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Un pequeño viaje

Siempre he sido un excelente pasajero en los vehículos terrestres a motor. No tengo necesidades fisiológicas a medio camino, ni protesto por la música aunque sea flamenquito. Acepto que los ceniceros sólo sirvan para guardar las monedas del peaje, y escucho con atención las conversaciones mientras filmo con la memoria paisajes conocidos o nuevos por la ventanilla. En un aspecto sí soy un desastre: la interpretación de los mapas de carretera. Cuando el piloto abre la guantera, extrae la guía Campsa y me pide que encuentre una ruta, pongo mi mejor voluntad en descifrar los jeroglíficos lineales bautizados como A-2 o C-242, para acabar sintiéndome tocado y hundido.

Prefiero que me conduzcan a conducir. Por eso, cuando supe que el sargento Hayden y su hermano iban a comprar aceite de oliva a una población que no lograba ubicar en el atlas de mi vida, levanté tímidamente un dedo y pedí permiso para montarme en un coche que olía a nuevo.

La primera parte del trayecto transcurrió por territorios conocidos de la tierra de la niebla. Luego giramos al sur y el paisaje dejó de ser llano y de alimentar frutales, para mostrar relieves escasos de vida, como si fuera un hábitat lunar. Esos altiplanos sólo permiten el cultivo de los olivos y en cada pueblo existe una cooperativa de paredes blancas destinada a la industria del aceite. A través de la ventanilla, me sorprendieron los camposantos elevados en cerros con el dedo índice de los cipreses señalando en dirección al infinito. Cruzamos la sierra Grossa, el valle de Les Socarrades, el d'Ada...

Nos equivocamos de camino -a pesar de que no era el encargado de la guía Campsa esa mañana- y alcanzamos la confluencia de tres ríos: Segre, Cinca y Ebro, con sus cañones impresionantes sobre la cópula eterna entre los grandes amantes. Es la tierra de mi añorado vecino Jesús Montcada, que sigue paseando su perro blanco por la calle de mis recuerdos. Los nombres de las poblaciones en los rótulos de la carretera -Flix, Tortosa...- me hicieron rememorar el camino inverso (de sur a norte) que realizó hace poco una amiga. Me contó que iba a Mequinenza para declamar los textos de un CD magnífico que se titula L'escriptor inexistent, editado por L'Indi Music. En su viaje, ejercía de pasajera junto a un niño llamado Nick que se dormía escuchando su voz cautivadora. Quiero pensar que miró esos mismos paisajes de mi mañana de sábado. En el disco, Montse Castellà canta y Montse Llussà recita textos duros como ese paisaje al que hacen referencia en su obra y que yo veía por primera vez en mi vida.

"A orillas del río Ebro
flota un sueño que la nostalgia olvidó.
Niebla matinal bajo un cielo azul
y enfrente esa montaña rosada.
Saluda un caracol y ese árbol sin voz
que llevo grabado en la rodilla.
Secretos de la niñez
recorren campos de arroz
y esos naranjos que abrazan el Sol."

En la cooperativa aceitera nos ofrecieron gratuitamente pan con aceite y olivas, mientras nos preparaban las cajas con las garrafas para freír alimentos un año entero. En las pausas del trato comercial les hice reír con mis chistes absurdos. A cambio, el hermano del señor Hayden nos contó que esa zona se estaba revitalizando económicamente con la llegada de máquinas vibradoras para los olivos (sacuden los árboles y extienden mecánicamente unas redes para recoger los frutos). Antes realizaban esa labor las cuadrillas de gitanos que cobraban a tanto la hectárea. Cuando vieron aparecer los primeros artilugios que iban a suplirles esperaron la oscuridad de la noche, se arrastraron hasta los almacenes con latas de gasolina, rociaron los aparatos vibradores y rascaron una cerilla en sus barbas duras. Hubo denuncias, juicios y sentencias; y todo acabo a favor del progreso. Las tierras del sur buscan modernizarse, mejorar.

Fuimos a tomar un café en el bar del pueblo. Sólo había una mesa ocupada. Sus cuatro integrantes se quedaron en silencio, mirándonos por encima de las gafas, hasta que dedujeron que éramos simples compradores de aceite y continuaron con el reparto de cartas. Jugaban a la butifarra (de cuyo torneo fui campeón en la ciudad universitaria dos años consecutivos). Observaba con curiosidad el desarrollo de la partida, intentando recordar sus reglas olvidadas, cuando entró una chica joven y colgó un cartel en la ventana del bar.

El hombre que parecía más viejo aprovechó el momento del recuento de puntos para levantarse ayudándose de un bastón. Leyó: "Primavera Sound Festival. DJ Ramiro. DJ Evangelista. DJ Listillo", acariciándose la mandíbula. Regresó a la mesa: "Està en estranger", y miró sus doce cartas. "Deu ser cosa del jovent", dijo con sorna su compañero de partida mientras cantaba convencido oros. Su contrincante a mano derecha contró.

Escenas de Navidad

1. La señora Sofía se arremangó la blusa para cocinar en estas Navidades, sin mostrar arrepentimiento ante nuestras nuevas cinturas de embarazados al levantarnos de la mesa el último día.

2. El tenista se llevó al pequeño Hayden a rezar al pasillo, mientras los demás escondíamos -a cámara rápida como en las películas mudas- sus regalos bajo el Tió. (Es una tradición navideña catalana. Consiste en un tronco de árbol con cuatro patas de madera y un rostro sonriente de cartón o pintado directamente en el leño. Los niños deben alimentarlo durante jornadas para que les expulse regalos en Nochebuena por la parte trasera, después de darle bastonazos en el lomo y cantarle una canción tradicional. En la granja de los caballos hay un pequeño problema: el niño me llama "tío" en castellano, y cuando le dicen que pronto va a cagar obsequios el Tió me mira con exigencias.)

3. El señor Gris se dejó fotografiar con astas de reno, el pobre.

4. El hombre sin suerte me dejó plantado en la puerta de la discoteca multicultural a dos grados bajo cero la víspera de San Esteban, ante mis expectativas de fiesta salvaje. De todas formas, entré.

5. El día 24 salí a caminar con el señor Gris, como cada tarde. Había niebla alta que -fácilmente- se confunde con nubes bajas. Encontramos un campo de frutales desnudo de hojas. Quedaban manzanas granny smith, pendientes para siempre de recolección, que decoraban los árboles como si fueran de Navidad. Es mi fruta preferida, y la del perro. Así que compartimos una jugosa pieza recolectada en pleno diciembre. Masticamos sin cerrar la boca, con ninguna educación, emitiendo vapor como si fuéramos dragones mansos.

6. De regreso a la granja de los caballos, una bandada de veinte cigüeñas sobrevoló un buen rato nuestras cabezas, dibujando círculos. Desconozco las costumbres de esas aves, pero intuyo que buscaban a alguien a quien traer recados de París. Sin que el animal se diera cuenta, levanté la mirada y le señalé a él. Si nos hubiera vigilado un escuadrón de buitres carroñeros a la caza de comida fácil habría mostrado la dirección al infinito, para despistarlos en nuestro retorno al hogar y a las fiestas navideñas que seguían teniendo lugar tras sus muros.

7. Este diciembre, formulé más felicitaciones de las que recibí. Para compensarlo, a mi vuelta a la metrópoli encontré el mensaje que una mujer desconocida me dejó por equivocación en el contestador del teléfono fijo: "¿Dónde estás Elena? ¿Que no estás en casa? Bueno, bueno... Oye te llamo desde la montaña. Era para felicitarte las fiestas. ¿Dónde estás? Ya me dirás algo. Un abrazo".

Pausa invernal

El señor Gris ha recuperado su aspecto saludable de antes. Ha adelgazado y camina de nuevo a cuatro patas (como Dios manda en los cuadrúpedos) gracias al tratamiento caro que pagan los Hayden. Lleva el cuerpo rapado porque los nudos habían formado trincheras en su pelo largo, aunque la peluquera le respetó la pelambrera de la cabeza y ahora es un leoncito. Se le nota renovado.

En estas recientes vacaciones de cuatro días le llevé a recorrer caminos de campo eternamente encharcados; y a jugar al escondite, con el pequeño Hayden montado en bicicleta, en el laberinto del parking donde mi padre guarda su coche. El niño se moría de risa cada vez que le sorprendía en una esquina e intentaba agarrar la capucha de su chaqueta, mientras apretaba los pedales para escapar de mi acoso y refugiarse tras el chaquetón de invierno del tenista. El perro trotaba feliz tras la secuencia cinematográfica, como un bobito.

Entre la niebla, también caminé solo y escuché mi programa de radio favorito. Lo emitía el tractor aparcado de un campesino que podaba sus frutales. Salían voces familiares del aparato que me recordaron que lejos, al este, existe una metrópoli a la que debería regresar de nuevo tras esa pequeña pausa.

Huir

Tengo cuatro días para escapar de los cepos de la metrópoli que intentan agarrarme las piernas en mis paseos diarios. Huiré hacia las nieblas del oeste. Allí escucharé el silencio que habita entre las ramas ya desnudas de los manzanos. Le propondré un partido al tenista. Olfatearé las cacerolas, sentado en el mármol fresco de la cocina (como un gato descarado), mientras le pregunto a la señora Sofía a qué hora se come. Me presentaré en la clínica del hombre que cuida animales, para exigirle noticias de su nueva novia. Esperaré la llegada de los Hayden el viernes para sentirme arropado después de tanto tiempo. Intentaré ser feliz. Es todo.

Rogativas

Para que no se convierta en rutinario, quise hacer una leve variación en el trayecto de regreso a casa desde el Turó Parc. Ascendí por la calle Calvet, hasta alcanzar la vía Augusta, para dejarme caer desde allí en parapente entre las copas de los árboles de Santaló.

El señor Gris se asustó cuando se abrieron de repente tres portaladas de un edificio de piedra gris, para expulsar a la acera a una multitud de personas de diferentes edades con apariencia de felicidad. Pensé que se trataba del final de una sesión de cine hasta que, enmarcado en una oquedad, vi un crucifijo de madera en un muro.

Era la salida de la misa de las nueve de la iglesia de Sant Antoni de Pàdua. Los fotogramas con matrimonios maduros y sus hijos adolescentes, con parejas recientes y sus bebés, con esposos ancianos que sólo se abrazan cuando están en público, con amigas del instituto de melena oxigenada, con criadas sudamericanas que aprovechaban el final de su jornada en los duplex enormes de los señoritos para rezarle al buen Dios que las trajo acá... se proyectaron ante mis ojos.

Cuando Pilar Miró dirigía Televisión Española emitían cine de calidad en la sala de estar de los hogares, organizado en ciclos coherentes. Incluso se atrevían con las antiguallas del cine precursor en blanco y negro y sin sonido. Recuerdo la curiosidad antropológica de La salida de la misa de doce en la iglesia del Pilar de Zaragoza (filmada un 11 de octubre de 1896 por Eduardo Jimeno, con sus 651 fotogramas). Este domingo se repitió ante mis ojos, ahora en color y dialogada.

Poco ha cambiado en esos ciento diez años que separan ambas salidas. Creía que la asistencia a misa era un acto trasnochado. Pero comprobé que en los barrios altos no es así, y sigue tratándose de una costumbre marcada en las agendas o en los calendarios de pared. Sus habitantes tienen motivos para adorar a ese ser supremo que les permite vivir en unos apartamentos de doscientos metros cuadrados que requieren la visita periódica del diseñador de interiores, del portero uniformado en el vestíbulo y de acomodadores que les ayuden a encontrar con linterna el sofá frente al fantástico televisor de plasma.

De pequeño creía en Dios. La señora Sofía era la responsable de la catequesis en nuestro barrio de la tierra de la niebla, aunque ella no es muy católica. Nos hacía sentar entorno a la mesa de fórmica de la cocina para pedirnos que dibujáramos a las divinidades, tras contarnos cuentos de la Biblia. Uno trazaba un pollo con las alas extendidas y afirmaba que era un ángel anunciador. Otro pintaba un beattle con pantalón acampanado y aseguraba que era Jesús. El más inocente hacía una casita con chimenea manteniendo que era la casa del Señor. A mí me gustaba pintar con el color verde.

Nos bastó para superar el trámite de la comunión disfrazados de capitanitos con galones en las hombreras o de novias precoces. Poco a poco, sin darme cuenta de ello, fui alejándome de esas creencias religiosas. Ahora que lo analizo, encuentro varios motivos:

Uno. Por más que rezaba, la pequeña Mónica no me hacía caso.

Dos. Un hermano de La Salle nos castigaba con el peculiar método de compaginar los azotes en el trasero con masajes y apretones en esa zona. Hoy sería denunciable.

Tres. No quería ser monaguillo, pero me obligaron. Era demasiado bajito para llevar esa alargada túnica blanca. Un domingo, en misa de doce, atrapé con mi zapato la parte baja del faldón subiendo las escaleras después del repartimiento de las hostias y recibí la última. La abarrotada platea se partió de risa.

Cuatro. Tuve un profesor de filosofía en el instituto, ex religioso, que me enseñó otras maneras de entender el mundo. Su nombre es Ignasi Culleré y le doy las gracias, a destiempo.

Cinco. La persona más bondadosa que conocí jamás es atea. Se llama Peret, como el cantante. Combatió en guerras y, seguramente, acabó con alguna vida enemiga. Pero su filosofia vital me apasiona desde pequeño: inventa trucos de magia y filma amaneceres de flores para su hija disminuida psíquica. A ella ha dedicado su vida que ya se acaba. También, y especialmente, merci beaucoup.

Me considero ateo. Pero no me importa declarar que visito algunas veces la capilla del Sant Crist de Lepant, en la catedral de Barcelona. Es una talla de madera que portaba la nave capitana en la batalla de Lepanto (1571). Cuentan que ante el avance de un proyectil turco se ladeó, milagrosamente, para esquivarlo. Ahora es la de mayor culto en la ciudad. Los más necesitados afirman que si le pides un deseo factible te lo concede.

Le he pedido un piso en el Turó Parc repetidas veces. (Me mantengo en espera.) A cambio le prometo asistir semanalmente a misa en la iglesia de Sant Antoni de Pàdua, y arrugar la nariz ante los descreídos peatones con perro que encuentre a la salida.

El hombre del saco

Lo mejor que puede sucederte -extraviado entre la niebla de mi tierra- es toparte con el hombre del saco. Ver su tez morena incluso en invierno, su barba mal afeitada, su mirada de lobo, su alma chapada, su cuerpo acorazado ante las inclemencias del campo después de mil de años de sufrirlas, sus brazos como ramas de nogal. Escuchar sus blasfemias -una tras otra- mientras te devuelve a la civilización, montado en la palma de su mano (como si fueras un soldado de infantería de plomo o una bailarina en tutú) mientras camina una legua por hora. Te depositará en el suelo, tras salvarte, y regresará a paso ligero a ese territorio agreste de diez kilómetros cuadrados en los que siempre ha transcurrido su vida y de los que nunca ha salido; salvo para comprar queso y coñac económicos en tierras andorranas con el tenista al volante.

Debe rondar los ochenta años, aunque no los aparenta con un saco de treinta kilogramos a la espalda y al galope por los caminos embarrados. Sólo utiliza sus piernas como medio de transporte para rondar de una población a otra (de las cinco o seis que conforman su universo vital). Se ríe sin curvar los labios, hacia dentro, cuando se hace gracia a sí mismo con alguno de sus continuos comentarios socarrones. Tiene un punto del autismo francés de monsieur Hulot tamizado con el populismo sureño de Paco Martínez Soria (podría parecer una receta de Ferran Adrià). Me une a él que comemos parecido: nada de dulces, todo a la plancha/brasa, ensaladas/verduras e infinidad de frutos secos. Que de pequeño me enseñó a cortar leña, a alimentar a un cochino o a podar un manzano. También que amamos esas tierras tremendas en invierno y en verano. Son las nuestras y no poseemos ninguna más.

Estuvo casado con una pianista (que alcanzó una alcadía en una aldea de la tierra de la niebla) hasta que ella murió hace un par de años tras una tarde de trabajo entre los frutales. Fue uno de esos matrimonios amañados de antaño. Pero funció como el mecanismo de un reloj suizo. Él hacía parir los campos, y ella llevaba las cuentas mientras concebía a dos hijos y leía.

Ahora el hombre del saco sigue cuidando las hectáreas, y las cuentas van por libre. Últimamente, ha plantado cinco hileras de preciosos olivos que ya alcanzan el metro y medio y comienzan a dar frutos. El sábado pasado eran lo único vivo entre las tonalidades grises y ocres de la sierra. Mis padres me comunicaron que comeríamos temprano porque querían ir a ayudarle en la recolección de las primeras aceitunas. Nunca he realizado esa labor y me apetece el campo desde siempre, así que levanté el dedo para pedir permiso e ir a trabajar con ellos.

En medio de la niebla, aprendí que los estorninos siempre se llevan las aceitunas de tres en tres: una en el pico y dos en las patas; que hay que extender unas redes llamadas borrassas para pescar en ellas las olivas, desprendiéndolas con las manos desde las ramas (como en una masturbación unidireccional); que se deben arrastrar las mallas de un árbol a otro hasta que la cantidad de frutos sea suficiente para llenar un saco. Que cada talego cuesta dieciséis euros y que cinco personas tardábamos media hora en reunirlo. Porca miseria.

En la tierra de la niebla sigue funcionando el sistema fenicio del intercambio y el sistema universal de la amistad. Por eso trabajamos gratis en la tarde del sábado. Otros días, él nos regala hortalizas de su huerto o frutas o bolsas de caracoles o chistes.

El hombre del saco iba bien abrigado, incluso con gorra -como su hijo. Pero prefiere la ligereza en el vestuario siempre que sea posible. De mediados de febrero a principios del mes de octubre va desnudo de cintura para arriba. Y sólo se cubre, por pudor, antes de entrar en un pueblo.

Hace una semana, en domingo, buscaba en La Rambla un periódico donde entrevistaban a una locutora de radio que sigo con fidelidad. En medio del boulevard vi a un hombre completamente desnudo. Había oído hablar de él, pero no imaginaba que fuera tan viejo, tan decrépito, tan tatuado, tan lastimoso. Seguramente no aguantaría el peso de un saco a sus espaldas. Allí estaba con su trompa de Shin-Chan, pidiendo que le observaran, que hubiera flashes, que los turistas se giraran a admirarle.

A ciento cincuenta kilómetros de distancia, el hombre del saco sería incapaz de mostrar su cuerpo a ningún ser vivo que no fuera una mata de maíz o una liebre saltarina. Me acordé de él y pasé de largo ante el exhibicionista, camino del Saló Nàutic de Barcelona cuyos yates dejaré de comprar para invertir en ruinosos olivos cuando me toque la lotería.

Mil lugares

Llevo la tierra de la niebla impresa en mi carácter, su acento surge de mi garganta cuando alguien me pregunta por una calle, me alimento con sus productos importados, sueño con sus edificios medievales. Cuando me refiero a mi hogar mi mente viaja a ella, aunque tengo desde hace años un apartamento alquilado en Barcelona.

Quiero a la tierra de la niebla, aunque le soy infiel con esta metrópolis que me excita con sus caderas latinas. Si alguna vez has pisado la minúscula plaza de Sant Gaietà (Sarrià), el recóndito parque en el ático del Museu Marítim de les Drassanes (Ciutat Vella) o la nostálgica calle Torrijos (Gràcia) sabrás a qué me refiero.

Ayer hablé con alguien que lleva más años que yo residiendo entre los palmerales y al borde del lago de este oasis mediterráneo. Me sorprendió que planificara un viaje a su tierra del sur para este fin de semana, justo cuando Barcelona se pone guapa por las fiestas de la Mercè, con conciertos indispensables en cualquier rincón de la ciudad. Pero, allí viven sus gatos forasteros y sus recuerdos; y Barcelona sólo es para ella un lugar de trabajo, de salas de cine y restaurantes. Siento que no sea nada más en su vida, que no conozca este territorio que la acoge; pero me conmueve su fidelidad hacia su verdadera patria.

Este atardecer estoy en la plaza Catalunya para conseguir un programa de actos de las fiestas en el punto de información turística. La mujer uniformada de azafata me lo entrega gratuitamente y sin gran entusiasmo. Después paseo por La Rambla entre ciudadanos de mil distintas tierras del sol o de la niebla o de la lluvia o del sur o norteñas... impresas en su carácter, en su acento, en su alimentación, en sus edificios antiguos olvidados atrás en su viaje por turismo. Compro un periódico extranjero para ponerlo bajo mi brazo, como hacen ellos. No soy rubio para el Súddeutsche Zeitung, ni altivo para el France Soir, ni elegante para el The Economist. Opto por el Diari d'Andorra. Lo adquiero este jueves, por segunda vez desde que Mercedes publicara un magnífico artículo sobre México la semana pasada en sus páginas. En información internacional abren con España o Francia, invariablemente. Y sus páginas de televisión se estrenan con Andorra Televisió, saltan a Arte, luego a TV3 y al Canal 33, BBC World... Y la RTP portuguesa adelanta a Antena 3 o a Telecinco en el ránking. El diario está completamente escrito en catalán, ese raro idioma que nos empeñamos en hablar con la extravagante excusa de que es la lengua con la que nos dirigimos a nuestras madres, desde siempre.

Los anuncios de Pyrénées, La Casa del Formatge o del Centre Comercial Sant Julià me retornan a los viajes estivales de cuando era niño en el coche familiar, en busca de azúcar, leche y coñac a precios económicos. Después de las compras, comíamos un plato combinado en una terraza de Andorra la Vella, junto al río Valira, y regresábamos a casa -a mi hogar eterno-, deslizándonos como en trineo por las montañas en dirección al valle. Eran nuestras vacaciones de entonces, complementadas con la estancia en la torre del abuelo materno, rodeada de manzanos.

Algunos veranos también visitábamos Barcelona, y era tanta la aventura para la señora Hayden y para mí (ambos menores de diez años) como volar a Nueva York para los niños actuales. Pernoctábamos en una pensión de la calle Canuda, y nuestros padres nos dejaban al cuidado de la propietaria mientras asistían a las representaciones picantes de El Molino. Nos hacíamos los dormidos, para levantarnos al instante de cerrar ella la puerta de nuestra habitación y correr al balcón. Desde allí apuntábamos a las cabezas de los paseantes con nuestra botella de plástico flexible, y los poníamos perdidos de agua de colonia. En la tierra del sol, en aquellos tiempos -y todavía ahora-, sólo era posible rociar a algún gato vagabundo desde la balconada; y la novedad del tráfico de tantas personas por la acera nos mantenía desvelados hasta muy tarde.

Estoy cerca de la calle Canuda esta noche. La pensión no existe desde hace años, pero mis recuerdos siguen dando vueltas como una peonza en la sombra fresca de su portal. Me siento turista en la ciudad con el periódico extranjero bajo el brazo. No tengo ganas de regresar a mi piso. Preferiría tomar una habitación de hotel en la zona turística. Leer un rato el Diari d'Andorra sobre la cama con sábanas limpias, buscando información sobre su famoso autobús en forma de vaca: el vacabús. Quisiera llamar desde la habitación a mi padre para decirle que estoy hospedado cerca de la calle Canuda, y pedirle que me lleve un día a Andorra. Me encantaría telefonear después a la señora Hayden para preguntarle si tiene una botella de plástico repleta de perfume y rogarle que viniera hasta aquí para recordar viejos tiempos disparando su contenido sobre los peatones despistados.

Fondo de armario

Según el calendario permanecemos en verano, y me comporto consecuentemente. Me extrañó que no estuviera el cobrador en la puerta de las piscinas municipales de la tierra de la niebla, que hubieran quitado el tapón del desagüe de las balsas, que en la grama sólo permaneciera extendida mi toalla, que dispusiera de una hectárea completa de instalaciones recreativas sólo para mí.

Al menos, las duchas funcionaban y apenas había moscas. Abrí la novela Middlesex por el punto de libro que es un billete de tren. Entonces, Cal Stephanides me contó: "Invité a Julie Kikuchi a pasar el fin de semana fuera. En Pomerania. La idea era ir en coche a Usedom, una isla del Báltico, y alojarnos en un antiguo centro turístico que gozó de la estima de Guillermo II. Insistí en poner de relieve que tendríamos habitaciones separadas. Como era fin de semana, traté de vestirme con ropa informal. Para mí no es fácil. Me puse un jersey de pelo de camello. de cuello vuelto, chaqueta de tweed y pantalones vaqueros. Con zapatos de Edward Green, de color burdeos y hechos a mano. Este modelo en concreto, llamado Dundee, parece muy de vestir hasta que se ve la suela de goma moldeada. El cuero tiene doble espesor. El Dundee es un zapato concebido para recorrer la finca, para pisotear el barro con corbata y los spaniels detrás. Tuve que esperar meses a que me los entregaran. En la caja decía: Edward Green, maestro zapatero para gente poco común. Eso soy yo, exactamente. Poco común".

No revoloteaban moscas, las duchas funcionaban y nadie me molestaba. Pero, para que la escena fuera ciertamente idílica, me faltaba el jersey de pelo de camello del protagonista de la novela de Jeffrey Eugenides, porque el cielo andaba oscurecido y el viento de poniente me obligó a sacar la toalla de debajo de mi cuerpo, para cubrirme con ella; aunque apenas estábamos en el ecuador de septiembre.

Antes los veranos duraban todo el verano. Ahora se diluyen como la arena de Cayo Sal entre mis dedos, en un visto y no visto.

Las recientes lluvias dejaron embarrados los caminos de la tierra de la niebla; con huellas de tractores de los propietarios de las fincas, huellas de todoterrenos de los encargados, huellas de motos de los capataces, huellas de bicicletas de los peones de piel más oscura que la nuestra. Todos se apuraban para acabar de recolectar las frutas que maduraban en los árboles en este verano efímero.

En cualquier esquina aparecía un hombre negro pedaleando apremiado; en cualquier cruce de caminos había un grupo de magrebís marchando a paso militar junto a los tallos secos de las matas de hinojo; bajo un cielo ensangrentado, con nubes de algodón que pretendían sanarlo. El viento azotaba sus pieles para preguntarles por qué habían salido a campo abierto en camiseta promocional si ya estábamos en septiembre. (Quizás porque no tenían nada más que ponerse.) Sólo descubrieron que el verano era cosa del pasado cuando sus jefes dieron las órdenes del día ataviados con botas de suela de goma, pantalones gruesos de algodón y chaquetas acolchadas. Los manzanos estaban húmedos de rocío y lluvia, las ramas salpicaban los cuerpos estivales al paso del tractor, el suelo metálico era resbaladizo bajo el fango acumulado en unas frágiles alpargatas rebozadas con fango.

La señora Sofía preparó una montaña con mi ropa vieja para entregarla a los africanos que están empleados en la finca de sus amigos, y sólo pude pactar el rescate de una camisa y dos t-shirts aduciendo que eran antiguos obsequios y que no se podían regalar. Ambos somos absolutamente contrarios a la presencia de inmigrantes masivos en nuestras vidas; pero ella tiene ese instinto maternal innato que le impide comportarse mal con un ser humano. Y yo no he sido nunca madre (aunque, este fin de semana contemplé algo que llevaba años sin ver: unos caracoles -sin orden geométrico- depositaban su legado en agujeros bajo la bóveda gris. Los huevos transparentes -algo tan delicado- quedaron a media intemperie, con vida dentro, y los fui esquivando con mis botas como en un juego acrobático.)

Regresé a la metrópolis en el tren del sur. Su paso transcurre primero entre llanos de fruta dulce y viñas; después junto a montes de escasa envergadura y, finalmente, se precipita en un camino paralelo al mar. Buscaba un último guiño de este verano fugaz. No lo encontré en las persianas clausuradas de los apartamentos de temporada, ni en las calles solitarias de sus municipios. En las playas (entre páramos agrestes con tallos azotados por el viento) quedaban únicamente viejos pescadores de caña y nostálgicos paseantes con gorrita, pantalón corto sobre la rodilla, jersey de manga larga y mochila. Los chiringuitos cerrados en las ensenadas lucharían contra el salitre hasta el verano siguiente.

Sólo en un golf de nueve hoyos descubrí algo parecido a la felicidad estival eterna. Los deportistas medían la distancia del put ataviados de verano: polo Lacoste, pantaloncito claro, calzado Footjoy en blanco y negro y paraguas Callaway por si llovía en ese día hermafrodita. Les seguían los caddies abrigados de otoño. Todo lo contrario que en la tierra del sol: los ricos con vestimenta ligera y los humildes bien tapados. No se lo contaré a la señora Sofía, no vaya a ser que les envíe lo poco que queda de mi ropa otoñal a esos deportistas domingueros que extravían pelotas compactas en el Mediterráneo.

El mar se alejaba, y el tren acometía la entrada en la gran Barcelona. Entre mis dedos se diluía mi verano y sus recuerdos: alegres y amargos: la doble "a". Con el frío deberé buscar acomodo en lugares a cubierto, en lugar de pasear, ejercer de foca en una piscina municipal o vagabundear por una playa. Quizás vuelva a asistir al cine. Espero que sigan permitiendo fumar en las salas, como sucedía antaño.

El resorte

El señor Gris ha engordado un kilo, apoya de nuevo la pata enferma en el suelo y tiene la suficiente fuerza como para frenarse ante la puerta de la clínica veterinaria del hombre que cuida animales en la tierra de la niebla (recuerda, sin duda, las enormes inyecciones que le suministra periódicamente). Levantándole a peso, le pregunté a su nueva ayudante si estaba ocupado mi viejo amigo. La walkiria me pidió que siguiera sus contorneantes caderas hasta el despacho de la báscula de peso, de las estanterías con anticoagulantes y antisépticos, de los cajones con jeringuillas, del fregadero con restos de sangre, de la orla universitaria donde el veterinario todavía peinaba ese cabello castaño que ha ido borrándose en las posteriores fotografías desde la etapa universitaria en que compartimos piso durante cinco años.

Le sorprendió la mejora que ha experimentado el señor Gris en las últimas semanas: la reducción en la inflamación de su pierna, la suficiencia en el andar, su excelente estado de ánimo. Recomendó un refuerzo al tratamiento farmacéutico actual, en forma de nuevas píldoras, para engrosar los tendones de la articulación dañada (quizás así obtendrá una mejor calidad de vida en los meses -quizás años- que le quedan por delante). Nos sedujo dialogar un rato de temas pendientes; por ejemplo, que anda en conversaciones con una mujer de las tierras interiores. Imagino que leyó en mis ojos que me alegraba de veras. Siempre hemos dispuesto de mecanismos de comunicación silenciosos (miradas, palmadas en la espalda, muecas cóncavas o convexas en los labios...) que nos han permitido trasladarnos emociones sin hablar de ellas, comprendernos sin darnos explicaciones. Por algo somos cangrejos y tímidos y afectivos (en su caso, también es efectivo).

Regresé a la granja de los caballos esperanzado, con nuevas medicinas en la mochila para el señor Gris. El sargento Hayden intentaba conectar su nuevo juguete tecnológico de captar imágenes -fijas o en movimiento- en el aparato de televisión del comedor. Enfocó mi lugar en la mesa, lo puso en marcha y funcionó. La familia disfrutó de un inmejorable almuerzo, contemplando en la pantalla -a tamaño amplificado- cómo engullía caracoles o roía costillas de cordero o me salpicaba el morro con salsa allioli o hurgaba entre mis muelas con el dedo índice o le exigía un alehop al perro payaso para que tragara las sobras y ganara otros gramos de peso.

El primero en acabar de comer es siempre mi sobrino. Su estómago todavía es de tamaño reducido y asimila alimentos cuando le viene en gana. La segunda es la señora Sofía (a pesar de que se levanta varias veces para ejercer de anfitriona con su carácter servicial). El tercero soy yo porque no me apetecen las comidas copiosas y jamás tomo postre. Entonces el pequeño Hayden va a jugar con su abuela o con quien esté disponible en ese momento. (Conmigo, por ejemplo, si no hay nadie más.) Este domingo me tocó encaramarle sobre mis piernas. Antes expropió la cadena de la cortina del pasillo; y ahora se empeñaba en introducir una arandela en la primera falange de mi dedo índice de la mano derecha, luego en la segunda y -apretando- en la tercera. Me cogió desprevenido, charlando con alguien en la mesa, cuando tiró fuerte de la sujeción. Sentí un dolor inesperado y, al insistir en no soltar mi encadenamiento, liberó un pequeño resorte que llevaba años inactivo en mi interior: el de la violencia con los débiles. Le pegué una sonora bofetada.

A veces le doy un azote en el culo o una colleja. Sé que lo va a comprender y que va a llorar de mentira para que le mimen. Deduzco que vendrá de nuevo a jugar conmigo con el elefante que emite sonidos. Pero este domingo salió de paseo ese animal agresivo que comparte mi vida. Tras la bofetada, el pequeño Hayden se sentó asustado en el suelo y no lloró. Entonces entendí que mi reacción instintiva no había pasado por el filtro de la razón y me asusté de mí mismo. Por eso, y porque todos me observaban (incluso la cámara televisiva que había captado el momento, sin grabarlo), les mostré mi herida en el dedo (epidérmica y a nivel interior), y no se acabó el silencio.

El pequeño se levantó del suelo, solidario con mi infortunio, y cabalgó sobre mis piernas de nuevo, hasta que la señora Hayden le apartó de mí.

En mi infancia recibí muchas bofetadas (todas razonables, analizadas con el paso del tiempo, aunque entonces me dolieran). La mayoría provenían de las manos alargadas de mi madre. El resto, prácticamente, de Fermín Mas (un hermano de La Salle, con cuya congregación tuve los primeros tratos en materia educativa). Analizándolo con perspectiva, me resulta curioso: ambos me pegaron repetidamente, pero también me hicieron descubrir el mundo de las palabras. La señora Sofía me enseñó a leer y a escribir a los cuatro años, y Fermín me enseñó a relatar a los doce. Ahora les asocio con el mundo de la lengua escrita, y no con los castigos corporales.

No recuerdo golpes de mi padre, ni de ninguno de mis muchos tíos, aunque sin duda les di pie para ello (y quizás lo hicieran). ¿Tuvieron más paciencia conmigo que la mía con el pequeño Hayden, o no mostraron interés alguno en entretenerse con un niño?

Me encanta jugar con mi sobrino al escondite, o mostrarle secretos en la casa o en campo abierto, o contarle historias de osos polares que le hagan soñar. Pero le entusiasma ser un gamberro y mostrarse salvaje y libre. Y no tengo ningún interés en que me rompa un dedo índice con la cadena de una cortina (es uno de los dos que utilizo para escribir, porque me manejo exclusivamente con los índices ante el teclado). Tampoco en volverle a pegar. Me gustaría involucrarme en su educación y jugar a los premios y a los castigos. Pero no me corresponde. Así que les dejaré la responsabilidad a los Hayden; y ya veré si me apetece seguir ejerciendo de tío o esperaré a reencontrarme con él cuando esté habituado a esta forma nuestra de entender la vida, dentro de unos años, cuando ese animal feroz que habita en mi interior se haya largado definitivamente a hacer puñetas.

El mapa de la piel

La semana anterior, en viernes, hacía calor en la sala de entregas de la oficina de correos de Gran de Gràcia. Esperando mi turno, unas gotas de sudor trazaron torrentes incómodos en la piel lechosa de mi frente.

El paquete procedía de Madrid y el remitente era ininteligible, por lo que supe que era un envío de Ilse. Desde hace meses, permanece empeñada en alejarme de mi condición de persona silvestre, para adentrarme en un ambiente cultural por el que apenas comienzo a dar pequeños pasos palpando las paredes de esa habitación oscura y desconocida en la que suena California de su amado -me convenciste desde el primer momento: nuestro amado- Rufus Waingright.

En abril me recomendó que leyera Middlesex de Jeffrey Eugenides. Husmeé en las kilométricas estanterías de una librería del centro, hasta topar con una voluminosa novela de casi setecientas páginas, cuya sinopsis en la contraportada era: "Cal Stephanides decide contar su historia, revelar su secreto. Porque Cal ha vivido como mujer y como hombre". Obviamente, no la adquirí. Le conté los dos motivos: tamaño y temática. Nunca he sido un gran lector; como mucho: prensa deportiva, alguna novelita de cowboys escrita por Holly Martins o las policíacas de Jim Thomson. Todo libro que sobrepase el centenar y medio de páginas decanta la balanza entre mi interés y mi desinterés del segundo lado.

El paquete postal contenía unas hojas manuscritas (que, con los años, conseguiré descifrar con completa seguridad) y un ejemplar de Middlesex acompañado de una nota -esta vez bien caligrafiada: "Cuando regrese de NY quiero un comentario de texto completo por email, alma de cántaro".

Recibí su correo justo dos horas antes de que ella tomara un avión a Nueva York, y cinco antes de que yo subiera al tren de las siete menos diez en dirección a la tierra de la niebla. Comencé a leer, mientras el convoy me conducía con su orgasmo interminable a mi verdadero hogar. "Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974". Ya no pude dejar de cansar mi vista con la novela hasta las tres de la madrugada. Me detuve, a desgana, porque a las siete debía levantarme.

Desayuné zumo de naranja, pan con tomate y embutidos y café con leche sin azúcar; mientras el señor Gris me vigilaba con su patita vendada, y agradecía los regalos que le llovían accidentalmente del plato. A esas horas el punto de libro marcaba la página setenta de la novela, Ilse estaba a punto de acostarse por primera vez en Nueva York, y yo me dirigía a una plataforma hidráulica para recoger peras.

Pasé el día con africanos de Mali que me contaron sus periplos vitales, mientras sonaban los cuarenta principales en la radio del extraño vehículo. El propietario de la explotación agrícola también me requirió a su lado en la parte más alta de la plataforma, la más peligrosa. Le gusta charlar y reír. Sólo nos vemos en agosto o septiembre, y escasos días; así que nos contamos las estaciones frías el uno al otro, mientras la carreta avanza cortando el ambiente denso de agosto entre las filas de frutales. Los árboles tienen ramas espesas que dibujan tatuajes polinesios en mi piel cada verano. También están cubiertos de capas de polvo que convierten mi epidermis en negra y la de los africanos en blanca.

A mediodía vinieron a recogerme los Hayden. El pequeño me preguntó si me había peleado con un gato al ver los caminos sangrientos en mis antebrazos. Los recorrió con sus deditos, con ternura, y me preguntó si podía curarme con alcohol etílico.

Permanecí dos jornadas en la plantación, y el sol tuvo tiempo de trazar su rastro moreno en el mapa de mi cara. Desde entonces estoy sin afeitar. Oscuro y sucio. Me asemejo a los habitantes -que tanto me disgustan- de determinadas zonas geográficas: los países árabes, la zona balcánica y Asia Menor, la imaginaria patria de los gitanos... Mi antipatía hacia ellos no se cimienta en el color y textura de su piel, sino en su carácter soberbio -aunque soy consciente de que es malo generalizar. (Ahora que pienso en ello... ¿De qué color son las mujeres madrileñas que mandan propuestas culturales por correo certificado?)

Preferiría parecerme a Cal Stephanides en Middlesex: "Cuando me vuelvo a mirar en un escaparate esto es lo que veo: un hombre de cuarenta y un años de pelo ondulado, más bien largo, fino bigote y perilla. Una especie de mosquetero moderno". Pero ahora soy un policía mejicano de fronteras.

El lunes regresé a Barcelona. A medianoche se empeñó en llover a cántaros. Expuse mis brazos a la lluvia para que sanaran las cicatrices, y torrentes de agua se precipitaron sobre el mapa de mi piel. Recordé el mensaje de telefonía móvil de Ilse desde Nueva York, recibido un cuarto de hora antes, y la imaginé en un paisaje soleado de media tarde: "¡Dios! ¡Estoy viviendo uno de los momentos más felices de mi vida! Estoy en Bryant Park, rodeada de neoyorquinos y esperando que comience un concierto de música de películas. Hay una reverenda a mi lado y gente que se trae la colcha y se monta el picnic. ¡Precioso!".

Nueva York siempre ha sido una bacteria que ha vivido latente -sin manifestarse- en su piel, hasta que ha despertado ahora para enfermarla de amor por esa metrópolis; igual que las tierras llanas del oeste catalán me enferman a mí. (Ahora que pienso en ello... ¿De qué color son los norteamericanos?)

Cuentos de verano

Las mejores escenas estivales están filmadas en Novecento de Bernardo Bertolucci. Sterling Hayden interpreta a un jornalero que sucumbe agotado por la vida en un campo de trigo de Emilia-Romaña; mientras su patrón, dibujado por Burt Lancaster, le suplica a una adolescente que le ordeñe en los establos para descubrir que su vejez es irreversible.

Las segundas aparecen en Cuento de verano de Eric Rohmer, el mayor cineasta vivo a la hora de describir sensaciones. La película narra el veraneo que me gustaría haber vivido hace tiempo: un joven estudiante de matemáticas viaja a la Bretaña ensimismado en sus cálculos mentales, en sus paseos silenciosos por la playa, mientras tres muchachas se pelean por aquel hombre sin encanto.

Las terceras hay que buscarlas en la tierra de la niebla.

Adoro el mes de agosto. En la niñez, el calor rebotaba contra los muros gruesos de la torre de mi abuelo materno, mientras dormíamos la siesta en la penumbra fresca y los grillos andaban con diálogos fuera del recinto.

Se llegaba a la casa, rodeada por un ejército de mil manzanos en formación, recorriendo un camino de tierra desde la carretera. En su margen izquierdo reposaba el esqueleto oxidado del camión de un feriante al que se le ocurrió, años atrás, estrellarse junto a la plantación. Su panza estaba repleta de coches de tiovivo; y el viejo Joan sudó media mañana para liberar del amasijo de hierros un par de ellos, ante las exigencias de la señora Hayden y las mías.

Nos pasamos aquel verano, y los siguientes, haciendo carreras inútiles con aquellos trastos pesados que no se movían ni un milímetro de su posición inicial; acompañando a la señora Sofía a pescar cangrejos de río; enfermando de la barriga de tanto engullir palosantos. El agua fresca de un pozo era subida a cubo y correa para refrescar nuestros cuerpos infantiles después de cada jornada emocionante. Muchas de ellas afloran en las sobremesas actuales, en forma de nostalgia.

Mi abuelo no se cansó de desear un hijo varón que le substituyera al frente de la finca; pero su pobre esposa parió seis veces y siempre les pusieron nombres de mujer. La última fue mi madre; al salir apagó la luz en aquel vientre extenuado. La abuela murió cuando yo tenía apenas tres años; aunque conservo imágenes fugaces de su rostro ancho sonriéndome en una cama. Él aguantó diez años más trabajando solo en aquel territorio vital calculado en hectáreas; hasta que le venció el agotamiento y depositó los recuerdos, los manzanos, el árbol de los palosantos, el pozo y los coches del tiovivo bajo un cartel de "En venta", para dejarse encarcelar en un pisito de la ciudad que le consumió en poco tiempo. Enfermó en invierno. Una noche de mi adolescencia en que me tocaba cuidarle, giró levemente el cuello y se dispuso a soñar el sueño eterno en aquella habitación oscura de la calle mayor.

Ahora, mis veranos son sinónimos de disputar partidos con el tenista, de nadar en el agua fresca de las piscinas municipales y de trabajar cuatro o cinco días en el campo, para recordar los orígenes. Me monto en plataformas hidráulicas que circulan a cámara lenta entre filas de manzanos, con una decena de subsaharianos de nombres sonoros como Gbesé, mientras escucho sus historias africanas que entrarán a formar parte de mis recuerdos ajenos.

Todavía no he resuelto el resto de las vacaciones. Hay propuestas atractivas para ocupar casas en la vieja Europa o en el centro de la península, siempre con la prohibición de decorar sus muros con pintadas reivindicativas. Seguramente permaneceré en la metrópolis para cerrar una de esas carpetas con temas pendientes que todos guardamos en un cajón.

No estaré solo. El hombre sin suerte se quedará el mes de agosto sufriendo la humedad de la ciudad y exigirá que le convide a las fiestas del barrio, o me arrastrará al Universal para puntuar a las mujeres noctámbulas.

Tampoco tendrá vacaciones Paloma: cada tarde subirá a escena con el coro de las putas, mientras maldice los retrasos ferroviarios y a las personas que tienen ganas de pasear acompañadas dos horas en la madrugada.

A pesar de su rodilla recién operada, la princesita brincará escaleras arriba como una gata en busca de su terrado de zinc caliente, para reunirse allí con sus nuevos amigos de sesenta y cinco años y regalarles dulces y risas en los atardeceres.

Mercedes permanecerá en su valle de las montañas, cuidando de su bebé gordito que hace callar a los perros que ladran con un te-te-teee; mientras sueña de manera irreal en que su equipito de fútbol derrotará al campeón por muchos años.

Otras personas volarán para alejarse del Turó Parc, sin solidarizarse con los que nos quedamos cuidando de los recintos de invierno. Espero postales del norte de Francia, Nueva York, Bruselas, Euskadi... Leeré sus palabras en voz alta para que el señor Gris gruña con exageración en cada pausa por el cambio de parágrafo. No le gusta el silencio al perro payaso. Cualquier día aparecerá un enano para decirle cuatro te-tés y se va a esconder debajo de la cama.

Reencarnación

El sábado fue mi cumpleaños, y el señor Gris no tuvo inconveniente en robarme todo el protagonismo con su patita trasera renqueante.

El pequeño Hayden compartió con él su plato de tallarines salteados con mantequilla y bacon, a pesar de que se guardan celos. La señora Sofía untó media baguette en el fondo de la cazuela del redondo de ternera, para lanzarla a sus fauces bocado a bocado, aunque siempre andan a la greña como dos cotorras por el patio. El tenista le llevó de paseo en su automóvil hasta la sierra, si bien le tenía prohibida la entrada desde que se comió parte de un reposacabezas en un descuido. Los señores Hayden no le mimaron especialmente, porque siempre lo hacen.

Me pasé media tarde en la cama, rumiando un lugar especial al que llevar de paseo al pobre cojito. Con él he estado en sitios preciosos. Hemos descendido a bordo de un saco de plástico por laderas heladas del Valle de Bohí, mientras Ana nos fotografiaba y mi hermana y el pistolero apostaban a ver quién tragaba más nieve en la caída. Hemos nadado en una cala rocosa entre Begur y Pals, a escasos metros de los veleros fondeados cuyos ocupantes nos miraban como a focas autóctonas. Hemos tomado prestado el Turó Parc para intentar desarrollar una cierta elegancia británica, sin conseguirlo.

Cuando era un perro enano, le vi aprender a perseguir pelotas de tenis lanzadas por la señora Hayden, en aquel añorado parque de Sant Cugat del Vallès; rebozarse de arena de la playa de la Barceloneta mientras charlábamos con un hombre seguro de sí mismo nacido en el corazón de Bilbao; tener problemas con su culo gordo para subir el escalón de un palmo de altura en el piso de entonces de mi hermana.

Quise buscar un sitio diferente para pasear con el señor Gris en la tarde de mi cumpleaños, y que se almacenara entre los laberintos de caminos que deben residir en su memoria. No era cuestión de viajar a las montañas del norte o a las playas del este. Y en la tierra de la niebla ya teníamos todas las rutas trazadas. Así que le llevé a recorrer el canal, como es rutina.

Le otorgué permiso a todo. Se bañó en la acequia dos veces -lo que más le encanta en la vida-, exigiéndome que le lanzara ramas para perseguirlas a nado contra la corriente. Le permití revolcarse en la grama de un campo de manzanos, para secarse en ella mientras adquiría el aroma de los abonos naturales que tanto entusiasman a la señora Sofía a nuestro regreso. Le conduje sin atar por el camino de las granjas, para que se peleara con todos los perros que guardan las propiedades tras los cercados. Normalmente caminamos como un matrimonio sueco: a distancia y en silencio. Pero nos pasamos el viaje dialogando a nuestra manera con palabras y ladridos, recordándonos para el futuro, buscándonos con la mirada.

Era obligatorio concederle todos los caprichos porque el día anterior, a las ocho de la tarde, le diagnosticaron un cáncer imparable en un fémur.

Aunque corriéramos por los senderos a toda velocidad, brincáramos zanjas, dobláramos tallos de trigo con nuestra carrera... no conseguiríamos despistar a la muerte; es así de maldita atleta. Pronto pasearemos por caminos diferentes y no deberá llevar collar. Siempre me ha parecido que la reencarnación es una fábula esperanzadora. Me apetecería que fuera cierta, y que el azar nos reuniera en una nueva vida. Que él fuera persona y nosotros señores grises, para así devolverle todo lo que nos ha dado en estos años.

Ahora intento aliviarle, porque sabe que le pasa algo extraño. Le susurro al oído, cuando nos separamos por cualquier motivo: "Fins ara mateix maco, i no tinguis por dels petards ni de les tempestes".

Mitos

Muchos telespectadores aplauden la belleza de Núria Solé, la nueva conductora de informativos en la televisión catalana. Nado contracorriente: prefería la mirada melancólica de su antecesora.

El cambio no ha afectado mi vida en exceso, porque los boletines me interesan por las noticias y no por el acto onanista. Resido en el barrio de los actores, y me cruzo con frecuencia en su camino. Aunque siempre ando despistado y los conocidos se ven obligados a alzar su voz para exigirme el saludo, en ocasiones mi mirada se mezcla con la de un personaje popular y la retiro por cortesía a su intimidad. Sólo les contemplo unos instantes si su cromo faltaba en la colección que anda perdida en alguna esquina de mis recuerdos. Así lo hice la última madrugada, a mitad de Rambla de Catalunya, donde Albert Om iluminaba un tramo del paseo con sus dientes fluorescentes, acomodado en una terraza.

Apenas he sido mitómano en mi vida. De niño, habitaba en mis sueños Ingrid Bergman, tras descubrir su rostro anguloso y su sonrisa triste en Encadenados. Creo que fue la culpable de que siempre haya preferido la relación de pareja con mujeres extranjeras. Más tarde, al cerrar los ojos, veía a Jean Seberg peinada de muchacho y con camiseta a rayas blancas y negras en Al final de la escapada. En los primeros noventa, seguía los campeonatos europeos de verano por Kristina Egerszegi, nadadora húngara de 200 metros espalda que consiguió cinco oros olímpicos con sus brazos de mozo de mudanzas. Finalmente, descubrí a Irène Jacob, la actriz de Suresnes que nació el mismo día que yo, aunque aguardó dos años en el vientre materno para parecer más joven. Tras disfrutarla en La doble vida de Verónica y en Rojo, hoy pienso que es el ser más hermoso de mi mundo conocido, y guardo en mi memoria esa fotografía promocional donde aparece frente a un lienzo rojo.

En el nuevo milenio, únicamente me ha enamorado la voz increíble de Rufus Wainwright, cortesía de la chica de las gafas de pasta madrileña. También la de Montse Llussà, en mis tardes de radio. En el programa, su voz elegante es arrollada a menudo por las maleducadas de sus compañeros masculinos; y me provoca la imagen de un peluche en un sex shop.

Hace casi veinte años, en la penumbra de una discoteca, me presentaron a una persona popular en la tierra de la niebla. Allí es más fácil alcanzar el estrellato al tratarse de un territorio poco habitado. Tenía el encanto de la sofisticación y sedujo mi interés. Fue fácil localizarla en ese mismo local, las noches siguientes, por la blancura de sus collares de perlas falsas que brillaban en la oscuridad como una sonrisa de Albert Om. No parecía molesta ante mi discurso rústico, quizás porque era hija de un ganadero; y pronto me pareció cercana. El día previo a su aniversario, busqué su domicilio familiar en el listín telefónico de un bar. Contraté con una floristería el envío de un ramo de rosas rojas.

Intentaba imaginar la mirada sorprendida de la joven ante un regalo anónimo, cuando el recadero llamó a mi puerta a media tarde. En la dirección ofrecida, en las afueras de la ciudad, sólo había una granja de marranos y nadie cuidándolos. Me devolvió el ramo de novio abandonado. Con el tiempo averigüé que la familia había residido en la casa junto a esa porquera, hasta que se mudaron a una vivienda en el casco urbano, quizás por motivos de distinción social o de sensibilidad olfativa.

Antes de que se estropearan, entregué las rosas a mi abuela. Fueron las únicas flores que le regalé en vida. Me confesó emocionada que estaba sorprendida, y me preguntó el por qué del presente. "A les grans vedettes us encanten els obsequis dels vostres seguidors". Dibujó una sonrisa coqueta y se arregló el cabello de las sienes teñido de un color cobrizo, con sus dedos frágiles.

La caja de música

En la época universitaria compartía piso con otros tres tipos. La descompensación hormonal nos exigía comportarnos como machitos, con nuestras botellas de alcohol y las revistas sucias.

Todos hacíamos eso, menos el biólogo. Cada noche, antes de dormirse, abría una caja de música porque le recordaba los latidos de corazón en el vientre materno. Lo manifestaba sin sentir vergüenza. A su espalda, reíamos como locos, poniendo en duda su masculinidad.

Es el único de nosotros que ha tenido hijos. Seguramente les contará, cuando crezcan, que conoció a fantásticas mujeres de Alemania o de Kazakistán, en sus viajes; les abrirá su maquinita musical para que sientan el eco del recuerdo de una abuela que vivió junto a la granja de los caballos, hasta que su corazón dejó de latir; les pedirá que nos saluden en el cruce por las calles de la tierra de la niebla, con amabilidad y sin rencor.

Ha concebido a dos niños guapos, mientras sus masculinos compañeros de vivienda continuamos bebiendo aguardiente en las barras de los locales. Haciéndonos los machitos.

Esta noche, Paloma me ha regalado una caja de música porque se alejará unos meses del Turó Parc para cantar en otro país, y porque pronto cumpliré años.

Es un objeto lindo, con mariquitas adheridas. Si le doy a la manivela, la caja late y la vida es mucho mejor.

Intolerancia

El semáforo frente al restaurante Indochina estaba en rojo para los peatones el miércoles al atardecer. No me perseguía nadie, y el Turó Parc tardaría una hora en cerrar sus portalones. Así que aguardé la luz verde aunque no circulara ningún vehículo, como aprendí en el país del norte.

Una anciana se detuvo a mi lado con un pacífico señor Gris. Me dirigió la palabra para explicarme que se había fijado en mi manera correcta de caminar por la zona derecha de la acera, y felicitarme por mi paciencia antes de cruzar la calzada. "Usted es un hombre de orden -halago que jamás había recibido-, y quedan pocos que sepan comportarse con urbanidad". Tenía una mirada viva de tonalidad grisácea y la voz firme para criticar la agresividad de nuestros conciudadanos, el poco respeto a los mayores, el incumplimiento de las normas de tráfico, la suciedad de las calles, el carácter incivilizado de las nuevas tribus en esta jungla de asfalto.

Procuré ser cordial:

-Su perro también parece un animal de orden; normalmente esta raza es nerviosa.
-Está usted mal informado. Los perros adquieren el carácter de sus dueños, igual que los niños imitan a sus padres.

Según su teoría, la incivilidad de los jóvenes era fruto de la carencia de la figura materna en el ámbito del hogar. "Ahora las mujeres prefieren ocupar puestos de trabajo en las empresas, contratar servicio doméstico y entregar en exclusiva la educación de sus hijos a profesores estresados por el carácter difícil de los alumnos".

También el poder político fallaba, por ineptitud a la hora de aplicar mano dura contra los incorrectos. Ya lo comentaba como tertuliana en la radio de los obispos a principios de los noventa. "Esta ciudad no ha vuelto a ser la misma después de Franco", aseguró a sus setenta y siete años aquella mujer todavía atractiva, que se presentó como Mercedes Llanas en esa noche de miércoles. Me dolía estar de acuerdo con algunas de sus ideas, mientras observaba mi viejo Seiko para constatar que llevábamos una hora mirando alternar en rojo y verde el muñequito del semáforo, allí aparcados en nuestra correspondiente zona derecha de la acera.

Nunca he sabido acabar una conversación cuando ha dejado de apetecerme. Me despedí de ella mil veces, pero siempre armaba una frase para regalar mi nueva condición de ciudadano modélico, del estilo: "Hay pocos jóvenes que se entretengan a hablar con una persona mayor". Llegué al Turó Parc pasadas las diez, con la esperanza irreal de que el cuidador de los jardines se hubiera tropezado con otra señora Mercedes que retardara el cierre de las verjas.

Retorné al hogar, recordando el monólogo del club de la nostalgia que me regaló aquella persona extraña. Encendí el ordenador para imprimir la declaración de la renta. Estaba a punto de salir la hoja inicial del modelo D-100 cuando la corriente eléctrica se marchó de vacaciones. En escasos segundos escuché la primera detonación de un artefacto, luego el sonido de cristales rotos. Desde el balcón, pude ver a unos encapuchados incendiando una barricada de neumáticos en medio de la calle. La columna de humo espesa entró en mis pulmones y en el piso, antes de que alcanzara a cerrar las ventanas; mientras los vecinos intentaban apagar la combustión con cubos de agua y mangueras desde las terrazas.

Los autores eran esos tipos que deambulan desde hace tiempo por el barrio con sus madres atadas con cuerdas, a su mala sombra. El miércoles les fastidió que una orden judicial les obligara a abandonar la antigua fábrica donde organizaban fiestas de pago hasta clarear el día. En pocos minutos, y de manera guerrillera, formaron empalizadas con contenedores de basura, cruzaron coches en la calzada, incendiaron ruedas; para dejarnos su recuerdo eterno. También destrozaron las lunas de las sucursales bancarias en las que sus papás pagarán abogados que les defiendan en los tribunales acusados de vandalismo y desorden público. Después desaparecieron como cobardes, abandonando el caos tras su carrera.

A los treinta minutos apareció un camión de bomberos, para certificar que su trabajo ya estaba hecho. Algo después, acudieron las primeras unidades de la policía municipal. Una señora criticó su tardanza con gritos de gandules, viejos, gordos, cobardes, canallas; y su aspecto físico no podía desmentir alguno de los adjetivos.

Bajé a la calle mientras se ventilaba la vivienda, para cruzarme con los impresionantes antidisturbios de negro, protegidos con corazas y exageradamente armados contra unos delincuentes que hacía rato que contaban sus hazañas en otras casas ocupadas de la ciudad. Había corrillos de vecinos en cualquier esquina, junto a restos de destrucción. Una madre atendía a su pequeño de unos siete años.

-¿Por qué hay tantas luces de policía y bomberos?
-Porque unos chicos no tenían vivienda y entraron en una casa vacía. La limpiaron y la abrieron a toda la gente. Y ahora, les dicen que no pueden quedarse allí más tiempo, y se han enfadado.

Antes de llegar a la metrópolis, era una persona pacífica. En la tierra de la niebla, nos saludamos sin conocernos levantando una mano al cruzarnos en bicicleta por los caminos rurales. Jamás nadie ha formado barricadas en la calle de las librerías, ni ha habido muertes violentas desde la antigua guerra. En Barcelona tuve tres atracos en los primeros años de residencia, y tampoco el hombre del saco respetó el santuario donde residía entonces para largarse con mis objetos.

La última experiencia conflictiva fue hace dos veranos, en las fiestas del barrio. Un tipo con la cabeza rapada lanzó una botella de vídrio contra mi muslo derecho, causándome un hematoma de quince días. Era joven y de escasa consistencia física, así que me atreví a pedirle explicaciones. Me dijo que no le rallara porque no era su padre, y se puso a reír con sus amigos calvos, para despertar con sus carcajadas la bestia que duerme en el interior de todos nosotros. Le agarré por el pescuezo y el cinturón y le estampé violentamente contra una pared. Le hice daño, pero no me dolió. Tuve suerte de que sus compañeros respetaran mi espalda, seguramente confundidos ante alguien que se había cansado de su idiotez. Plantándoles cara, su comedia aburrida se acabaría para siempre; porque ellos son pocos y nosotros no.

Los antidisturbios rondaron por las calles hasta la madrugada. Fumé un cigarrillo en el balcón, espiando la charla de una pareja de mossos d'esquadra en la acera de enfrente. Ella lucía una simpática coleta bajo su gorra de plato, y él era un muchacho espigado. Dibujaban pasitos de Charlot con sus pies, mientras compartían ideas o había divergencias. En voz baja para no despertar a los vecinos desvelados. Parecían más predispuestos al enamoramiento que a guardarnos de los desastres.

El secreto

Incluso en el profundo invierno duermo desnudo. Evito a los vecinos el desagradable striptease diario porque cierro las persianas. Al depositar mi traje de hombre arisco y distante sobre una silla en la noche, mis emociones se reflejan en el espejo de pie, desamparadas porque ninguna persona las conoce, hasta que apago la lámpara en la mesita.

En la tierra de la niebla no es costumbre hablar de sensaciones. La vida en el campo es una cuestión práctica. Discutimos sobre la salud de tía Patricia, el precio del maíz, la mesa del comedor que vamos a cambiar. También de que los manzanos necesitan que llueva. Pero nadie malgasta palabras en describir esa lluvia fina que riega nuestras vidas en forma de sentimientos.

El próximo mes cumpliré cuarenta y dos años de cangrejo aislado. En la comida me interrogarán si he conocido a alguna buena chica últimamente; me aconsejarán que busque un empleo estable en lugar de trabajar por mi cuenta; asegurarán que viviría mejor en la tierra de la niebla que en la metrópolis, más ahora que han aparecido con sus vestidos almidonados muchachas tristes del este de Europa a centenares para trabajar en las plantaciones. "Sin marido", acentuará la señora Sofía. Pero será imposible escuchar de sus labios: "¿Te apetece la vida? ¿Tienes temores? ¿Son interesantes tus recuerdos?"

Por eso he comenzado a escribir, y guardo en secreto estos textos ante la gente que me rodea a diario. No entenderían que me guste desnudar mi interior sin correr las cortinas. ¿De qué sirve? ¿Cuánto te pagan por hacerlo? ¿No van a pensar que eres afeminado? Tampoco me verían reflejado en ellos; ni siquiera la señora Hayden, la más sensible entre nosotros.

Me prepararon para tener hijos a estas alturas de la vida y un piso en propiedad y vacaciones en tours turísticos del estilo Maravillas del Danubio. Pero jamás he tenido la capacidad de ser un hombre práctico; y me resulta emocionante nadar contra corriente, desde siempre y en todo lo que hago.

En la adolescencia era el más alto en esa clase de alumnos poco desarrollados. Mis pies carecían del talento para empujar el balón al fondo de la red, y me trasladé al básquet. Me dedicaba a encestar balones en soledad, mientras los compañeros organizaban extraordinarios partidos de once contra once más allá del cemento de la pista exclusivamente para mí.

Una tarde, por sorpresa, mi padre escapó de su trabajo para asistir a mi clase de deporte. El profesor Núñez tuvo ligeros los reflejos: ordenó a los futbolistas que se desplazaran a la cancha de baloncesto para que no me sintiera ajeno al grupo.

Jamás había disfrutado de tanta compañía al botar la pelota. Gané a todos en el uno contra uno, encestando con frecuencia desde la posición de alero. Mi padre regresó encantado a su labor, seguro de que su hijo era el líder de aquellos chavales desconcertados con una sandía de color naranja entre las manos, sin saber qué hacer con ella. Caía la tarde cuando me acerqué al profesor Núñez, con su barbita entrecortada de doctor House, y le ofrecí las gracias de veras.

En el lugar de ese campo de baloncesto existen ahora tres pistas de tenis. Mi padre me gana fácil en cualquiera de ellas. Una vez al año, como mucho, le derroto yo. Entonces me suplica que no explique el resultado ante la señora Sofía. Teme que ella crea que ha envejecido. Es muy buen tipo, y guarda sentimientos y secretos que nunca conoceremos porque no le gusta escribir.

Jour de fête

El lunes, día del trabajador, estaba convocada una manifestación conmemorativa en el centro de la ciudad, cuyas banderas entreví a bordo del ómnibus 39 camino de la playa.

En los cuerpos sobre la arena faltaba una cierta puesta a punto. La blancura de nuestras carnes, la combinación de calcetines con pantalón corto, los resultados todavía nulos de las diversas dietas que habíamos iniciado los bañistas congregados allí pintaban un cuadro alejado de la líbido.

Me tumbé junto a un matrimonio de avanzada edad, para semejar más joven en la mirada de las paseantes. Parecían unidos de manera eterna; pero cuando la mujer se adormeció en la hamaca, él se levantó y caminó unos pasos para contemplar más de cerca cómo emergían de su baño mediterráneo dos luminosas vikingas con el torso desnudo al sol del 1 de mayo. Eran verdaderamente interesantes como pude deducir en la mandíbula desencajada del anciano, tras cerrar la mía.

Las extranjeras permanecieron jugando con sus pies entre las olas rompientes contra la orilla el rato suficiente como para almacenarse su recuerdo en la memoria del desconocido y en la mía para siempre, al tiempo que la esposa grababa la escena del observador observado con una cámara digital, tras despertar de su ensoñación.

Seguramente serán unas imágenes celebradas por los hijos y los nietos de los turistas cuando regresen a su Argentina natal, país que se adivinaba con facilidad en el acento del hombre alto y distinguido mientras intentaba excusarse ante la cineasta. Sus palabras se acompañaban de exagerados gestos con manos de linotipista. Sin duda lo había sido.

A finales de los ochenta permanecí, por motivos que no vienen al caso, en una amplia sala blanca adjunta a la redacción de un periódico del centro de la ciudad durante meses. Compartía el espacio con decenas de antiguos tipógrafos que habían perdido su trabajo por culpa de la informática e intentaban reciclar su habilidad manual con la linotipia pulsando las teclas de los ordenadores, maldiciendo el progreso. Su oficio se extinguió, como tantos otros en tan poco tiempo.

Recuerdo en la infancia la llegada puntual de aquel hombre que en el mes de mayo sacaba todos los colchones de la granja de los caballos a la galería. Descosía su cubierta y con dos varas de madera provocaba una nevada de copos de algodón ante la mirada atenta de los niños que fuimos la señora Hayden y yo mismo.

Nos faltan muchos oficios artesanos. Se ha substituido la meticulosidad pausada en la labor diaria por la prisa, la agresividad y el ruido de los nuevos trabajos que sólo sirven para fabricar productos que en pocos años aumentarán el tamaño del vertedero. Antes todo duraba o era reparado por gente sabia en su ocupación. Ahora los product managers, los técnicos en telefonía móvil y los repartidores de pizza nos espían desde las esquinas para atropellar nuestras vidas en los pasos de cebra.

Otros oficios tienen sentencia de muerte.

En las vacaciones de mi juventud trabajaba en una finca de la tierra de la niebla. Las manzanas se recogían de manera suave y lenta, sin dañar los rabos de la fruta, ni dejar huellas oscuras en su piel, lo que es imprescindible para su correcta conservación. No sulfataban los frutales con pesticidas, y los recolectores éramos estudiantes en etapa veraniega.

Retorné al lugar el pasado mes de agosto. El trabajo se realizaba a destajo sobre una moderna plataforma hidráulica; las manzanas eran arrancadas sin el menor cuidado; la química reinaba en la plantación. Los trabajadores eran ahora inmigrantes de colores que habían venido para empeorar sus vidas y las nuestras. A pesar del progreso, los beneficios no habían aumentado, y el producto que enviaban a los mercados centrales de las metrópolis era de peor calidad. El hijo del dueño se escapó pocos meses después contratado en una gasolinera (otros campesinos, como el Koala, se dedican hoy al rock rústico). Su padre aguarda el inmediato retiro para marcharse a observar suecas ociosas en las playas del 1 de mayo. Cuando eso suceda, su oficio habrá dado otro paso en el corredor la muerte y la mala hierba invadirá las fincas.

Todavía no estoy tan viejo como para asegurar que lo de antes era mejor, pero hago equilibrios en la frontera. Me alejo de los argentinos para tumbarme en las rocas del espigón y asistir al final del día de los trabajadores. El cielo muestra el rojo de una bandera comunista. Paloma, que tiene un oficio que vivirá por siempre porque es la música, viene algunas veces a este lugar presumida con su bicicleta nueva. Envidio los mares y los cielos que habrá aplaudido desde aquí.

Match

Viajé a la tierra de la niebla con el ánimo positivo. En la granja de los caballos no hay contaminación, ni urgencia con el trabajo; las sábanas no muestran pliegues arrugados y se come de manera excelente sin que los platos aparezcan impresos en una carta junto a precios abusivos.

El sábado, la señora Sofía preparó fideuà y lenguado al horno con gambas y almendras. Antes de sentarme a la mesa tuve la previsión de desabrochar el botón superior de los viejos vaqueros de cuando era joven; es complicado pedir con la razón que te reduzcan la dosis del plato si el paladar exige lo contrario. En cualquier caso, después iría con el perro a recorrer nuestra eterna ruta junto al canal y se borrarían los excesos de mi cintura.

Siempre caminamos cinco kilómetros siguiendo el curso fluvial bajo los plátanos. En verano permito que el perro haga parte del trayecto trotando en las aguas poco profundas mientras le tiro ramas secas para que las devuelva entre sus dientes a tierra firme. En invierno le llevo atado y muestra aspecto de fastidio.

Este sábado íbamos a alcanzar campo abierto cuando, en el camino, nos cruzamos con la hija de los vecinos llamada Thaís. Me reconoció la muchacha. Yo hubiera sido incapaz porque hacía al menos cinco años que no nos veíamos y entonces era una niña. Me exigió una felicitación ya que ese día cumplía diecinueve años. Para demostrarlo, me enseñó el dibujo de una mariposa que sus padres le permitieron tatuarse en la base de la espalda, y sacó de su mochila un sapo de trapo que recibió como obsequio y al que llama Charles en honor al príncipe inglés, lo que me confundió porque los anfibios no tienen orejas.

Thaís estaba risueña y viéndola me gustó recobrar el significado de la palabra vitalidad. La metamorfosis la ha convertido en una joven espigada, de piel fresca y cuerpo de nadadora en una postal de una playa de Brasil. Sólo conserva de esa niñez, que recordaba, su mirada aventurera y su descaro.

En tiempos pasados, existió la confianza entre nosotros a pesar de la diferencia de edad; pero no imaginaba que fuera tanta como para decirme que había engordado. Me preocupé por el retrato de mi anatomía que guardarían sus ojos a partir de ese encuentro casual, mientras la veía alejarse junto a los muros de las otras granjas balanceando el tatuaje que tantos hombres aplaudirán a lo largo de los años futuros.

Noté pesadez en el estómago. Aflojé un agujero en el cinturón. Recordé que en las últimas fotografías tenía algún pliegue de más bajo la barbilla, pero lo vinculé a que agachaba la cabeza en ese preciso momento. En el espejo del cuarto de baño de mi piso no he notado ningún cambio. Claro que me miro cada día al afeitarme y no cada cinco años como la nadadora.

Caminamos los cinco kilómetros a buen paso para reducir calorías, tirando con fuerza de la cadena del señor Gris que no paraba de detenerse a olfatear en la maleza. Hicimos el regreso casi corriendo -lo que sorpredió al animal-, entre los campos de manzanos desnudos como garras de difuntos surgiendo de la tierra.

En la granja, mi padre dormía mirando una película en el televisor. También él mostraba una silueta en mejores condiciones que la mía. Nunca le he visto desnudo, por lo que desconozco si guarda el secreto de un tatuaje en su cuerpo. Subí a mi habitación, vestí la ropa de hacer deporte, agarré la bolsa con las raquetas, regresé a la sala de estar y tosí sin despertarle. Esperé un instante antes de emitir un nuevo ruido con mi garganta. Cuando por fin me miró, le pregunté si quería jugar un partido.

Jamás practicamos ese deporte en invierno. La niebla es persistente, o hay humedad en las pistas que son resbaladizas para sus piernas de más de setenta años. Pero, aunque a la señora Sofía le disgusta que su marido ponga en peligro la integridad de sus rodillas, él nunca dice que no.

Entre otras cosas, le quiero por eso: por no negarse nunca cuando le necesito. En el trayecto en coche no me preguntó a qué se debía mi ansia repentina por perder practicando el tenis, ni hizo ningún comentario referido a mi sobrepeso, ni a mi extraña vida en la ciudad. Me hubiera agradado llevarle a un sitio apartado, como la isla desierta de los cuentos, y decirle, sin vergüenza, que le quiero. Pero nosotros no somos sentimentales. Dirimimos nuestras cosas en las canchas. Ace, net, smash. Siempre me gana el ventajista y no le da dolor.

También en esa tarde de sábado me estaba venciendo. Le faltaba un punto y sacaba yo. Concentré la vista en la bola amarilla contra el cielo plomizo que pronosticaba la noche. Aposté a que si la introducía entre las rayas pintadas de blanco pronto tendría una hija llamada Scout, para que me quisiera de la manera en que yo le quiero a él y permitir que a los diecinueve años se tatuara una mariposa. La bola, como otras veces, fue out. Mi padre se quedó con el punto y la victoria.

Cuando le gano, regreso a la granja de los caballos exigiendo a gritos que no le sirvan comida al vencido. Pero eso sucede uno de cada mil partidos. Las otras veces él no obliga a nada. Con la excusa de la derrota, le dije a mi madre, en broma, que no iba a cenar. Ante mi consternación, guardó en la nevera mi ración de pollo con setas a la cazuela asegurando que así adelgazo.

Tumbado en mi cama, escuché como el insolidario señor Gris astillaba con sus fauces los huesos desnudos de carne en el patio, sin tener en cuenta que el ruido traspasaba las ventanas del dormitorio donde penaba mi recién inagurada dieta. No quise acusarle y sí aguardar a que me visitara el sueño para ver volar la mariposa en el cuerpo de Thaís.

Siberiada

Siempre he sido mal conductor. Lo he intentado con coches, motos, bicicletas y caballos con el mismo resultado: accidentes. Incluso un día de julio, estuve a punto de hundir el velero del hombre sin suerte en los escasos minutos en que me dejó al mando del timón porque necesitaba bajar al camarote para cambiar de calzado.

Por eso soy un paseante que admira a la gente habilidosa con las máquinas que nos transportan. La señora Hayden, por ejemplo.

Este sábado, nos conducía a elevada velocidad por una carretera secundaria en la tierra de la niebla, sin apartar la mirada de las rodadas que otros vehículos precedentes habían dibujado en la nieve. Su rostro nórdico, perfilado en el paisaje llano e invernal de la ventanilla, recordaba al de la agente de policía Marge Gunderson en Fargo. Pero eso no me hacía sentir más seguro en el asiento de atrás, agarrado a la sillita de seguridad del pequeño Hayden y apretando con el pie un freno imaginario.

Con todo, llegamos los últimos de la familia de pilotos extremos al restaurant del castillo perdido en medio de las viñas. Antes de comer, circundamos el edificio, evitando las zonas mojadas. El pequeño Hayden se fijó en un lago, cuyas aguas parecían extraordinariamente negras en contraste con la vasta superficie blanca que lo rodeaba, y en los patos que nadaban en él. Intentó correr hacia ellos, pero el señor Hayden agarró a tiempo la capucha de su chaqueta.

La comida fue abundante, lo que me vino bien (creo que he perdido peso desde que la semana pasada viera a la muchacha triste fumando en la calle con su amigo). Las palabras fluyeron entre nosotros como una sinfonía acompasada porque obviamos temas internos, que suelen conducir a afirmaciones por las que luego hay que pedir disculpas. El vino, producido en las propias bodegas del castillo, no faltó, y aparecieron las bromas más o menos ocurrentes, las risas embriagadas.

Estábamos a gusto. La calefacción y el alcohol habían enrojecido nuestras mejillas y los ventanales de la sala ofrecían la imagen monótona de la nieve en el exterior. Pero eso al pequeño Hayden no le interesaba en absoluto. Saltó de su silla y entró en la cocina del restaurant, regresando en un instante con una bolsa llena de pan reseco. "¿Vamos a dárselo a los patos?", me preguntó.

No se lo pidió a nadie más. Esperé absurdamente a que saliera un voluntario o que una persona responsable dijera que nos resfriaríamos. Pero, tras un tenue silencio, continuaron con sus comentarios chistosos. "Venga tío", dijo con voz de ángel.

La señora Hayden le enfundó el pasamontañas, la chaqueta, la bufanda y los guantes. Miré a mi madre, a la que llamo Sofía por su parecido a la actriz italiana, y extendí mis brazos para que me abrigara, sin obtener resultado.

La diferencia de temperatura entre el interior y el exterior era de unos treinta grados. La distancia entre nosotros, a la sombra del castillo, y el lago de las ánades sería de un centenar de metros de trayecto blanco. Al menos, el grosor de la capa no era importante. Dejamos nuestras huellas, grandes y pequeñas, a nuestra espalda y caminamos apurados hacia los patos, que nos recibieron con gratitud, y las ocas, que lo hicieron con agresividad, mientras el niño enharinaba mi nuca con bolas de nieve.

A ninguno le faltó su dosis de pan duro. El pequeño Hayden aprendió a no tener miedo de los seres emplumados, a entregarles alimento entre sus dedos, a soportar los golpes de pico en la palma de la mano sin resultar herido.

Rodeados de una veintena de grandes aves, recordé aquella imagen de niño en las montañas de las tierras del norte con mi tío. Me llevó a la nieve para descifrar en ella las huellas de los diferentes animales que vivían allí: la del zorro que parecía la de un perro, la del rebeco que era como de una cabra, la de las garzas.

Quizás en esa ocasión, la señora Sofía sí me ayudó a abrigarme porque era un ser indefenso. Ahora, en medio de esa nada, me sentía el protector del pequeño Hayden, aunque en el fondo los dos sólo fuéramos unos simples paseantes que no dominamos otro medio de transporte más allá de nuestras piernas.

Regresamos al castillo, escupiendo nieve a nuestro paso. Por el ambiente, uno podía esperar que se cruzara en nuestro camino el carro de caballos de Zhivago y Lara, saludando con gesto de enamorados a Gretta Conroy que, desde una ventana del torreón, seguía buscando, entre lágrimas, la imagen de su joven amante asesinado por el frío en "Dublineses".

La familia de conductores extremos permanecía animada en la mesa, frente a sus cafés humeantes regados con licor. Colgué la chaqueta y el gorro de lana en un perchero. Las botas no me habían protegido de la humedad. Así que arrastré una silla junto a un radiador. Mis pobres pies comenzaban a entrar en calor cuando el pequeño Hayden salió de la cocina con otra bolsa de pan. Me miró con esos ojos grises a los que no se les puede negar nada.