Nil



Siempre pensé que al pequeño faraón Nil debería aprender a quererlo con el tiempo. Hasta ahora estaba un poco eclipsado, en mi mapa celestial de los sentimientos, por su hermano mayor que irradia tanta luz. Pero ahora mi sobrino menor ha empezado a emitir tímidos rayos lunares en forma de miradas que me buscan con esos ojos tan grandes, de girar un poco la cabecita con curiosidad cuando le cuento algo o de pedirme que le lea un libro sólo a él cuando le guardo alguna noche, en lugar de querer compartirlo con su hermano.

El pequeño faraón Nil es muy diferente del pequeño Hayden. Él es James Stewart, un sentimental, y su hermano es Cary Grant, un seductor. No sé quién soy yo para ellos. Espero no ser Boris Karloff.

Esta semana me toca ir con la mujer de los mares del sur a buscar cada tarde al pequeño faraón Nil al colegio, con un papel de autorización para su tutora Marga, una mujer mayor que yo que me trata de usted (deberé comenzar a utilizar cremas antiarrugas).

Hoy he ido solo. Mi sobrino estaba en su rincón del patio de siempre, charlando con sus amigos Marc 1 (con gafas y que parece recién salido de un cómic, como lo describió la mujer de los mares del sur la primera vez que lo vio) y Marc 2 (un niño guapo, pausado y delgadito). El pequeño faraón Nil me ha mirado con sus ojos grandes cuando le he llamado. Antes de que comenzara a aprender a quererlo, él habría abandonado mi mirada y habría seguido con sus amigos, pero hoy (como ayer) ha venido deprisa a encontrarme con su mochila a medio caer de sus brazos.

Me ha contado que mañana es el día en que los padres hacen de profesores y los profesores descansan, en ese colegio con sistemas educativos complejos. Y yo le he preguntado si podía entrar conmigo al súper para comprar una malla de mejillones.

-No m’agraden massa, eh?
-No són per a tu, home. Són per demà a dinar amb la J.
-La J. i tu sou nòvios?
-No som nòvios.
-I per què viviu junts?
-Perquè som amics. T’agradaria viure amb els teus amics Marc.
-Em penso que sí. Bueno, una miqueta.

En la cola de la caja, nos precedían cinco chicos ingleses de metro noventa con las caras encendidas. Cargaban cajas de cerveza y agradecí estar cerca de ellos cuando las compraban y no después de consumirlas. Tras ellos, una señora mayor caminaba con una mano en un bastón, mientras que en la otra llevaba una coliflor. Tenía el cabello blanco y sucio de mucho tiempo. Los ingleses le han cedido su turno y la señora se lo ha agradecido en su idioma. Han entablado una conversación que intuía pero que no acababa de entender.

El pequeño faraón Nil ya hace un año que estudia inglés después del cole. Le he preguntado si comprendía algo de lo que decían, mientras él comía su bocadillo de Nocilla.

-Una miqueta.
-I què diuen.
-Em penso que aquests dos nois s’han casat i ara van a fer una festa. I li han preguntat a la senyora si ella és d’aquí i parla anglès. Els ha dit que és anglesa, però que viu aquí de fa molts anys. Ah! I també els ha felicitat per haver-se casat. Tu i la J. esteu casats?

Él puede comprender en inglés que dos hombres se casen, pero no entiende en catalán que la mujer de los mares del sur y yo vivamos juntos sin ser novios.

Lo he dejado en su piso, tras limpiarle las manos de chocolate con una toallita húmeda. Me ha dicho:

-Fins després.

Ésta es la semana de cuidar a los sobrinos porque sus padres están colapsados. Así que, por la noche, la mujer de los mares del sur y yo hemos cruzado el rellano para regresar al universo del pequeño Hayden y el pequeño faraón Nil.

Hemos cenado vichyssoise y pescado. Luego, ella ha despistado a los niños con el juego del cuatro para que yo pudiera ver tranquilamente en la tele el Barça-Atlético de Madrid, de cuartos de final de la Champions.

En el descanso, he lavado los platos. La mujer de los mares del sur les ha dicho a los niños que tocaba ir a la cama. El pequeño Hayden ha aceptado con la condición de que le contara un cuento a sus doce años. El pequeño faraón Nil ha preferido esperarme en el sofá, aunque él es dormilón, para ver conmigo la segunda parte del partido.

-Va tio –me ha reclamado, mientras lavaba la última sartén.

Nos hemos sentado en el sofá para contamos las jugadas. Nos hemos chocado las manos cada vez que el Barça estaba a punto de marcar. Él bostezaba por el cambio de horario, porque tiene ocho años y porque va cansado del cole. Pero se ha quedado conmigo con sus pies vestidos con calcetines graciosos del Kukusumutxu sobre mis piernas.

Cuando ha acabado el partido, le he llevado a su cama. Antes, hemos entrado en la habitación de sus padres. El pequeño Hayden y la mujer de los mares del sur estaban dormidos allí, con un cuento abierto entre ellos, ajenos al encuentro de fútbol que nosotros habíamos vivido en el comedor.

Nos hemos mirado y hemos sonreído, el pequeño faraón Nil y yo

-Em penso que és la primera vegada que vaig a dormir més tard que el meu germà –me ha dicho orgulloso.

Al cabo de un ratito, ha cerrado sus ojos tras la última página de un cuento con acertijos que me ha pedido. Le he subido las sábanas hasta la barbilla y le he mirado en la penumbra de su dormitorio. Siempre pensé que debería aprender a quererlo con el tiempo. Y así ha sido.

PD: Hoy la mujer de los mares del sur me ha enseñado a coser. Se trata de dar dos puntadas adelante y una atrás, para reforzar. Me ha parecido una metáfora de la vida, mientras mis dedos torpes avanzaban en esa tela que acabará siendo una alforja para el pequeño Hayden.

Lo Bubu



Hace cinco años, dos meses y veinticuatro días que me presentaron al perro ventilador en una estación de trenes de las tierras del sur. Era una tarde soleada de Nochevieja, y él y su dueña estaban elegantes en aquel andén. Cuando me agaché para saludarle, el teckel se levantó para morderme, como si fuera un muñeco con resorte en una caja sorpresa. Por suerte, sus patas eran cortas y ella tuvo reflejos para tirar de la correa a tiempo.

No le caí bien y se pasó la tarde mirándome de reojo. Era un intruso en su vida que quería destronarle. Por la noche le perdí de vista y dejé de preocuparme por él, mientras preparaba un pollo en el horno de aquella cocina con vistas al río inmenso. Pero él no dejó de preocuparse por mí. Así que cuando la mujer de los mares del sur fue al cuarto de baño, el perro entró a toda velocidad en la cocina, con las orejas largas en posición de ataque, y mandó a reparar mis dos zapatos de cuero negro.

No volví a ver al pequeño emperador hasta octubre de 2011. Me miraba de reojo, como si me recordara de alguna batalla antigua, mientras su dueña, la tarotista y Guillermo descargaban una furgoneta cargada de muebles. Él y la mujer de los mares del sur se trasladaban a vivir a Barcelona, y me tocaría acompañarles de paseo más de una tarde. Así que al día siguiente entré en Decathlon para comprarme las botas más resistentes que encontré.

El primer año me mordió tres veces con ferocidad. El segundo, en dos ocasiones, más que nada por rutina. El tercer año sólo me atacó una vez, diría que era por no perder la costumbre, porque me miraba con desgana de pelea. Se había acostumbrado a mi presencia.

Cuando a finales del verano pasado la mujer de los mares del sur y yo decidimos compartir piso, sabíamos que el perro ventilador sería un problema. Pero pensaba que con un mínimo de precauciones todo saldría bien. Se trataba de ir por casa siempre con un calzado que me cubriera los tobillos, de evitar transitar al lado de su plato de comida, de no hacer movimientos bruscos cuando pasara cerca del teckel, de no tocarle si él no me lo pedía… Además, el piso se puede dividir en dos partes cerrando una puerta, como si fueran dos mundos.

Recuerdo que, una tarde de domingo, la mujer de los mares del sur salió a su reunión de costura periódica con sus amigas. El perro ventilador y yo nos quedamos solos en el piso, él en su zona y yo en la mía que separaba esa puerta mágica. Lo malo es que en su sector está el cuarto de baño y yo escuchaba un partido del Barça bebiendo cerveza.

Intenté aguantar todo lo que pude, cruzando las piernas, pero al final no me quedó otra alternativa que entrar en la parte del piso donde reinaba el perro ventilador. Abrí la puerta con sigilo, lo busqué con la mirada en el comedor hasta que lo vi sentado en su butaca. Levantó las orejas y me miró con curiosidad. Cogí un reposapiés y me protegí con él, mientras avanzaba como podía al cuarto de baño. El animal me observaba extrañado, sin ganas de bajar de su trono. Llegué a mi objetivo, cerré el pestillo y quedé descansado.

Ese día algo cambió entre nosotros. Ese pobre tipo que caminaba con las rodillas unidas y una banqueta entre las manos, a forma de escudo, no podía destronarle, ni ser más interesante que él a ojos de la mujer de los mares del sur (debió pensar el animal).

El perro ventilador comenzó a buscarme por la casa, no para morderme si no para pedirme caricias. Adquirió la costumbre de desayunar conmigo en el cuartito de la lavadora: “Anem a esmorzar, Bubu?”. De mirarme para que le quitara el collar: “Per casa no s’ha d’anar incòmode, home”. De tumbarse bajo mi silla con ruedas, mientras trabajaba, porque allí se sentía seguro: “Un dia et trepitjaré la cua, ruc”. De quedarse moviendo el rabo en el rellano del piso para que lo bajara en brazos a la calle, porque las escaleras son estrechas y él es un perro largo al que le cuesta transitar por allí: “Vols ascensor, avui, o vols anar a peu?”. Él me miraba siempre y levantaba sus patitas delanteras para ponerlas en mi brazo derecho hasta que lo cargaba.

Han pasado cinco años, dos meses y veinticuatro días desde que me presentaron al perro ventilador en una estación de trenes de las tierras del sur, una tarde soleada de Nochevieja. Entonces éramos más jóvenes los dos y más agresivos. Ahora buscamos lo que nos podemos dar, antes que lo que nos podemos quitar.

Esta es la primera noche que pasamos juntos en soledad. La mujer de los mares del sur se ha marchado a su tierra para gestionar que otros perros menos afortunados tengan la misma suerte que el suyo en esa protectora que preside. Ella está contenta de que nos hayamos hecho amigos y le agradezco que haya confiado en mí para que cuide a su teckel durante más de veinticuatro horas.

No sabe que hemos salido a la calle para dar la vuelta rutinaria a la manzana antes de las nueve de la noche. Que has hecho caca y la he limpiado con una propaganda del Lidl, mientras los dos arrastrábamos las patas en señal de enterrar los restos. Que hemos cenado arroz con verduras. Que hemos visto en el sofá la repetición del Madrid-Barça de anoche (3-4) mientras te rascaba la nuca. Que ahora duermes en el sofá bajo tu mantita blanca, aunque hace un rato has venido a mi habitación para ver si era la hora de desayunar. “Encara no, Bubu”. Que hace tiempo que no me protejo los pies con zapatos duros de roer. Que eres el segundo perro de mi vida, con permiso del señor Gris.

El sofà vermell



Pocoyo li envia un whatsapp a la dona dels mars del sud, cap al vespre:

-Voleu un sofà? Però ha de ser avui, perquè la noia que el té ha de buidar el pis aquesta mateixa nit.

Abans de respondre, la dona dels mars del sud em convoca al menjador (jo no tinc whatsapp. Si en tingués, no m’hauria calgut anar al menjador).

-Volem un sofà? –em pregunta, mentre ella està asseguda al seu sillonet i jo a la meva cadira de director de cinema. Al mig de l'habitació pelada, hi ha una taula taronja de terrassa de bar pijo, amb un cendrer on fumegen dos cigarrets.

-No ho sé. Ens cal? –sempre s’ha de respondre amb una pregunta quan no saps què contestar.
-Home, faria més menjador. Però hauria de ser avui, perquè la noia que el té ha de buidar el pis aquesta mateixa nit.
-I on és el sofà?
-A Sant Gervasi.
-Coi, queda lluny. Com el portem?
-Potser amb el Golf dels Hayden.
-Ja, però són gairebé les vuit. Deuen estar cansats de tot el dia. I ara ves a buscar el cotxe al garatge i ves fins a Sant Gervasi. A més, és gran el sofà?
-Un de quatre places. Sembla nou. És bonic. Tot vermell…

Fumo i miro a terra, rumiant.

-S’hauria de fer dos viatges i acabaríem passada la mitjanit. Tot això comptant que el Hayden ens pugui donar un cop de mà, que ho farà, ja el coneixes.
-Doncs què fem?
-Fes-li un whatsapp a la meva germana.

Malgrat que els Hayden i nosaltres compartim replà, la dona dels mars del sud i la senyora Hayden es comuniquen via telèfon mòbil, en lloc de trucar al timbre de la porta. Surt el whatsapp del nostre pis per anar al pis del davant. I a l’inrevés.

La meva germana llegeix aquesta urgència del sofà vermell. Abans de respondre-li a la dona dels mars del sud, convoca el sergent Hayden al menjador de casa seva (ell tampoc no té whatsapp, si en tingués no li hauria calgut anar al menjador) per dir-li que ens ha de fer de transportista, una altra vegada.

Al cap de cinc minuts, el sergent i jo ens trobem al replà, amb cara de final de dia. Anem a buscar el seu cotxe després de mirar al mapa de la ciutat (en paper, no a Google maps) on para aquella adreça on reposa un sofà vermell. Diu que serà fàcil arribar-hi: l’ancestral optimisme masculí.

Però donem cinquanta tombs per uns carrers desconeguts i anem més d’una vegada contra direcció, mentre parlem de la nova etapa educativa que s’enceta per al petit Hayden (el proper curs començarà a l’instiut). Fins que trobem l’edifici on ens espera el moble.

El sergent Hayden aparca damunt de la vorera.

-Vols dir? –li pregunto.

Per a ell, aparcar damunt d’una vorera és com per a mi cremar un llibre. Però és tard i badalla.

Truquem a l’intèrfon. La noia que el despenja allà a dalt no m’entén en català, però ens obre desganada la porta principal. És tard i ella potser també badalla.

El pis de la sisena planta és com si un vaixell gran i desastrat estés naufragant i la gent mirés de rescatar el més imprescindible. Hi ha capses per tot arreu. Estan de mudances. La noia sud-americana ens convida a passar sense demanar-nos credencials.

-El sofá está aquí –ens diu, eixuta de vida.

Després, desapareix per fer la seva i precintar capses amb cinta americana. Al sergent Hayden se li posa mirada de policía quan veu un llit al menjador sota un pòster subversiu. Però allí hi ha el sofà vermell, esperant-nos. Quan el veig, penso que és massa gran, que no ens cabrà al Golf, ni al menjador de casa.

Hauria preferit desistir de l’operació. Però quan al sergent Hayden li encomanen una cosa la tira endavant. Així que desmuntem el sofà en les peces més petites possibles i les posem a l’ascensor el més de pressa que podem, mentre la noia sud-americana precinta capces i el Golf ens espera al carrer mal aparcat.

-Buenas noches, gracias por todo -li cridem a la noia, sense veure-la, quan hem enllestit.
-De nada, que les vaya bien -ens contesta, sense veure'ns.

Amunteguem a la vorera del carrer de Sant Gervasi un munt d’estructures de ferro i coixins vermells. El Golf sembla massa petit per encabir tot allò.

-I si deixem el reposapeus al cantó del contenidor? –li proposo al meu cunyat.
-No. Ja veuràs com ho entrem tot. Això és com el tetrix -em contesta decidit.

Li ha passat la son i li agraden els reptes. Es mira aquell sofà de quatre places derrotat a terra. Després observa la boca del portaequipatges abatut del seu vehicle. Es frega els cabells vermells del cap i quan ja ha vist com ho farà, els seus braços forts comencen a empènyer tot allò cap al cotxe. Encara que està cansat de tot el dia i la nit pasada no ha dormit massa, el repte li dona energía.

Només queda la cadireta de viatge del petit faraó Nil per encabir. Em demana que m’assegui en el lloc de copilot i l’apreta damunt del meu cos prim, que es recolza en els coixins vermells que m'envolten.

-Puc tornar a peu al barri, eh?
-Tira, home, no tindràs tan espai al cel com aquí -em diu, foteta.

Fem el viatge de tornada cap a Sagrada Família amb dificultats. Al sergent Hayden només li entra la primera i la segona marxa. Cap més. I jo només hi veig per un foradet de la finestra entre els coixins i la cadira ergonòmica del nen petit. A més, ens trobem quatre controls de la Guàrdia Urbana a la Diagonal, que el sergent esquiva com pot, a càmera lenta perquè no pot accelerar.

-Veus algun cotxe de policia pel lateral?
-Veig un Nitbus i un Renault platejat. Res més.
-Espero que no ens surti car aquest sofà.

Aconseguim arribar a casa, mentre riem per aquesta aventura noctàmbula que ens ha apropat una miqueta més i que ell podrà explicar un dia als seus nets.

El sergent Hayden aparca el Golf, que s’ha menjat un sofà vermell, al carreró del costat de casa. Treu els coixins i la cadireta que m’ofeguen al damunt i respiro una mica d’aire per fi. Pensàvem que ens esperaria una banda simfònica al carrer per celebrar la nostra heroicitat, però no hi ha ni el sereno.

Truquem als intèrfons dels nostres pisos per si ens poden ajudar a pujar tot allò. No contesten. La senyora Hayden i la dona dels mars del sud estan ocupades amb el whatsapp. Parlen de com quedarà el menjador redecorat amb el sofà nou de la Pocoyo, mentre el sergent i jo l’arrosseguem escales amunt, en aquell edifici sense ascensor, passada la mitjanit.

PD: Gràcies pel sofà, Pocoyo. Espero que llegeixis això. T'hauria volgut fer un whatsapp, però no en tinc :-)

Passatge Gaiolà



Hacía tiempo que no salía a pasear de noche. Lo hice de puntillas, porque la mujer de los mares del sur y el perro ventilador ya dormían. Antes de cerrar la puerta comprobé que llevaba el dni, la cajita metálica con tres cigarrillos, el mechero y una botella pequeña de agua.

Caminaba con las manos en los bolsillos, que sólo sacaba para volver a sintonizar cada dos por tres mi emisora de radio favorita en ese minúsculo iPod de cinco gramos que me prestaron o regalaron (no sé) hace poco tiempo.

Mis dedos están más acostumbrados al viejo Aiwa de los noventa. Si le pones pilas, todavía funciona. Parece un ladrillo en el interior de mi chaqueta, pero tiene FM y AM y le puedo incrustar un cassette para que me acerque a la orilla de la memoria músicas antiguas que flotaban a la deriva. En cambio, el iPod se pone a templar cuando le enseño una cinta de It's a beautiful day. Simplemente, no le entra.

En el Jazzman había una actuación en directo y una mujer de mi generación Aiwa movía ligeramente la cadera en la acera con un cigarrillo entre sus labios astillados. Me sonrió o creo que me sonrió (no sé).

En el cajero automático de mi sucursal de La Caixa de Provença no dormía nadie esa noche en que no necesitaba entrar para comprobar que las telarañas de mi saldo bancario seguían intactas. Unos pasos más allá contemplé las torres de la Sagrada Familia reflejadas en los cristales del Caprabo. Me gusta verlas así, como si fueran una postal serigrafiada en un comercio. Prefiero no girar el cuello para contemplarlas de verdad.

En el Michael Collins había cuatro gatos ingleses bebiendo cerveza con un plano de Barcelona sobre la barra. Seguramente buscaban destinos para el día siguiente. Hubiera querido entrar para marcarles con el índice los tres o cuatro puntos imprescindibles en mi mapa de la ciudad, pero necesitaba los dedos para resintonizar mi iPod enano que no acepta cassettes.

En la calle Mallorca me detuve frente al número 366. Vi el escalón que le costaba tanto subir al señor Gris cuando era un cachorro. Vi los buzones, la puerta del ascensor, las escaleras para cuando no funcionaba el ascensor. Recordé el piso minúsculo, en la séptima planta, con una terracita para el verano de la señora Hayden cuando era soltera y su única familia diaria era ese animal.

Un hombre cruzó la calle con un señor Gris adulto. Los seguí unos metros hasta que me topé con la entrada a un pequeño callejón al que iba de paseo hace muchos años con mi hermana y su perro: el passatge Gaiolà, el lugar que nos servía de anfetamina contra esas crisis interiores que teníamos entonces. Lo había olvidado. Me había olvidado completamente de todo aquello, de ese tramo de calle, de la gente que vivía allí y de nosotros en esa etapa de nuestra vida.

Parecía intacto, con sus casitas bajas y ese silencio, como en esa época.

Recuerdo que los tres nos deteníamos siempre frente a una especie de casa/taller en la que vivía un chico delgado con el que hablábamos en la acera mientras descargaba su furgoneta llena de tablones de madera. Era un tipo amable y despreocupado, que siempre tenía una caricia para el cachorro Gris. Intenté acordarme de su nombre y de su oficio esa noche, y si vivía en ese portal o en el otro (no sé).

Lo que recordaba con exactitud es que dentro de esa casa/taller le esperaba eternamente una chica con la cara muy blanca y el cabello rizado muy negro. Esa pareja era como el ideal de la felicidad.

Me gustaría tener una cinta VHS de ese tiempo pasado y acercarme al DVD del comedor de mi piso para intentar incrustárselo y recordar con precisión todo aquello, mientras el aparato tiembla con su ranura estrechita. Lo viejo y lo nuevo son casi siempre incompatibles.

Regresé a casa pasando como un gato por la fachada del Michael Collins, por el reflejo de la Sagrada Familia en el Caprabo, por la sucursal de La Caixa

En la acera frente al Jazzman seguía moviendo ligeramente la cadera una mujer de mi generación Aiwa con un cigarrillo entre sus labios astillados. Me sonrió o creo que me sonrió (no sé).

Subí a casa y puse la llave en el cerrojo. Lo hice de puntillas, intentando no despertar a la mujer de los mares del sur y al perro ventilador que no sabrán nunca nada de mis salidas nocturnas que inauguré esa noche y que voy a seguir haciendo a escondidas.

Joan Manel



Hace dos inviernos me crucé con un hombre espigado y huesudo por la calle de las librerías de la tierra de la niebla. Llevaba un chaquetón largo y una bufanda blanca. Parecía un señor elegante. Cuando le sobrepasé, escuché que me llamaba por mi viejo nombre: "Joan Manel".

De pequeño odiaba ese nombre compuesto. En el partido de futbol de cada recreo en La Salle, me sobresaltaba cada vez que el habilidoso Suñé me pedía: "Passa-me-la, Joan Manel". O el escurridizo Fabrés me gritaba: "Salta quan treguin el còrner, Joan Manel". O el ariete Del Río se desesperaba, exigiéndome: "Xuta a porta, que estàs sol, Joan Manel". Y yo, que era bajito, torpe, miope y, encima, me llamaba Joan Manel, ni la pasaba ni saltaba en los saques de esquina ni chutaba a portería. Ni siquiera sabía qué hacer con aquella sandía en los pies. Ellos tenían nombres chulos y cortos. Además, eran buenos deportistas.

Lo que se me daba bien era empollar, leer libros de Enid Blyton con mis gafas de pasta y buscar excusas para evitar las carreras en bicicleta por el camino de Duran desde aquella vez en que me caí y me abrí una rodilla. Por eso nunca fui popular en el colegio ni en el instituto.

Fue una salvación para mí, escapar de todo ese pasado para ir a la universidad y vivir en la metrópolis. Lo primero que hice fue borrar uno de los dos nombres de mi camiseta de futbolista fracasado. Lo dejé en un simple Joan (me gustan los nombres cortos). Todo el mundo me ha llamado así desde entonces, desde que decidí dejar atrás aquel pequeño desastroso. Me funcionó la catarsis.

Pero hace dos inviernos, escuché que alguien volvía a llamar por su viejo nombre a aquel niño acomplejado que ya no era yo. Me giré hacia el hombre elegante con chaquetón negro y bufanda blanca. Aquel rostro afilado, como de galán de cine de la postguerra, me sonreía con unos labios finos.

Entonces me fijé en sus ojos azules y reconocí al niño regordete con el que jugaba a las canicas en el patio del colegio o al futbolín en el bar de la señora Flora. No nos veíamos desde hacía más de treinta años, cuando los dos éramos bajitos, torpes, miopes y, encima, teníamos nombres compuestos. Ahora él estaba estupendo, como si el paso del tiempo le hubiera mimado.

Resumimos en diez minutos ese montón de vida. Josep ya no se llamaba Josep Ignaci. Hacía poco que había convertido su afición por el mundo de la actuación en un trabajo del que comenzaba a vivir después de mucho tiempo haciendo de tendero. También ejercía como promotor de mil iniciativas en la pequeña ciudad en la que crecimos (él nunca se planteó marcharse de allí).

Me comentó que estaba preparando un encuentro de toda la gente que pronto cumpliríamos cincuenta años. Me pareció que hacía falta mucho tiempo para eso y le dejé mi email para que me tuviera al tanto. Cuando llegué a mi piso de Barcelona, Josep ya me había pedido amistad por Facebook.

Eso sucedió hace dos inviernos.

Dos años pasan deprisa. Hace poco encendí el ordenador y entré en Facebook. Contemplé, extrañado, que me invitaban a participar en un grupo: "Colla del 64 de la terra de la boira". Poco a poco, fueron asomando cabecitas de un pasado olvidado pidiéndome amistad. Y, lentamente, comencé a recibir mensajes de Suñé: "Quant de temps, Joan Manel". De Fabrés: "Te'n recordes, Joan Manel...". De Del Río: "En aquesta foto surts al costat de l'hermano Gerardo, Joan Manel". Una etapa que creía superada. regresaba a mí. Con excesiva fuerza.

La última vez que supe de ellos, éramos apenas adolescentes. Ahora veía caras infladas, cabezas calvas y ojos cansados. No sé qué sucedió en sus vidas todos estos años y tampoco pienso hacerles una entrevista si nos reunimos este 2014 en que todos llegamos a los cincuenta años. Ni quiero que me pregunten por mi cara inflada, por mi cabeza calva o por mis ojos cansados. Pero con esta reunión prevista de antiguos compañeros de viaje, me he dado cuenta de que el tiempo pasa deprisa y que envejezco, aunque no lo observe en el espejo cada mañana.

Ya me lo decía mi tío Rogelio cuando iba en el tractor, a su lado, con doce años: "Aprofita els anys, nen, que la vida passa de pressa". Tío Rogelio me lo contaba siempre poniendo en su sitio esa mata de cabello lateral que dejaba crecer para tapar su calvicie frontal (un remené) y que inevitablemente destapaba una ráfaga de viento inadecuada en nuestros trayectos hasta la cooperativa agrícola, cargados de cajas de manzanas.

Ayer fui al partido semanal del pequeño Hayden en el patio de su escuela. Hacía frío. Estaban sus padres y los amigos de sus padres. También la mujer de los mares del sur. Estoy a gusto con esa gente que me llama Joan y que siempre ha tenido más o menos mi misma edad de cuarenta y tantos. Son las personas del presente y no las del pasado.

Al final del encuentro, quise ir a felicitar a mi sobrino, que acaba de cumplir doce años, por su victoria (cinco a dos, contra los primeros de grupo). Pero se acercaron a él sus Suñé, Fabrés y Del Río para chocar las manos entre ellos. Los dejé juntos, para que envejezcan a su manera dentro de muchos años.