Aniversarios
miércoles, 1 de octubre de 2008 by el paseante
Hoy, justo hoy, mi padre cumple setenta y cinco años. Sus ojos grises lo celebrarán esperando que su mujer, con la que lleva casado casi medio siglo, le sirva un canelón extra en el plato. Será feliz otra vez rebañando lo que queda con un poco de pan. El resto de familia vivimos lejos, y sólo nos puede soñar o recordar o añorar a pesar de las llamadas telefónicas. Después hará la digestión en el sofá, y saldrá a jugar al frontón con su raqueta gastada, porque no tendrá a un tenista al que enfrentarse, mientras una cigüeña elegante sobrevolará seguramente la cancha. Y él detendrá el saque para mirarla con sus ojos grises. Y pensará en lo hermosa que es. Se sentirá vivo mirándola.
Ayer, justo ayer, hacía una semana que estaba en el concierto del sesenta aniversario de Jaume Sisa, en plaça Catalunya, con la pintora, intentando tomar esos granizados de cerveza que les compramos a unos paquistanís. Y riendo porque ni las llamas del mechero conseguían derretir tanta frialdad. Ella tenía la piel oscura de muchas vacaciones -o por genética-, que contrastaba con su ropa blanca y su risa blanca y su alma blanca. Conocía todos los temas que interpretaban Sisa y sus amigos. Los cantaba a grito pelado, como una niña. Yo despistaba, como si no conociera a esa mujer enloquecida de alegría.
Ayer, justo ayer, hacía nueve días que estaba con la mujer elegante corriendo entre ruedas de carruajes gigantes del espectáculo Pi-leau, del grupo holandés Close-Act, mirando cómo un pescador intentaba atrapar un precioso pez de trapo y ojos iluminados en rojo sobre nuestras cabezas, procurando que el tiburón articulado no nos comiera, intentando que no nos mojaran con sus mangueras. Reíamos. Estábamos junto al mar y amenazaba lluvia. Pero no llovió. Y fuimos a comer ese frankfurt triste a la plaza triste para hablar de cosas tristes. Para procurar apagar esos temas tristes con nuestras mangueras de bomberos aprendices, y transformarlos en un día feliz.
Ayer, justo ayer, hacía once jornadas que asistí a los conciertos de Facto Delafe y Las Flores Azules (plaça Reial) y de Giullia y los Tellarini (avinguda de la Catedral), en las fiestas de la Mercè. Diluviaba, y miraba el escenario bajo los paraguas de los demás. Estaba solo, en esa esquina, desplazando los pies para no parecer una estatua de sal. Intentando bailar. Nadie se acordará de esos momentos que disfruté.
Ayer, justo ayer, hacía cinco meses exactos que hablo con esa chica que es tan especial para mí. Siempre se le escapan las protecciones de sus dientes cuando escucha mis tonterías y yo oigo las suyas. A veces peleamos duro. De broma. Y de broma sacamos esas marionetas chulas al teatrillo irreal. Las movemos para pedirnos perdón, para hacer las paces. Y las discusiones se convierten en leves. Y seguimos siendo especiales el uno para el otro.
Hoy, justo hoy, hace casi un año que murió el señor Gris. Cuando paseo por los sitios de la tierra de la niebla a los que íbamos entonces, miro el azul del cielo, y a menudo nos sobrevuela una cigüeña elegante. Pensamos en lo hermosa que es. En su majestuosidad. Y luego nos vamos juntos, el perro y yo (aunque él haya muerto) a revolcarnos en aquella hierba entre los manzanos. Como hace un año. Pensando que el tenista se dispone a sacar en esa cancha de frontón, lejos de nosotros, mirando esa misma cigüeña que vemos nosotros. Él lo hace con su mirada gris, a sus setenta y cinco años que cumple hoy.
PD: si le ponéis comentarios chulos a mi padre, se los regalaré por su 75 aniversario. Él no conoce la existencia de este rincón, desconoce que le conocéis.
