La tauleta



Tinc una tauleta petita de vuit llistons de fusta que vaig comprar a l'Ikea amb l'Anna, quan encara era l'Anna. És multifuncions. La poso al costat del sofà per menjar, per anotar idees en una llibreta, per col.locar-hi el telèfon blanc quan tinc ganes de parlar amb algú sense pressa i amb silencis que no ens facin sentir incòmodes.

Avui m'hi he menjat un plat de lluç amb tomàquets fets a la manera provençal (tallats per la meitat i coberts amb all, julivert i herbes -en el meu cas: timó). Després hi he escrit una postal que tenia pendent feia temps per una noia que un dia brillarà en mig d'una festa i es farà gran.

Tenia la porta del balcó oberta perquè el sol estava amagat darrere uns núvols negres i no hi veia prou bé només amb els llistons de la persiana de fusta badallant. Ha començat a ploure amb ganes i m'han agafat ganes de quedar-me a casa, assegut al sofà, fent zapping.

Llavors he posat, a la petita tauleta de vuit llistons de fusta, el telèfon blanc de quan tinc ganes de parlar amb algú sense pressa i amb silencis que no ens facin sentir incòmodes (no podria estar amb ningú que no tingués silencis per dir-me). He trucat (com cada dia, darrerament) la senyora Sofia que fa dies que està malalta al llit.

Avui m'ha dit que es trobava millor, després d'anar al metge i que li receptés antibiòtic. Ella era al despatxet de la granja dels cavalls, amb roba d'anar per casa, potser mirant aquella fotografia emmarcada de quan l'Anna era l'Anna i que continua allí com si el temps no hagués passat.

Li he dit a la meva mare que aquí el dia era gris, que plovia i que em quedaria a casa mirant un western: Centaures del desert, a TV3. I ella m'ha contestat que a la terra de la boira feia sol (el món al revés) i que ara veia les violetes boniques que tenia plantades a la galeria. Me l'he imaginat allí, una mica recuperada, alta i capficada. Tenia més ganes de parlar amb mi de les seves coses que dels seus mals.

M'agrada més quan ella agafa el telèfon que no pas el tenista. Amb la meva mare sempre tenim coses per dir-nos o silencis per compartir. I ens costa penjar. Molts dies, en el passat, ella va brillar enmig d'una festa, guapa, amb posat d'actriu italiana, com ho farà en el futur la noia de la postal que he escrit avui. Per a mi, encara brilla la senyora Sofia, tot i que ja només es dediqui a les seves flors.

Quan hem acabat la conversa, he traslladat la tauleta petita de vuit llistons de fusta que vaig comprar a l'Ikea amb l'Anna, quan encara era l'Anna, a un racó. He agafat el paraigua i he sortit a caminar pensant que ella, la meva mare, estava a cobert, gaudint de les seves violetes per la finestra del despatxet. He buscat aquella pausa de la terra de la boira pels carrers brillants sota la pluja, sense trobar-la a la metrópoli.

La excavadora



Para llegar a la finca del tenista hay que cruzar las vías del tren y después caminar diez minutos junto al canal. Antes era un paseo rural a la sombra de mil manzanos. Ahora es un recorrido casi urbano a la sombra de muchas naves industriales que han ido cerrando una tras otra, para convertirse en panteones fúnebres que custodian los viejos árboles frutales enterrados bajo ellos.

La finca del tenista es una reliquia rodeada de circuitos de Scalextric, como ese que nunca tuve de niño. Sobrevive allí, entre industrias sin obreros y coches veloces que viajan a ninguna parte.

Es fácil reconocerla por la pequeña caseta de herramientas de color rojo, levantada en un rincón, entre los tallos de maíz que surgen milagrosamente del suelo cada verano. Un poco más allá, tras los pozos de riego, le hace compañía la finca del hombre del saco, como si fueran viejas amantes desde hace siglos que se resisten a enamorarse de los tiempos modernos.

Me gusta ir allí, sentarme en el suelo con la espalda apoyada contra el muro más oriental de la pequeña caseta de herramientas de color rojizo y recordar las comidas que hacíamos en ese lugar hace años, ante sus puertas abiertas de par en par, con mi pequeña familia cuando yo era un niño, con el estrépito de las brasas todavía candentes frente a la mesa, mientras me acostumbraba al sabor de la escalivada y de las costillas de cordero.

Poco después, enterré junto a los muros de la caseta, con la complicidad del tenista, las palomas de raza que criaba entonces, a medida que se me iban muriendo. Allí están Peter, Gris, Vaqueta, Coixeta, Negre...

Luego vino mi adolescencia de cazador miserable con la escopeta de aire comprimido que disparaba contra los pobres pájaros con dos compañeros de La Salle: Casals y Gabarró. Tras la cacería, nos sentábamos con la espalda apoyada contra el muro más oriental de la caseta de herramientas de color rojizo de mi padre y maldecíamos nuestra mala puntería, con las armas de mentira descargadas sobre nuestras piernas que nos hacían parecer adultos. No sé por qué, pero acabábamos hablando de nuestras narices. La mía era parecida a un pimiento, la de Casals era una zanahoria y la de Gabarró simulaba un guisante.

En esa misma época, la de la transición tras el franquismo, encontré un par de revistas pornográficas entre los utensilios de la caseta. Las tenía escondidas el hijo del hombre del saco que se encargaba de la finca. Las ojeé con detenimiento, tras aquel par de ventanas pequeñas, que dejaban pasar una luz tenue cargada de polvo, mientras me asomaba a la vida. Seguramente fue la etapa en que visité más a menudo la caseta de herramientas.

Hace una semana, sonó mi teléfono fijo después de cenar. Era el tenista. Me contó, algo nervioso, que habían reventado la puerta metálica de la caseta de su finca para entrar a robar cuatro hierros viejos. Dijo que quería contratar una excavadora para derribar la pequeña edificación porque no le salía a cuenta reponer los desperfectos. Me preguntó si estaba de acuerdo y me acordé de cuando le pedí permiso para enterrar allí a mis palomas. Mi padre se ha hecho mayor y yo también. Ante cualquier duda, me pide consejo. Estaba de acuerdo con él, como él lo había estado conmigo en esa época.

Este viernes, la caseta dejó de existir. Me acordé de Peter, Gris, Vaqueta, Coixeta, Negre... De Casals y Gabarró... De las revistas de sexo explícito... De que, para llegar a la finca del tenista, hay que cruzar las vías del tren y después caminar diez minutos junto al canal.

Dentro de una semana recorreré el camino que me conducirá a todo aquello. Me sentaré a pensar en ese terreno que siempre será una de mis pequeñas patrias. Buscaré la caseta derrumbada y las tumbas de mis palomas, mientras los coches circularán veloces a ninguna parte por ese Scalextric que nunca tuve de niño. Las naves industriales seguirán siendo panteones de manzanos. Cerca, amenazadoras.

PD: Aquest post és per la País Secret i el nostre passat entre pomeres distants.

Contactos



Ayer por la tarde llovía en la calle, pero yo iba protegido por mi gorra, la capucha de mi chaqueta y un paraguas de la marca Kukuxumusu, que pasaba de cóncavo a convexo en los cruces de las avenidas grandes con esa ventolera.

En una esquina de la calle Sèneca, un tipo alto, con cara de ejecutivo ocupado, hablaba por teléfono. Pero tuvo un momento para plantarme la palma enorme de su mano frente a la cara. Hizo un gesto con sus dedos pulgar e índice para pedirme fuego, mientras conversaba, seguramente, con un cliente. Estaba ocupado:

-Piensa que a tu alquiler de 1.300 euros debes aplicarles el iva y luego hacemos la deducción.

Iba vestido con una gabardina Burberry. La lluvia convertía su peinado en engominado y creaba una sensación de rocío en su barba. Pero estaba alli, importante, gigante bajo el temporal, sin gorrita ni capucha ni paraguas del Kukuxumusu, mientras agachaba su cabeza en señal de gratitud por mi pobre mechero, tras prender su Camel. Si hubiera tenido un curriculum vitae a mano lo hubiera introducido en alguno de los bolsillos de su chaqueta de rico, aunque no busque trabajo. Ese tipo parecía seguro de sí mismo.

Seguí el camino hacia el Mercadona. Las botas hacían ruido sobre las baldosas de la superficie comercial: chip-chip. En el pasillo de las bebidas, una chica bajita pero atractiva, con mini shorts sobre sus medias negras de invierno y una especie de botas de agua verdes (eso parecía cool), me pidió con un gesto de sus manos si podía bajarle un paquete de seis botellas de Vichy Catalán de la estantería. Hablaba por el móvil y no podía decírmelo con palabras. Estaba ocupada:

-Si quedamos, que sea antes de las seis. A las ocho tengo lo del casal.

Agachó su cabeza en señal de gratitud, mientras se alejaba con su carrito de mí, con su paquete de botellas de agua mineral con gas cargado en él. Parecía hija de buena familia y me hubiera gustado introducir un curriculum vitae en alguno de los mini bolsillos de sus mini shorts, aunque no busque trabajo (hubiera cabido porque mi historial profesional y académico se resume en un par de páginas). Parecía una mujer con buenos contactos.

En la calle, seguía lloviendo. Regresé a casa protegido por mi gorra de lana, mi capucha y mi paraguas del Kukuxumusu. Caminé por Travessera de Gràcia porque me habían entrado ganas de cruzarme con más personas. En caso contrario, hubiera ido por las calles solitarias de un poco más al sur.

Antes de llegar a Gran de Gràcia, me miró una mujer rubia en la acera. Era de mediana edad, acaso un poco mayor que yo. Se acercó a mí, bajo su paraguas negro (sin borreguitos ni abejitas del Kukuxumuxu). No hablaba por teléfono. Simplemente me observaba con sus ojos azules de manera inquietante, como si tuviera un problema irresoluble, antes de preguntarme por la mejor manera de bajar a plaza Catalunya al día siguiente. Tenía acento vasco y pensé que estaba de visita en nuestra ciudad. Le hablé de la línea verde del metro, que podía tomar al norte (Fontana) o al sur (Diagonal). Me dio las gracias y me ofreció la espalda en la acera, con su paraguas caro que no pasaba de cóncavo a convexo en el cruce de esas dos calles con ventolera. Me fijé en los bolsillos de su abrigo beige, con la idea de introducir un curriculum vitae en ellos, aunque no busque trabajo. Parecía descendiente de industriales del norte con posibles vacantes en alguna de las empresas familiares.

Siempre me arrepiento de esa admiración que tengo hacia las personas que van por la calle con la misma seguridad que lo harían por el pasillo de su casa. Las más cobardes, son como yo.

En casa, colgué mi ropa mojada en la barra de la cortina del cuarto de baño. Entonces saqué el teléfono móvil del bolsillo de mis pantalones. Tenía un mensaje. El carpintero metálico había conseguido una ocupación, tres años después de dejar volar mil curriculums vitae desde la ventana de la celda de su frustración.

Sonreí. Me puse el viejo jersey negro sobre la camiseta roja con marsupiales estampados, los pantalones del chandal y las bambas blancas, y pensé que probablemente él también se había cruzado esa tarde de lluvia con un ejecutivo agresivo que le pidió fuego, con una chica de buena familia que bebe Vichy Catalán y con una señora vasca perdida en su ciudad sin bocas de metro. Seguramente introdujo algún curriculum vitae entre las ropas húmedas de las personas con las que se cruzó esa tarde lluviosa. Y tuvo esa pequeña suerte que nos toca muy de vez en cuando a la gente que caminamos tímidos por la vida con gorrita, capucha y unos paraguas que pasan de cóncavos a convexos en las esquinas.

De noche



He recuperado la vieja costumbre de pasear de noche. Dejé de hacerlo un día en que un par de tipos comenzaron a seguirme por una rambla (al menos, me pareció que lo hacían). Pero camino deprisa y los despisté en la primera esquina.

Luego llegué a mi pisito y cerré con doble vuelta de llave. Durante un tiempo me sentí protegido allí, sin necesidad de salir cuando la gente normal ya dormía. Hasta que ahora he recuperado la vieja costumbre de caminar de noche y sentirme solo.

Salgo de casa vestido de medio vagabundo, con una gorra gris de lana y una vieja chaqueta con capucha que cuelga a mi espalda. Me dirijo al Turó Parc. Dejo las diferentes basuras en los contenedores adecuados y, luego, me cruzo por las calles estrechas de Gràcia con la gente joven y reivindicativa que se cuenta por sms sus historias emocionantes a su corta edad, mientras me cuesta esquivarlos por la acera.

En el Kibuka hay gente que acaba de cenar, mientras en el Heliogàbal hay personas que piden el primer gintonic. En el exterior del Ikastola una chica me pregunta si tengo un cigarrillo, pero le cuento que fumo tabaco de liar haciendo el gesto de enrollar con la mano.

A medida que salgo del barrio, las calles son más solitarias y me parecen peor iluminadas. En la esquina entre la Travessera de Gràcia y la plaza de Gal.la Placídia, rodeados de cartones, duermen protegidos del frío una mujer y un hombre, cada uno en un hueco de la pared de una entidad bancaria. Tienen todas sus pertenencias a la vista, en carritos de la compra. Son vecinos y supongo que se protegen el uno al otro. Ellos ya no volverán a su pisito para cerrar con doble vuelta de llave y sentirse a salvo de esta vida.

Subo por la calle Regàs (famosa por su meublé en el que esta noche no entra ni sale nadie) hasta alcanzar las primeras fronteras de Sant Gervasi. En Marià Cubí la gente joven y conservadora se cuenta por sms sus historias emocionantes a su corta edad, mientras me cuesta esquivarlos por la acera.

En el Can Punyetes hay gente que acaba de cenar, mientras en el Universal hay personas que piden el primer gintonic. En el exterior del Bubblic Bar una chica me pregunta si tengo un cigarrillo, pero le cuento que fumo tabaco de liar haciendo el gesto de enrollar con la mano. Sigo caminando hacia el Turó Parc.

En el portal de una entidad bancaria de la calle Calvet, está tumbada una persona que se protege del frío con cartones. Tiene todas sus pertenencias a la vista, en un carrito de la compra, mientras escucha la radio. Esa persona (ella o él) tiene sintonizado en su transistor el mismo programa que yo oigo en mis walkmans. Me sorprende esa cercanía.

Entonces extraigo un pitillo home-made de mi cajetilla Peppermints y decido no llegar al Turó Parc. Regreso a casa por la calle Madrazo, vestido de medio vagabundo, con una gorra gris de lana y una vieja chaqueta con capucha que cuelga a mi espalda. Me da vergüenza esa falsa pose de fracasado. La noche no es demasiado fría. Por eso me quito la gorra en un streptease ligero, a la altura del FREMAP, y escondo la capucha en la chaqueta para volver a sentirme yo mismo caminando en solitario por la ciudad a esas horas.

Apago el cigarrillo en la calle, antes de entrar en mi edificio. Pulso el botón para que baje el ascensor. Me miro en el espejo de la cabina, mientras espero alcanzar mi planta. Tengo ojeras y voy despeinado. En mi rellano hay silencio. Cierro el piso de un portazo ligero y, sin dar una doble vuelta de llave, me acuesto en la cama calentita. En mis walkmans escucho lo mismo que ella o él, antes de dormirnos.

Teatro



A media tarde, entro en la tienda de todo a cien de la calle Guillem Tell (Barcelona). La mujer china me sonríe cuando aparezco cargado de frío en mi chaqueta. Ya hace tiempo que no me vigila por los pasillos, desde que le prometí que no milito en ninguna organización política, en ningún gremio de empresarios ni en ningún sindicato.

Compro unas plantillas para mis botas (las necesitan) y la hija de la mujer china me cobra, con dificultades para teclear el código en la caja. Es muy niña y se pone nerviosa cuando me pide más de cien euros por el producto, mientras llama a su madre (con esa suavidad asiática) en el almacén (alarmada por la cifra que le ha salido en pantalla). Es una pequeña muy guapa, incluso cuando está asustada.

En casa, recorto las plantillas (finalmente costaban un euro) por la línea "men, 43-45". Llego tarde y eso me hace sufrir siempre que llego tarde (que es siempre). Todavía pierdo unos minutos pasando el "Búfalo express, crema autobrillante" por mi calzado. Luego pongo un paraguas en la mochila (parece que va a llover), un par de manzanas (creo que tendremos hambre), una botella de agua (nos va a entrar sed) y una gorra (me han rapado al uno). Con todo eso, voy en busca de la mujer de los mares del sur.

Ella me recibe nerviosa, con su cara de niña china, como si me hubiera pedido cien euros por unas plantillas. Vamos mal de tiempo y eso nos hace sufrir siempre que llegamos tarde (que es siempre). Todavía perdemos unos minutos preparando unos bocadillos de tortilla de patata, por si tenemos hambre a media función. Luego ponemos su paraguas en mi mochila y una gorra por si ella tiene frío.

Salimos a la calle con la intención de caminar una hora. Vamos a ver la primera obra de teatro en muchos años para nosotros y, encima, la protagoniza un amigo nuestro.

Llegamos cansados y nos relajamos en esa sala de teatro local (son las mejores) que se oscurece, hasta que un foco se enamora de ese actor amateur con rostro de actor de verdad. En mis botas hay dos plantillas nuevas, en mi mochila hay dos paraguas y dos manzanas. Entre nuestros asientos hay un reposabrazos que ocupamos alternativamente. En el escenario hay tres actores de verdad.

Arte, de Yasmina Reza, todo este fin de semana en el Orfeó Martinenc. Tremendamente recomendable. Gràcies Buñuel.