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Peluches

Ha venido una vieja amiga a visitarme en fin de semana, como siempre sin avisar.

No me atrae su presencia, aunque es fogosa y sé que con ella tendré garantizadas fantasías extrañas y sudores en la cama. Conoce el territorio de mi cuerpo mejor que nadie. También es juguetona: le da por despertarme al amanecer y provocarme escalofríos, o por acunarme a media tarde hasta que me entra el sopor.

Algún invierno se olvida de mí. Pero no sucede a menudo, porque la gripe me tiene aprecio y le gusta pasar por casa a ver cómo andan las cosas.

A pesar de que ya no tengo edad, cuando caigo enfermo saco mis tres peluches de su domicilio en una caja de cartón y los acuesto conmigo para que me acompañen en esas horas que podrían ser las últimas. Son dos monos babuinos de la película El rey león, que regalaban hace años en McDonalds con la compra del paquete infantil que tanto entusiasmaba a Ana, y un Demonio de Tasmania, obsequio de la señora Hayden. Ninguno de los tres supera el palmo de altura y no me roban excesivo espacio en el lecho.

No recuerdo la presencia de mullidos monigotes de trapo en mis noches infantiles. Supongo que su compañía quedaba reservada para las habitaciones estampadas con tonalidades rosa de las niñas. Si no quería dormir solo debía recurrir a héroes de plástico como Geyperman, Madelman o los cowboys del Fuerte Comansi, que me despertaban cada cinco minutos con los pinchazos de sus articulaciones.

El miércoles pasado fui a recoger al pequeño Hayden a la escuela porque sus padres tenían "reuniones de padres". Como es rebelde y le entusiasma hacer rallies con su patinete por el paseo de Sant Joan, le llevé uno de mis simios gemelos para que se distrajera. La figura emite sonidos si la zarandeas, y recorrió el trayecto sin dejar de torturarla encantado con la novedad, olvidándose de escapar corriendo, de trepar a las farolas o de perseguir palomas. Me miró con unos ojos grandes, infantiles, y me pidió que se lo diera. Le conté que los regalos no se pueden regalar, pero que se lo prestaba un par de semanas. Todavía desconoce qué espacio de tiempo significa eso, pero le pareció bien.

Al llegar al domicilio Hayden, entró en su dormitorio y regresó con cuatro animales blanditos para meterlos en mi mochila a cambio del mico sonoro. Le dije que con uno bastaba, pero no lo admitió y puso cara de iniciar una serenata de llantos, por lo que decidí aceptar el intercambio desigual. Incluso me cedió su mascota favorita. "Mai li deixa a ningú", me contó su madre más tarde. Es una rata gris.

Ahora tengo en mi cama de enfermo un roedor, un pez, un mono y un pingüino; además de los dos peluches de mi propiedad que me quedan. Incluso puede que el señor Gris se quiera apuntar a la bacanal. Si no cabemos, le vamos a pegar una patada a la gripe -que ocupa mucho espacio- y nos quedaremos tan anchos.

Quizás la fiebre me haga soñar entonces con Carlos. Bautizamos con ese nombre un perro de trapo que llevaba una mochila con flores a su espalda. Lo compré en el aeropuerto con temor a que le pareciera demasiado naïf. Hannah me confesó que era la primera vez que alguien le regalaba un peluche. Me miró con unos ojos grandes, infantiles.