Éric Rohmer
miércoles, 13 de enero de 2010 by el paseante
Rohmer siempre filmaba escenas cotidianas. Gente que entraba y salía del encuadre, despreocupada. Apenas hablaban de otras cosas más allá de la preparación de una mañana en la playa. O un encuentro en un parque.
Ésta podría ser una secuencia de una película de Éric Rohmer.
A media tarde, ella (la llamaremos Pocoyó) vino con su bufanda roja a ese cruce de caminos. Se acababa de despertar de la siesta, con su mantita levantada en el sofá hasta la barbilla. Bostezaba. Yo también había dormido un rato después de comer, en la litera de mis sobrinos, sin que me pidieran cuentos por una vez. Elevamos nuestras manos enfundadas en guantes para saludarnos (hacía frío), esperando a que el semáforo se pusiera en verde en ese cruce de caminos. Pocoyó es una mujer atractiva que escondió su inteligencia en su mochila, para no despreciarme. No pudo amagar su físico, pero me hizo sentir a gusto en esos primeros minutos.
A media tarde, él (lo llamaremos el jardinero fiel) acudió con su bufanda gris a ese otro cruce de caminos cerca de Sants Estació, en la otra punta de la ciudad. Pocoyó y yo nos dirigímos allí en el metro veloz, mientras él hacía fotografías por el parque, aguardando nuestra presencia. Nos esperó tranquilamente en la boca del tobogán-dragón, con su sombrerito de gángster inocente. Lo descubrimos enseguida. Levantamos nuestras manos enfundadas en guantes (hacía frío) esperando a que el semáforo se pusiera en verde. Y el jardinero fiel nos devolvió el saludo, desde la otra orilla. Es un hombre simpático, de cabello gris y salvaje, y barbita de intelectual. También es inteligente, pero escondió esa cualidad en su mochila, para no despreciarme.
Los tres caminamos descubriendo cipreses elevados, y faros que limitaban el recinto. Nos hacíamos preguntas tímidas. Él se fijaba en los árboles antes de disparar su cámara. Ella centraba su atención en ese chico chino que apuntaba a la canasta de baloncesto para disparar un triple, agachada para pillar sus botas con su gran angular. Son fotógrafos que hablan a través de su objetivo.
Después entramos en ese local de la plaza d'Osca, que recordaba de viejos tiempos con la mujer elegante. Hablaban entre ellos, atractivos tras esa mesa del bar en la que nos sirvieron una cerveza. Los miraba. Me gustaba mirarlos, hasta que el reloj sonó para que la carroza no se convirtiera en calabaza. Los tres regresamos a casa en el metro veloz. En un descuido, Pocoyó deslizó un calendario de mano de 2010 en el bolsillo de mi chaqueta. Le había dicho que este año no tenía ninguno.
Ésta podría ser una secuencia de una película de Éric Rohmer.
PD: Hoy Emily me ha enviado un email contándome que el cineasta había muerto. Y ahora he leído un post en chez Violette hablando de él. Vale mucho la pena. No podría expresar mejor que ella lo que me hizo sentir ese viejo gabacho. Era mi director de cine vivo preferido.
PD2: Rohmer no ponía música en sus películas. Espero que no le moleste esta BSO de Nouvelle Vague.
