Pendiente de contar

Sigo parcialmente incomunicado. Stop. En casa de Fra Miquel podéis ver y leer un largo paseo que compartimos juntos, aunque lo hiciéramos por separado. Espero que me permita repetir la experiencia en el futuro. Parecemos reporteros de verdad: el fotógrafo y el plumilla. Stop. Tengo historias por contar. El terremoto Ilse ha regresado a Barcelona, metiéndome en problemas con sus cánticos de hala Madrid en la cabalgata de los Reyes Magos del Barça tras el triplete histórico (música de Manel). Stop. La mujer elegante me ha hecho un favor tremendo prestándome su tecnología punta, y aún no le he contado que algo se instaló en su ordenador portátil -glups- (música de Blonde Redhead). Stop. Una buena amiga anda algo pachucha, con calditos y esperas largas de diagnóstico. Siempre le quita importancia a todo. Se guarda el miedo dentro. Pero le vamos a hacer compañía entre todos (G. me pregunta a menudo por cómo está; y con R. iremos a achucharla en esa playa larga). Estos días esa buena amiga prefería preguntarme telefónicamente por cómo de gamberras habían sido Ilse y la mujer elegante en su encuentro en Barcelona, en lugar de hablar de lo suyo. "Mucho. Han sido tremendas. Ni te lo imaginas" (música de Teddy Thompson). Stop.

Velas y bengalas


El sábado fui al Jardí Botànic de la montaña de Montjuïc antes de la hora en que los carrozas nos convertimos en calabazas. Era la noche de los museos y, al ser gratis, convidé a la mujer elegante. La avenida de Maria Cristina estaba vallada por el Saló de l'Automòbil y no había transporte público a la vista. Así que detuve rumboso a un taxista que no había oído hablar en su vida de esos jardines que buscábamos. Después de dar mil tumbos, paró su vehículo en las inmediaciones del Estadi Olímpic. Al ir a pagar me di cuenta de que me había dejado la cartera en casa. Por suerte, la mujer elegante no es tan despistada como yo.

Esperábamos encontrar un tumulto de personas en la montaña transitando de un museo a otro, como sucedió el año pasado. Pero estábamos prácticamente solos, caminando por esa carretera oscura con nuestros chalecos de naturalistas para no desentonar en el jardín botánico, temiendo que nos atacaran las manadas de lobos que todo el mundo sabe que se desplazan famélicos de noche por Montjuïc. Habíamos olvidado que la gente permanecía pendiente allá abajo, entre las luces del skyline, de que el Real Madrid perdiera contra el Villarreal y el Barça fuera matemáticamente campeón de Liga.

Vimos más allá de una rotonda el cartel anunciador de nuestro destino. La chica de la recepción nos franqueó el paso a la oscuridad más absoluta en el interior del recinto al aire libre. Unas mínimas velitas delimitaban los bordes de unas cuestas tremendas, para evitar que nos precipitáramos por los desniveles del Jardí Botànic. Intuimos sombras de árboles exóticos contra el cielo sin luna, escuchamos croar a mil ranas buscando aparearse y olimos plantas aromáticas preguntándonos si era romero, mientras ella sacaba fotografías del horizonte barcelonés con la cámara recién estrenada (estaba más pendiente del artilugio que de mí, aunque eso me sucede con todas las mujeres elegantes que acaban de adquirir cualquier cosa, ni que sea un helado de chocolate).

En el museo que corona la cima vimos la exposición "Fibres vegetals, les plantes ens ajuden a viure". Era una muestra interesante, pero yo no dejaba de pensar en que mi equipo quizá ya era campeón mientras recorría con la mirada los capazos para recoger aceitunas, las cuerdas trenzadas o las escobas con mango de caña. Sin detectar ninguna bufanda blaugrana entre los escasos asistentes. Sin detectar ningún signo de complicidad. Poco antes de la medianoche, analizando un haz de sarmientos de avellano, comenzaron a llegar lejanos ruidos de tracas y petardos provenientes de la ciudad a los pies de nuestra montaña. Salimos al mirador. El Barça se había llevado el título de Liga a sus vitrinas sin jugar, como el miércoles anterior ganó la Copa del Rey de manera fácil. Obtener dos títulos en una semana no sucede a menudo, y Melahel y yo comenzamos a levitar lentamente en dirección a los festejos.

Así que a la mujer elegante no le quedó otro remedio que tomar prestados (en un descuido del vigilante) un par de cordeles de fibra vegetal de la exposición para atarlos a nuestros tobillos y arrastrarnos al MNAC (Museu Nacional d'Art de Catalunya) como si fuéramos dos globos de feria, mientras con la mano libre lanzaba clics sin parar a todo lo que se movía con su máquina fotográfica que olía a nueva, imitando a las turistas japonesas. El ángel y yo estábamos algo nerviosos porque la celebración en Canaletes ya había comenzado, y ahora flotábamos en un museo silencioso viendo cuadros oscuros allá abajo y procurando no chocar contra el techo. Ella no se cansaba de mirar con detalle las obras de Fortuny, de Casas, de Sunyer. Y si emitíamos una tímida sugerencia con la boca pequeña de marcharnos, ella daba un tirón brusco de los cordeles y nos hacía descender un par de metros en un segundo hacia el suelo (con su particular ley de la gravedad). Para acabarnos de fastidiar, cada vez que un cuadro despertaba especialmente su pasión hacía girar su bufanda modernista en el aire gritando: oeee, oeee, oeee, oeee. A la una de la madrugada nos invitaron a abandonar el museo. Hora de cierre. Melahel y yo chocamos los cinco. De la ciudad seguían llegando noticias de festejos, aunque más apagadas.

Creo que lo hizo adrede. La mujer elegante nos extravió por una parte de la montaña ignota. La avenida principal seguía cortada por el Salón del Automóvil. Así que descendimos por un torrente oscuro entre un puñado de personas con gafas de pasta (que parecían poco pendientes del Barça). A nuestra espalda aullaban los lobos. Muy tarde alcanzamos la civilización. De repente se acabó el bucolismo y la paz interna y externa alcanzada en esas lomas y en esas galerías pictóricas. El ruido de cláxones en la Gran Via, en esa celebración histérica de futboleros, nos hizo procurar que no nos atropellaran.

Tomamos el metro (como Melahel y yo levitábamos no pagamos ticket), y en la estación de plaza Catalunya la mujer elegante nos desató el cordel de los tobillos, nos dio un beso en las mejillas y nos mandó a dormir. Se separaron nuestros caminos: ella se largó por la línea roja y nosotros esperamos nuestro convoy de la verde. Era demasiado tarde para subir a Canaletes, donde seguramente ya sólo quedaban los alborotadores y los antidisturbios. Esperamos a que llegara nuestro nuevo transporte. El panel indicaba que tardaría doce largos minutos. Hacía calor. En ambos andenes había una multitud de barcelonistas jóvenes. Parecían derrotados ante tanta victoria imprevisible hace unos meses. Permanecían callados, somnolientos. Hasta que en nuestra zona un chico con cara de buen tipo comenzó a agitar una bufanda y a gritar: "Madrid se quema, se quema Madrid". En el andén de enfrente un par de chicas exhaustas en el suelo se espavilaron para contraatacar cantando y dando palmas: "Cooopa, Lliiiga i Champions, Champions. Cooopa, Lliiiga i Champions, Champions". Otro crío cercano a nosotros gritó algo sobre la sexualidad de Guti. De alguna manera el ángel y yo celebramos allí el doblete histórico, apoyados en la pared del suburbano. Se nos habían acabado las pilas y ya no levitábamos

Imaginamos la fiesta de esos críos horas antes en Canaletes (mientras nosotros observábamos obras de Fortuny, de Casas o de Sunyer). Su bullicio. Su derroche de testosterona. Las bengalas. Los cánticos. Las banderas. El policromatismo en esa celebración. Ese fanatismo colectivo que recordarán toda la vida. Hasta que crezcan y se den cuenta de que Canaletes se confunde de un año a otro, que siempre es lo mismo. Que es mucho mejor aguardar el triunfo en un jardín botánico a medianoche con una mujer elegante, mientras las ranas croan en una charca invisible, entre velitas, y la ciudad espera callada allá abajo. Con todo ese silencio inmenso pendiente de ser destripado por la primera bengala.

PD: Estaré unos días sin poderos leer, ni comentar tan a menudo como antes. Tengo internet en la UVI. A ver si me lo arreglan. Entretanto revisitaré a Mario Benedetti, que sigue vivo en mi estantería.

Levitar -reloaded- (Real Madrid 2 - FC Barcelona 6)


He visto la segunda parte del Madrid-Barça con Melahel en un bingo de Travessera de Gràcia, fuera del local. Esa empresa tiene el detalle de poner a disposición de los viandantes una gran pantalla en la entrada, para los que no queremos caer en la tentación de echar una moneda tras otra en las máquinas tragaperras esperando que se pongan en fila tres frutas iguales que nos conviertan en pobres afortunados. La mayoría sabemos que la suerte no existe, que todo se basa en el trabajo.

Este último año me detuve a menudo ante el bingo dejando en el suelo las bolsas de la compra en Mercadona -que está a una manzana de distancia- para apoyar mi pie derecho en la pared y encender un cigarrillo mirando cómo el Barça siempre triunfaba en esa pantalla mientras llovía en la calle, refrescaba, parecía que venía el calorcito o soplaba un viento de mil demonios. Y pasaban los coches acelerados, y las ambulancias gemían tristes y los paseantes con perros hablaban por el móvil sin atender a esas continuas victorias de mi equipo contra Getafes y Sportings. Ganaban gracias al trabajo bien hecho de Pep Guardiola y sus jugadores. Pero no les servía para distanciarse de ese Madrid que no dejaba de alinear, semana tras semana, las tres frutas en la máquina tragaperras de la fortuna.

Esta noche escuchaba la primera parte del Madrid-Barça por los auriculares mientras pagaba el pan de molde, los dos bricks de leche semidesnatada, la bolsa de manzanas granny smith, las latas de atún y la bandeja de salpicón de marisco. La cajera, de cara redonda y agradable, me ha preguntado si seguían uno a tres con una sonrisa cómplice. "Encara." "Avui els en fotrem cinc." "No ho crec, mentre no ens empatin." "En cauran cinc o sis, ja ho veuràs." Parecía segura de sus palabras, cautiva en su silla tras la máquina registradora, sin posibilidad de seguir el encuentro más que con la imaginación.

He corrido al bingo por si su capacidad de videncia era real. He depositado las bolsas de la compra en el suelo. He apoyado el pie derecho en la pared. He sacado un pitillo. He mirado esa maravilla de equipo (escuchando en una emisora de radio que ellos practican danza acuática con un balón). He visto cómo se detenían motos sobre la acera y se apeaban los conductores para frotarse los ojos ante ese dos a tres, ese dos a cuatro, ese dos a cinco y ese dos a seis final de Gerard Piqué. Los compradores de Mercadona elevábamos el puño ante cada gol del Barça y girábamos los rostros buscando complicidad en nuestras caras desconocidas. Poco antes de las diez de la noche el árbitro ha acabado con la sangría para el Real Madrid (y me he acordado de Ilse, de Be, de Atikus, de que estarían jodidos). El Barça ha ganado con un resultado histórico. Y el Madrid ha dilapidado su última moneda en la máquina de la suerte.

Entonces me ha sucedido una cosa difícil de creer: he comenzado a levitar y me he puesto a la altura de Melahel que siempre vive suspendido en el aire porque es un ángel. Le he mirado directamente a los ojos preguntándole ¿y ahora qué hago?. Ha estirado los brazos y ha encogido los hombros como queriendo decir "tú verás". Así que le he seguido como he podido golpeándome contra todos los arboles de Travessera de Gràcia. Levitar no es tan fácil, y más si te sucede por primera vez en la vida.

Bajo nuestros pies suspendidos circulaban vehículos enloquecidos con insignias blaugranas. Sonaban cornetas y estallaban cohetes en las terrazas. La gente se reía ajena a la crisis económica y a la gripe nueva. Hemos llegado al Turó Parc, yo con más pena que gloria (me voy a comprar un casco como siga sin tocar con los pies en el suelo). Y allí hemos emprendido un par de carreras en el aire, con banderas azulgranas anudadas al cuello, contagiados por el entusiasmo general.

En el piso todavía flotaba. He puesto la compra en la nevera como si fuera un astronauta ingrávido en la Soyuz. He llamado a mi padre. Él también ha seguido el partido en el bingo de la tierra de la niebla, con las bolsas de Mercadona en el suelo, y ahora también gravitaba intentando meter la compra en la nevera. Después he solicitado una llamada internacional a la operadora de la centralita de Telefónica. Quería hablar con Ilse, no porque ella sea más madridista que Alfredo Di Stéfano. No soy de los que se recrean en las desgracias ajenas. Simplemente quería saber cómo le iban las cosas; hablar en general. Pero cuando ha descolgado no he podido evitar cantarle el himno del Barça. Y he tenido que separar el auricular de mi oído ante su reacción. ¡Qué lengua tiene cuando se encabrona!

PD: Su último post te hace levitar como con una victoria del Barça. Aunque sea un demonio, escribe como los ángeles.

PD2: Emily nos ha regalado un post precioso. Parece una despedida. Ha escrito textos magníficos. Ha iniciado historias interesantes. Ha creado personajes atractivos. Y creo que nos debe más minutos de lectura. Todavía. Quédate.

Nadar crawl


Me he apuntado con el ángel Melahel a la piscina de Európolis, en la calle Sardenya. Tenemos derecho a fitness y a las actividades dirigidas, aunque preferimos lanzarnos al agua y nadar. Al menos yo. Él intenta hacer la bomba, pero se queda suspendido en el aire -frustrado con las manos agarrando sus tobillos y mirándome en plano fijo con un signo de interrogación sobre su testa canosa en sus repetidos intentos de salpicarnos a todos sin lograrlo. Yo encojo los hombros y despliego los brazos: es un ángel y flota en la atmósfera, qué le vamos a hacer. Entonces se conforma con seguir mis trazas en la piscina haciendo equilibrios de funambulista sobre las boyas entre los canales, caminando prácticamente sobre las aguas con esas gafas de intelectual que se ha comprado para hacerse el interesante. A veces se le desprende una pluma que aparto de un manotazo en una de mis brazadas.

Nado crawl. Se trata de elevar un brazo para dar una palmada hacia abajo y entrar en el agua, y luego la otra extremidad repitiendo la misma mecánica, mientras las piernas dan patadas oscilantes. Cada tres brazadas saco la cabeza para respirar y no ahogarme. Entonces me llega el flash de la sonrisa de Melahel, apenas un segundo, gamberro en su levitación sobre el líquido, y hundo de nuevo mi rostro en el cristal azul para observar el fondo de la piscina.

Nadar me ayuda a olvidar que este año tengo problemas de facturas impagadas, de pérdida de clientes, de números rojos en la cuenta corriente, de intereses bancarios por descubiertos a fin de mes.

En una esquina de la piscina, los animosos chicos de AIG hacen cruceros sobre sus flotadores con cabeza de foca. Su compañía, la mayor aseguradora del mundo, recibió 170.000 millones de dólares públicos para evitar la quiebra. Acto seguido, utilizó 165 millones de esa dádiva para compensar en bonus a los empleados de su división de productos financieros. Y ahora esos muchachos escuálidos chapotean en el agua mientras toman un dry-martini bien seco a la salud de los contribuyentes.

A pocos metros de ellos, sobre sus neumáticos con cabeza de pulpo, los altos cargos de Merrill Lynch sorben una copa de helado Hawai coronada con una sombrillita de papel de colores. Su empresa obtuvo 45.000 millones de dólares de Washington para mantenerse a flote. E inmediatamente repartió 3.600 millones en bonus entre ellos. Son tremendos.

En la piscina también chapotea sobre su flotador con cabeza de jirafa sir Fred Goodwin, el hombre que arruinó el Royal Bank of Scotland. Antes de irse, se adjudicó 780.000 euros al año de pensión vitalicia. Traviesillo. Parece despreocupado leyendo el Financial con sus lentes diminutas al borde de su nariz, aunque unos desalmados le destrozaron su Mercedes S600 y atacaron su casa hace unas semanas.

Cerca de la cafetería, los ejecutivos de Caja de Castilla la Mancha celebran con champagne (el cava es para pobres) que el gobierno español les haya rescatado de la crisis, tras inyectarles cifras escandalosas. Quizá se equivocaron invirtiendo el dinero que no tenían en ese aeropuerto megalómano de Ciudad Real, donde no viajan ni los gatos. Pero ¿y si hubiera salido bien? Eran simples emprendedores, aunque con magníficos contactos en la cúpula de la administración pública.

Los astutos que se forraron con la fórmula del short selling (pedir prestadas acciones bursátiles y venderlas caras en el mercado, para recomprarlas más tarde a bajo precio y devolvérselas al propietario original con plusvalías) ríen sobre sus colchonetas del Rey León en la esquina sur de la piscina, salpicando con sus pies de bailarines en el agua, satisfechos de que el estado español todavía no haya emitido una mísera ley para impedir esa práctica especulativa.

Ayer los informativos celebraban que Volkswagen otorgara la fabricación del nuevo Audi Q3 a la sede de Seat en Martorell a cambio de 200 millones de euros en subvenciones públicas (algunas fuentes aumentan esa cifra hasta los 300 millones) para salvar 1.500 puestos de trabajo (mucha gente opina que los trabajadores de Seat son la aristocracia en ese sector, los mimados de los sindicatos). Si no lo he calculado mal, cada puesto de trabajo rescatado de esa factoría nos sale por 133.000 euros. O yo soy muy pollino o no entiendo nada.

Nado crawl. Se trata de elevar un brazo para dar una palmada hacia abajo y entrar en el agua, y luego la otra extremidad repitiendo la misma mecánica, mientras las piernas dan patadas oscilantes. Cada tres brazadas saco la cabeza para respirar y no ahogarme, mientras trato de evitar las colchonetas y los flotadores de esos ejecutivos salidos de unas escuelas de negocios que no impartían la asignatura de ética empresarial.

En la piscina también bracea esa mujer regordeta, con su casco de plástico azul claro en la cabeza que esconde su cabello oxigenado de peluquería de barrio. Regentaba la carnicería en la esquina de mi bloque de pisos. Compraba allí el lomo que ella cortaba sin guantes, sin sacarse el anillo de casada. La higiene no era norma de la casa, pero servía productos de buena calidad. Cerró hace poco. Veo la persiana bajada en mi camino a las instalaciones deportivas. No creo que se reúna con urgencia el nuevo gobierno del presidente Zapatero para inyectar los euros necesarios y salvar su pequeño puesto de trabajo.

Según un informe de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), mientras los beneficios empresariales en el estado español se multiplicaban el 73% entre 1999 y 2006 (más del doble que la media de la Unión Europea: un 33%), el salario medio real de los ciudadanos perdió el 4% de su poder adquisitivo entre 1995 y 2005. Y nadie ha hecho nada para evitarlo.

Fuera de las instalaciones de Európolis, cada tres brazadas saco la cabeza para respirar y no ahogarme en la crisis económica que me tiene agarrotado sin tener culpa alguna. Para olvidar que los banqueros prestaron más dinero del que disponían. Para olvidar que los ciudadanos pidieron -y obtuvieron alegremente- créditos para adquirir propiedades -viviendas y automóviles de gama alta- que no podían comprar. Para obviar que los políticos sólo intentaban que el PIB (producto interior bruto) creciera año tras año artificialmente (basado en la construcción) por encima del tres por ciento porque emitir esa noticia en el Telediario de la Primera hace ganar elecciones. Para no recordar que el poder adquisitivo de la mayoría de ciudadanos disminuyó, mientras en las listas de Forbes se incrementó el número de españoles multimillonarios. El PIB creció, pero sólo para unos pocos. Y entraron millones de inmigrantes, y millones de adolescentes abandonaron el sistema educativo para trabajar en ese El Dorado fabuloso de la construcción y comprarse una moto con el tubo de escape trucado. Los empresarios les pagaban poco para aumentar las cuentas de resultados, y a los políticos les servían para incrementar las cifras de la Seguridad Social (falsas, porque no se incluye ni la sanidad, ni la educación en esas cuentas). Y ahora los responsables del problema (banqueros, promotores inmobiliarios, empresas de automoción...) obtienen salvavidas, y las víctimas no.

Ya sé a quien voy a votar en las próximas elecciones europeas, y en todas las siguientes. A nadie. A no ser que entre en la Seat de maestro de bujías o de cigüeñales.

Nado crawl, para olvidar que cuando salgo a pasear de noche las mujeres discuten alegremente frente a los contenedores de basura de los supermercados para saber quién llegó primera y hacerse con el mapa del tesoro de los desperdicios. Las hay ancianas y con la piel tatuada por la vida, las hay jóvenes y con la piel tatuada por la moda. Apenas acuden hombres.

No conozco los remedios para salir de todo esto. Supongo que formación, y sacrificio (cuentan que desde que hay crisis económica las bajas laborales han disminuido) y creatividad. Personalmente, pienso que los estados pequeños y las empresas minúsculas mejoran nuestra vida. Todo es más cercano en esas condiciones. En Finlandia no viven del ladrillo, ni del turismo. Y es una sociedad avanzada.

Y ahora el Estado español regala millones de euros a la banca que ha especulado, a las empresas de automóviles que no son rentables (aunque generan miles de empleos que significan miles de votos). Y los constructores reclaman "qué hay de lo mío", cuando se han dedicado a crear edificios vacíos, y han puesto los precios de una necesidad básica como es la de la vivienda por las nubes. ¿Dónde está todo ese inmenso dinero que ganaron en las promociones anteriores? Son unos cachondos. Debajo de mi piso hay un cartel de "es lloga". Era una tiendecita de prendas de cáñamo. Las chicas empaquetaron su ropa que quedaba por vender y la metieron en una furgoneta con destino a la tierra de los sueños perdidos. Y no podré volver a comprar carne en el comercio de la esquina que regentaba esa nadadora de cabellos oxigenados. Pero no se trata de cierres importantes. Apenas representan un puñadito de votos. No valen la pena. Aunque no especularan en su jodida vida.

En Európolis nado crawl. Se trata de elevar un brazo para dar una palmada hacia abajo y entrar en el agua, y luego el otro brazo repitiendo la misma mecánica, mientras las piernas dan patadas oscilantes. Cada tres brazadas saco la cabeza para respirar y no ahogarme.

Melahel me señala que, en una esquina, hay gente remando con sus flotadores y sus colchonetas hacia el punto donde un nuevo sabio va a predicar. Nado hacia allí. Descubro que también comparto piscina con un economista que busca soluciones: Thomas L. Friedman ofrece una pequeña charla, sobre su flotador con cabeza de cisne:

"¿Quieren gastar 20.000 millones del dinero público para crear puestos de trabajo? Perfecto. Llamen a las 20 empresas de capital riesgo más importantes de Estados Unidos, que en la actualidad andan escasas de dinero porque sus socios -fundaciones universitarias y fondos de pensiones- están secos, y háganles esta oferta: el Tesoro estadounidense les dará a cada una hasta 1.000 millones de dólares para financiar las mejores ideas de capital-riesgo que encuentren. Si se van al garete, todos perdemos. Si cualquiera de ellas resulta ser la próxima Microsoft o Intel, los contribuyentes les darán a ustedes el 20% del beneficio del inversor y se quedarán con el otro 80%.

Si vamos a gastar miles de millones de dólares del contribuyente, no puede ser sólo en banqueros que decoran despachos, especuladores de viviendas excesivamente endeudados y ejecutivos automovilísticos que año tras año gastan más energía resistiéndose a los cambios y presionando a Washington que liderando el cambio para vencer a Toyota.

He estado viajando por todo el país para presentar un libro y cada noche vuelvo a mi hotel con los bolsillos llenos de tarjetas de presentación de inventores de energías limpias. Nuestro país sigue lleno de innovadores que buscan capital. Así que asegurémonos de que todos los perdedores que claman para que se les ayude no ahoguen a los posibles ganadores que podrían sacarnos de ésta. Algunas de nuestras mejores empresas, como Intel, se crearon en épocas de recesión, cuando la necesidad hace a los innovadores aún más inventivos y a los que asumen riesgos todavía más osados.

Sí, tenemos que apuntalar el sistema bancario, que es el que lo sostiene todo; y encontrar un modo justo de impedir que desahucien de su casa a personas trabajadoras que se atuvieron a las normas no sólo es acertado sino esencial para la estabilidad.

Pero más allá de eso, pensemos, hablemos y planeemos con mayores aspiraciones. Estamos abajo, pero no fuera. Puesto que invertimos dinero público, hagámoslo con la vista puesta en iniciar una nueva generación de empresas de biotecnología, infotecnología, nanotecnología y tecnología limpia con verdaderos innovadores, verdaderos puestos de trabajo del siglo XXI y beneficios posiblemente reales para los contribuyentes. Nuestro lema debería ser: "Empresas nuevas, no rescates: alimentar al siguiente Google, no cuidar a los viejos GM"

Fuente: El País Negocios, 8-3-2009.

Apoyo mi espalda en una esquina, cansado de dar brazadas. Melahel se acerca levitando sobre las aguas. Sonríe porque está a salvo de la crisis. Es un ángel ajeno a toda preocupación. Y me observa con socarronería, hasta que pego un manotazo al azul de la piscina y le dejo bien caladas las plumas de sus alas.

La Torre del Capità


En Catalunya, los lunes de Pascua es tradición comerse un pastel llamado mona, coronado por un huevo de chocolate. Proviene del árabe munna, que significa "algo que llevarse a la boca". Esa torta simboliza que las abstinencias de la Cuaresma han acabado para los católicos, y con ellas la tristeza de esos días, los pasos de Semana Santa en la tele, las películas de romanos, el balance de muertos en la carretera.

Cuando era niño, veía pasar bajo mi ventana a mis compañeros de curso en bicicleta hacia el campo para comerse la mona. Se ponían de pie sobre los pedales y agachaban el torso sobre el manillar para alcanzar una mayor velocidad, mientras se reían, dirigiéndose a esa felicidad bajo los viejos chopos de la Torre del Capità.

Nunca estuve allí. Ni de mayor. Jamás me invitaron. En esa época me hubiera gustado ser el hombre visible.

Este lunes quería comer la mona con mis padres. Pero la señora Sofía me sugirió, el día anterior, que sería mejor que regresara a Barcelona. Lamentaba no disponer de tiempo para prepararme la comida mañana porque tenía ganas de montarse en su bicicleta, junto al tenista, e imprimir velocidad a sus pedales, mientras agachaban sus torsos sobre el manillar para dirigirse a la Torre del Capità con unos amigos de su generación septuagenaria. Y reírse juntos bajo esos viejos árboles que desconozco, donde debe residir la felicidad.

Le prometí que me calentaría yo mismo la comida y que lavaría los platos. Ni por esas.

Tomé el tren de regreso a Barcelona a las cuatro y diez. Llovía tras el cristal, mejorando las tonalidades verdes de los campos de cebada en las lomas, apenas salpicadas por erupciones amarillas y violetas de plantas aromáticas.

En la ciudad seguía cayendo agua del cielo. Dejé el equipaje en el piso y bajé hasta el Gòtic en el ómnibus 39.

Llovía sin fuerza, pero con constancia, y las luces de las furgonetas de limpieza brillaban en el asfalto húmedo. En Portal de l'Àngel, un adolescente musculado con una tapa de cabello sobre el cráneo rapado se mofaba de un hombre que caminaba con dificultad (quizá por una poliomelitis infantil). Lo hacía a su sombra, mientras sus amigas anilladas lo grababan con un teléfono móvil y se reían como imbéciles (pero eso es culpa de los maestros, porque sus padres ya hacen suficiente con ganar dinero para comprar ese todoterreno tan caro del que dispone el vecino desde hace tiempo). En esta época me gustaría, a veces, ser el hombre invisible.

Remonté hasta el Pla de la Seu. Un vagabundo joven (sin duda no supo invertir a tiempo en bolsa, ni formar parte de esa banca que ahora exige -y obtiene- ayudas estatales de muchos millones de euros, ni estar afiliado siquiera a un partido político con posibilidades de ganar unas elecciones) leía un periódico en la penumbra de un portal de la catedral. Me pareció que era La Vanguardia de este domingo, salvada de una papelera. La devoraba con ganas (como queriendo no olvidar que un día formó parte del sistema). A su lado un gos d'atura se hacía un hueco entre sus pertenencias. Al final se tumbó y puso su cabeza sobre una manta que parecía húmeda. Me recordó al señor Gris -era igualito a él-, cuando le entraba de repente el sueño. Y le daba igual el lugar y las condiciones. Sólo quería oler el cuerpo de alguien conocido a su alrededor. Y dormir tranquilo.

Seguí caminando hasta la plaza del Rei. Dos chicas jóvenes cantaban con guitarras, refugiadas junto al portalón del Saló del Tinell:

"Dime por qué me rechazas
si ningún hombre te ama como yo
no trates de ofenderte
es que no quiero perderte te extraña mi corazón
Mis ojos llorarán, llorarán..."

Tenían las voces graves en esos cuerpecitos menudos, que podrías derribar de un soplido. Pero su fuerza estaba en la voz. Entonaban bien. No pedían limosna. Lo hacian por placer tras esa fina cortina de lluvia, en esa puerta que una vez cruzó Colón para dar parte de su descubrimiento a los reyes. Me quedé un ratito escuchándolas bajo el paraguas. Simulando ser un turista que observaba los muros y las torres. Estaba seguro de que sus padres prefirieron regalarles unas clases de música, antes que ampliar el parque móvil de la familia.

Permanecí allí, erguido, dibujando con mis pies su tema musical. Hasta que me entró la vergüenza y me escapé. Casi paró de llover. Cerré el paraguas porque me gusta mojarme cuando sé que no voy a empaparme. Vagabundeé sin rumbo por los callejones del Gòtic. Los turistas salían de sus refugios, como caracoles tras la tempestad. Seguí las huellas, un ratito, de tres mujeres mayores extranjeras porque hablaban como pájaros de su experiencia en Barcelona. En francés. No existe un idioma mejor para escuchar bajo la lluvia.

En Sant Domènec del Call separamos nuestras rutas. Volvió a llover con fuerza y desplegué de nuevo el paraguas. Antes de regresar a casa pasé por el Pla de la Seu. El chico y el perro dormían tranquilos en ese portal. El periódico estaba cerrado en una esquina de su equipaje de mano. Y la onomatopeya del agua quizá le hacía soñar con ir deprisa en bicicleta a su Torre del Capità para comer la mona, mañana. Con cruzar valles y canales con la ilusión en su mirada, mañana. Con oler las flores de primavera a su paso rápido, mañana. Con sentirse parte de nosotros. Con tener un día acceso a una conexión a internet, y contar qué sintió el día en que un extraño les observaba, a él y a su perro gris, bajo la lluvia de ese anochecer.