su ocupación. Ahora los product managers, los técnicos en telefonía móvil y los repartidores de pizza nos espían desde las esquinas para atropellar nuestras vidas en los pasos de cebra.

Otros oficios tienen sentencia de muerte.

En las vacaciones de mi juventud trabajaba en una finca de la tierra de la niebla. Las manzanas se recogían de manera suave y lenta, sin dañar los rabos de la fruta, ni dejar huellas oscuras en su piel, lo que es imprescindible para su correcta conservación. No sulfataban los frutales con pesticidas, y los recolectores éramos estudiantes en etapa veraniega.

Retorné al lugar el pasado mes de agosto. El trabajo se realizaba a destajo sobre una moderna plataforma hidráulica; las manzanas eran arrancadas sin el menor cuidado; la química reinaba en la plantación. Los trabajadores eran ahora inmigrantes de colores que habían venido para empeorar sus vidas y las nuestras. A pesar del progreso, los beneficios no habían aumentado, y el producto que enviaban a los mercados centrales de las metrópolis era de peor calidad. El hijo del dueño se escapó pocos meses después contratado en una gasolinera (otros campesinos, como el Koala, se dedican hoy al rock rústico). Su padre aguarda el inmediato retiro para marcharse a observar suecas ociosas en las playas del 1 de mayo. Cuando eso suceda, su oficio habrá dado otro paso en el corredor la muerte y la mala hierba invadirá las fincas.

Todavía no estoy tan viejo como para asegurar que lo de antes era mejor, pero hago equilibrios en la frontera. Me alejo de los argentinos para tumbarme en las rocas del espigón y asistir al final del día de los trabajadores. El cielo muestra el rojo de una bandera comunista. Paloma, que tiene un oficio que vivirá por siempre porque es la música, viene algunas veces a este lugar presumida con su bicicleta nueva. Envidio los mares y los cielos que habrá aplaudido desde aquí.

El despertar de la primavera

Mi condición de persona despistada me impide, entre otras cosas, detectar la irrupción de la primavera o del otoño. Por eso no dispongo de ropa de entretiempo y mi vida transcurre como si sólo existieran las estaciones extremas de invierno y verano.

Hasta el pasado viernes dormía con tres mantas y no pisaba la calle sin el abrigo de un buen jersey y una chaqueta. Últimamente me acaloraba caminando al Turó Parc y alguna madrugada me desperté sudando, por lo que pensé haber enfermado de nuevo aunque el termómetro no indicara la visita de la fiebre en mi cuerpo.

Salí de paseo con el señor Gris. Un instituto de diseño internacional funciona desde septiembre en mi calle. Su fachada hace honor a los estudios que se imparten en él. También los alumnos parecen esbozados siguiendo los patrones de la perfección. Esa tarde había un grupo de cinco muchachas fumando en la entrada, gracias a la ley antitabaco. Mi cuello realizó una rápida panorámica sobre la piel de sus rostros, piernas, brazos y escotes que mostraba un incipiente bronceado. En el cristal oscuro del centro pude verme reflejado, entre las ninfas a medio vestir, con mi chaqueta negra levantada hasta las orejas y mi cara invernal. Parecía el fantasma de las pasadas Navidades y me confundió el contraste.

Nos dirigimos hacia nuestro parque, cruzándonos con gente sonrosada en manga corta. Incluso la maniquí más hermosa de la ciudad, que permanece sentada desde hace semanas en la confluencia de las calles Madrazo y Calvet, llevaba un vestido ligero.

El Turó Parc estaba sembrado con pensamientos y algunos árboles habían decidido florecer de color blanco. Los otros paseantes leían tumbados al sol o se amaban o jugaban con señores grises o pensaban en los bancos junto al lago romántico como si posaran para que un fotógrafo les inmortalizara en una imagen estival. Ninguno, por suerte, me miró extrañado por mi indumentaria.

Deduje que estábamos en primavera y que era tiempo de hacer cambios.

Mi vida transcurre como si sólo existieran las estaciones extremas de invierno y verano. Al llegar al piso arranqué las tres mantas de la cama y las lavé para guardarlas hasta noviembre. Llevé el abrigo a la tintorería. Por la noche, me puse un pantalón corto y una camiseta con un pez naïf dibujado y salí a la terraza para disfrutar del buen tiempo, aunque temblara de frío porque por la noche todavía refresca y no dispongo de ropa de entretiempo.

Fumando un cigarrillo, rememoré que en octubre de 1986, al poco tiempo de llegar desde la tierra de la niebla a esta zona metropolitana, una recordada mujer llamada Astrid me invitó al teatro. La obra se titulaba El despertar de la primavera, de Frank Wedekind y dirigida por Josep Maria Flotats. Me impactó la dirección artística: una piscina presidía el escenario y los protagonistas, un grupo de adolescentes que despertaban al sexo rodeados de mayores puritanos, se bañaban en ella a pesar de la temperatura fresca que había en la sala. Quizás ellos también eran despistados e ignoraban el ligero paso estacional que se produce entre la etapa del calor al frío. O quizás no tenían a nadie, como yo, que les previniera de que cuatro veces al año cambiamos de estación y de vestuario.