Aniversario
domingo, 20 de mayo de 2007 by el paseante
El primer recuerdo de mi vida es la entrada en brazos del tenista, a punto de dormirme, en el cine Avenida de la tierra de la niebla. El segundo, a los tres años, es el de mi abuela intentando arrastrarme de debajo de la mesa de la cocina, donde estaba atrincherado con un pan de Viena tremendo. Quería comunicarme que mi hermana acababa de nacer y que debería portarme bien con ella. Hoy se cumplen cuarenta años de esa escena antigua.
No sé si me he comportado siempre bien con ella, pero la señora Hayden se ha preocupado siempre de conducirme en su descapotable rojo a toda pastilla por las autopistas de esta vida. Recuerdo cuando ni siquiera habíamos perdido la cola de renacuajos y aprendíamos a no ahogarnos en el canal de riego, de escaso metro de anchura y dos palmos de profundidad, chapoteando tras las manzanas deshauciadas de los árboles que flotaban en las aguas como peonzas. Nuestro chillidos y risas estridentes rebotaban en la bóveda formada por las ramas que filtraban la luz solar. Recuerdo, mucho más tarde, cuando me hacía el chulito y le explicaba el movimiento punk para su trabajo de final de curso de secundaria. También cuando me preguntó despreocupadamente, en un bar oscuro de la calle Mayor, si era novio de aquella chica del norte. Siento nostalgia de la etapa en que compartimos piso en la ciudad universitaria. Entonces explicaba a las visitas, la muy embustera, que una tarde me dormí en el sofá escuchando un cuento que Magnum les contaba a unos niños en esa serie que reponen cada dos por tres. Pienso en su etapa gris, dejada atrás en el espejo retrovisor del descapotable, y en esa etapa azul que vive actualmente con sus hijos de colores y su marido con quien firmó un contrato para cuidarse mutuamente.
Viven en un piso alto, sin ascensor, pero con una terraza magnífica llena de plantas ornamentales y limoneros. En una estantería están los álbumes de fotos que recopilan sus cuarenta años cumplidos hoy. Hay imágenes de sol en la cara, de cenas de Navidad en la granja de los caballos, de amigas sonriendo a la cámara en calas hermosas, de viajes a sitios lejanos, de parejas que sólo lo siguen siendo en el recuerdo lejano. De palomas, patos, gatos, perros, conejos... porque a la señora Hayden le gustan los bichos. Hablando de eso: también aparezco en los álbumes. Siempre en segundo plano porque, como algunas tribus estudiadas por antropólogos, tengo miedo de que la imagen congele mi alma. Y, encima, soy tímido.
Por eso no quería decir que hoy comparto aniversario con la señora Hayden. Este es mi post número cien, y me esconderé, cuando apague el ordenador, debajo de una mesa con un pan de Viena para celebrarlo. Mi vieja abuela vendrá desde alguna parte, y me sacará de la madriguera para contarme que mi hermana ha vuelto a nacer hoy, como cada veinte de mayo. Me exigirá entonces que me porte bien con ella, sacudiendo su dedo índice en el aire. Para siempre.
No sé si me he comportado siempre bien con ella, pero la señora Hayden se ha preocupado siempre de conducirme en su descapotable rojo a toda pastilla por las autopistas de esta vida. Recuerdo cuando ni siquiera habíamos perdido la cola de renacuajos y aprendíamos a no ahogarnos en el canal de riego, de escaso metro de anchura y dos palmos de profundidad, chapoteando tras las manzanas deshauciadas de los árboles que flotaban en las aguas como peonzas. Nuestro chillidos y risas estridentes rebotaban en la bóveda formada por las ramas que filtraban la luz solar. Recuerdo, mucho más tarde, cuando me hacía el chulito y le explicaba el movimiento punk para su trabajo de final de curso de secundaria. También cuando me preguntó despreocupadamente, en un bar oscuro de la calle Mayor, si era novio de aquella chica del norte. Siento nostalgia de la etapa en que compartimos piso en la ciudad universitaria. Entonces explicaba a las visitas, la muy embustera, que una tarde me dormí en el sofá escuchando un cuento que Magnum les contaba a unos niños en esa serie que reponen cada dos por tres. Pienso en su etapa gris, dejada atrás en el espejo retrovisor del descapotable, y en esa etapa azul que vive actualmente con sus hijos de colores y su marido con quien firmó un contrato para cuidarse mutuamente.
Viven en un piso alto, sin ascensor, pero con una terraza magnífica llena de plantas ornamentales y limoneros. En una estantería están los álbumes de fotos que recopilan sus cuarenta años cumplidos hoy. Hay imágenes de sol en la cara, de cenas de Navidad en la granja de los caballos, de amigas sonriendo a la cámara en calas hermosas, de viajes a sitios lejanos, de parejas que sólo lo siguen siendo en el recuerdo lejano. De palomas, patos, gatos, perros, conejos... porque a la señora Hayden le gustan los bichos. Hablando de eso: también aparezco en los álbumes. Siempre en segundo plano porque, como algunas tribus estudiadas por antropólogos, tengo miedo de que la imagen congele mi alma. Y, encima, soy tímido.
Por eso no quería decir que hoy comparto aniversario con la señora Hayden. Este es mi post número cien, y me esconderé, cuando apague el ordenador, debajo de una mesa con un pan de Viena para celebrarlo. Mi vieja abuela vendrá desde alguna parte, y me sacará de la madriguera para contarme que mi hermana ha vuelto a nacer hoy, como cada veinte de mayo. Me exigirá entonces que me porte bien con ella, sacudiendo su dedo índice en el aire. Para siempre.