Pic-nic
jueves, 22 de octubre de 2009 by el paseante
Llegué al edificio de la Pedrera puntual como un reloj, con media hora de retraso. La mujer de los mares del sur tenía cara de fastidio, tras esperarme en ese banco de madera tanto tiempo. No nos habíamos visto desde las pasadas Navidades, e imagino que debí correr más deprisa bajando por Gran de Gràcia, para no disgustarla. Me había contado su debilidad física, aunque me pareció igual de hermosa que entonces.
Le prometí una comida en el restaurante Vía Veneto. Pero estaba todo reservado. Así que caminamos hundidos en nuestra decepción al Turó Parc. Extraje de mi mochila unos bocadillos de jamón York que había preparado por si acaso en mi apartamento, y unas botellas de agua refrescadas para ese pic-nic junto al estanque con tortugas invisibles. Corría una brisa que despeinaba los árboles del parque, cuando ella sacó de su mochila un perro de trapo precioso y dos libros de Salinger. Me los regaló. Los tengo ahora en la cama, pendientes de abrazar o de leer. A cambio, sólo pude ofrecerle mandarinas de postre. Cuando la acompañé a su ómnibus, de regreso a sus tierras del sur, nuestras siluetas se miraron en el estanque del parque un instante. Nos sonreímos allí. Y nos abrazamos. En la vida real seguíamos distantes. Tímidos.
Caminamos por la avenida Diagonal, ganando tiempo hasta que llegara su medio de transporte. Creo que le molestó que mi brazo se extendiera sobre un banco, tras su espalda. Mientras recordábamos viejo tiempos. Fumando tabaco de liar. Mirando los raíles del tranvía.
