Mostrando entradas con la etiqueta manzanos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta manzanos. Mostrar todas las entradas

Escenas de Navidad

1. La señora Sofía se arremangó la blusa para cocinar en estas Navidades, sin mostrar arrepentimiento ante nuestras nuevas cinturas de embarazados al levantarnos de la mesa el último día.

2. El tenista se llevó al pequeño Hayden a rezar al pasillo, mientras los demás escondíamos -a cámara rápida como en las películas mudas- sus regalos bajo el Tió. (Es una tradición navideña catalana. Consiste en un tronco de árbol con cuatro patas de madera y un rostro sonriente de cartón o pintado directamente en el leño. Los niños deben alimentarlo durante jornadas para que les expulse regalos en Nochebuena por la parte trasera, después de darle bastonazos en el lomo y cantarle una canción tradicional. En la granja de los caballos hay un pequeño problema: el niño me llama "tío" en castellano, y cuando le dicen que pronto va a cagar obsequios el Tió me mira con exigencias.)

3. El señor Gris se dejó fotografiar con astas de reno, el pobre.

4. El hombre sin suerte me dejó plantado en la puerta de la discoteca multicultural a dos grados bajo cero la víspera de San Esteban, ante mis expectativas de fiesta salvaje. De todas formas, entré.

5. El día 24 salí a caminar con el señor Gris, como cada tarde. Había niebla alta que -fácilmente- se confunde con nubes bajas. Encontramos un campo de frutales desnudo de hojas. Quedaban manzanas granny smith, pendientes para siempre de recolección, que decoraban los árboles como si fueran de Navidad. Es mi fruta preferida, y la del perro. Así que compartimos una jugosa pieza recolectada en pleno diciembre. Masticamos sin cerrar la boca, con ninguna educación, emitiendo vapor como si fuéramos dragones mansos.

6. De regreso a la granja de los caballos, una bandada de veinte cigüeñas sobrevoló un buen rato nuestras cabezas, dibujando círculos. Desconozco las costumbres de esas aves, pero intuyo que buscaban a alguien a quien traer recados de París. Sin que el animal se diera cuenta, levanté la mirada y le señalé a él. Si nos hubiera vigilado un escuadrón de buitres carroñeros a la caza de comida fácil habría mostrado la dirección al infinito, para despistarlos en nuestro retorno al hogar y a las fiestas navideñas que seguían teniendo lugar tras sus muros.

7. Este diciembre, formulé más felicitaciones de las que recibí. Para compensarlo, a mi vuelta a la metrópoli encontré el mensaje que una mujer desconocida me dejó por equivocación en el contestador del teléfono fijo: "¿Dónde estás Elena? ¿Que no estás en casa? Bueno, bueno... Oye te llamo desde la montaña. Era para felicitarte las fiestas. ¿Dónde estás? Ya me dirás algo. Un abrazo".

Mil lugares

Llevo la tierra de la niebla impresa en mi carácter, su acento surge de mi garganta cuando alguien me pregunta por una calle, me alimento con sus productos importados, sueño con sus edificios medievales. Cuando me refiero a mi hogar mi mente viaja a ella, aunque tengo desde hace años un apartamento alquilado en Barcelona.

Quiero a la tierra de la niebla, aunque le soy infiel con esta metrópolis que me excita con sus caderas latinas. Si alguna vez has pisado la minúscula plaza de Sant Gaietà (Sarrià), el recóndito parque en el ático del Museu Marítim de les Drassanes (Ciutat Vella) o la nostálgica calle Torrijos (Gràcia) sabrás a qué me refiero.

Ayer hablé con alguien que lleva más años que yo residiendo entre los palmerales y al borde del lago de este oasis mediterráneo. Me sorprendió que planificara un viaje a su tierra del sur para este fin de semana, justo cuando Barcelona se pone guapa por las fiestas de la Mercè, con conciertos indispensables en cualquier rincón de la ciudad. Pero, allí viven sus gatos forasteros y sus recuerdos; y Barcelona sólo es para ella un lugar de trabajo, de salas de cine y restaurantes. Siento que no sea nada más en su vida, que no conozca este territorio que la acoge; pero me conmueve su fidelidad hacia su verdadera patria.

Este atardecer estoy en la plaza Catalunya para conseguir un programa de actos de las fiestas en el punto de información turística. La mujer uniformada de azafata me lo entrega gratuitamente y sin gran entusiasmo. Después paseo por La Rambla entre ciudadanos de mil distintas tierras del sol o de la niebla o de la lluvia o del sur o norteñas... impresas en su carácter, en su acento, en su alimentación, en sus edificios antiguos olvidados atrás en su viaje por turismo. Compro un periódico extranjero para ponerlo bajo mi brazo, como hacen ellos. No soy rubio para el Súddeutsche Zeitung, ni altivo para el France Soir, ni elegante para el The Economist. Opto por el Diari d'Andorra. Lo adquiero este jueves, por segunda vez desde que Mercedes publicara un magnífico artículo sobre México la semana pasada en sus páginas. En información internacional abren con España o Francia, invariablemente. Y sus páginas de televisión se estrenan con Andorra Televisió, saltan a Arte, luego a TV3 y al Canal 33, BBC World... Y la RTP portuguesa adelanta a Antena 3 o a Telecinco en el ránking. El diario está completamente escrito en catalán, ese raro idioma que nos empeñamos en hablar con la extravagante excusa de que es la lengua con la que nos dirigimos a nuestras madres, desde siempre.

Los anuncios de Pyrénées, La Casa del Formatge o del Centre Comercial Sant Julià me retornan a los viajes estivales de cuando era niño en el coche familiar, en busca de azúcar, leche y coñac a precios económicos. Después de las compras, comíamos un plato combinado en una terraza de Andorra la Vella, junto al río Valira, y regresábamos a casa -a mi hogar eterno-, deslizándonos como en trineo por las montañas en dirección al valle. Eran nuestras vacaciones de entonces, complementadas con la estancia en la torre del abuelo materno, rodeada de manzanos.

Algunos veranos también visitábamos Barcelona, y era tanta la aventura para la señora Hayden y para mí (ambos menores de diez años) como volar a Nueva York para los niños actuales. Pernoctábamos en una pensión de la calle Canuda, y nuestros padres nos dejaban al cuidado de la propietaria mientras asistían a las representaciones picantes de El Molino. Nos hacíamos los dormidos, para levantarnos al instante de cerrar ella la puerta de nuestra habitación y correr al balcón. Desde allí apuntábamos a las cabezas de los paseantes con nuestra botella de plástico flexible, y los poníamos perdidos de agua de colonia. En la tierra del sol, en aquellos tiempos -y todavía ahora-, sólo era posible rociar a algún gato vagabundo desde la balconada; y la novedad del tráfico de tantas personas por la acera nos mantenía desvelados hasta muy tarde.

Estoy cerca de la calle Canuda esta noche. La pensión no existe desde hace años, pero mis recuerdos siguen dando vueltas como una peonza en la sombra fresca de su portal. Me siento turista en la ciudad con el periódico extranjero bajo el brazo. No tengo ganas de regresar a mi piso. Preferiría tomar una habitación de hotel en la zona turística. Leer un rato el Diari d'Andorra sobre la cama con sábanas limpias, buscando información sobre su famoso autobús en forma de vaca: el vacabús. Quisiera llamar desde la habitación a mi padre para decirle que estoy hospedado cerca de la calle Canuda, y pedirle que me lleve un día a Andorra. Me encantaría telefonear después a la señora Hayden para preguntarle si tiene una botella de plástico repleta de perfume y rogarle que viniera hasta aquí para recordar viejos tiempos disparando su contenido sobre los peatones despistados.

Fondo de armario

Según el calendario permanecemos en verano, y me comporto consecuentemente. Me extrañó que no estuviera el cobrador en la puerta de las piscinas municipales de la tierra de la niebla, que hubieran quitado el tapón del desagüe de las balsas, que en la grama sólo permaneciera extendida mi toalla, que dispusiera de una hectárea completa de instalaciones recreativas sólo para mí.

Al menos, las duchas funcionaban y apenas había moscas. Abrí la novela Middlesex por el punto de libro que es un billete de tren. Entonces, Cal Stephanides me contó: "Invité a Julie Kikuchi a pasar el fin de semana fuera. En Pomerania. La idea era ir en coche a Usedom, una isla del Báltico, y alojarnos en un antiguo centro turístico que gozó de la estima de Guillermo II. Insistí en poner de relieve que tendríamos habitaciones separadas. Como era fin de semana, traté de vestirme con ropa informal. Para mí no es fácil. Me puse un jersey de pelo de camello. de cuello vuelto, chaqueta de tweed y pantalones vaqueros. Con zapatos de Edward Green, de color burdeos y hechos a mano. Este modelo en concreto, llamado Dundee, parece muy de vestir hasta que se ve la suela de goma moldeada. El cuero tiene doble espesor. El Dundee es un zapato concebido para recorrer la finca, para pisotear el barro con corbata y los spaniels detrás. Tuve que esperar meses a que me los entregaran. En la caja decía: Edward Green, maestro zapatero para gente poco común. Eso soy yo, exactamente. Poco común".

No revoloteaban moscas, las duchas funcionaban y nadie me molestaba. Pero, para que la escena fuera ciertamente idílica, me faltaba el jersey de pelo de camello del protagonista de la novela de Jeffrey Eugenides, porque el cielo andaba oscurecido y el viento de poniente me obligó a sacar la toalla de debajo de mi cuerpo, para cubrirme con ella; aunque apenas estábamos en el ecuador de septiembre.

Antes los veranos duraban todo el verano. Ahora se diluyen como la arena de Cayo Sal entre mis dedos, en un visto y no visto.

Las recientes lluvias dejaron embarrados los caminos de la tierra de la niebla; con huellas de tractores de los propietarios de las fincas, huellas de todoterrenos de los encargados, huellas de motos de los capataces, huellas de bicicletas de los peones de piel más oscura que la nuestra. Todos se apuraban para acabar de recolectar las frutas que maduraban en los árboles en este verano efímero.

En cualquier esquina aparecía un hombre negro pedaleando apremiado; en cualquier cruce de caminos había un grupo de magrebís marchando a paso militar junto a los tallos secos de las matas de hinojo; bajo un cielo ensangrentado, con nubes de algodón que pretendían sanarlo. El viento azotaba sus pieles para preguntarles por qué habían salido a campo abierto en camiseta promocional si ya estábamos en septiembre. (Quizás porque no tenían nada más que ponerse.) Sólo descubrieron que el verano era cosa del pasado cuando sus jefes dieron las órdenes del día ataviados con botas de suela de goma, pantalones gruesos de algodón y chaquetas acolchadas. Los manzanos estaban húmedos de rocío y lluvia, las ramas salpicaban los cuerpos estivales al paso del tractor, el suelo metálico era resbaladizo bajo el fango acumulado en unas frágiles alpargatas rebozadas con fango.

La señora Sofía preparó una montaña con mi ropa vieja para entregarla a los africanos que están empleados en la finca de sus amigos, y sólo pude pactar el rescate de una camisa y dos t-shirts aduciendo que eran antiguos obsequios y que no se podían regalar. Ambos somos absolutamente contrarios a la presencia de inmigrantes masivos en nuestras vidas; pero ella tiene ese instinto maternal innato que le impide comportarse mal con un ser humano. Y yo no he sido nunca madre (aunque, este fin de semana contemplé algo que llevaba años sin ver: unos caracoles -sin orden geométrico- depositaban su legado en agujeros bajo la bóveda gris. Los huevos transparentes -algo tan delicado- quedaron a media intemperie, con vida dentro, y los fui esquivando con mis botas como en un juego acrobático.)

Regresé a la metrópolis en el tren del sur. Su paso transcurre primero entre llanos de fruta dulce y viñas; después junto a montes de escasa envergadura y, finalmente, se precipita en un camino paralelo al mar. Buscaba un último guiño de este verano fugaz. No lo encontré en las persianas clausuradas de los apartamentos de temporada, ni en las calles solitarias de sus municipios. En las playas (entre páramos agrestes con tallos azotados por el viento) quedaban únicamente viejos pescadores de caña y nostálgicos paseantes con gorrita, pantalón corto sobre la rodilla, jersey de manga larga y mochila. Los chiringuitos cerrados en las ensenadas lucharían contra el salitre hasta el verano siguiente.

Sólo en un golf de nueve hoyos descubrí algo parecido a la felicidad estival eterna. Los deportistas medían la distancia del put ataviados de verano: polo Lacoste, pantaloncito claro, calzado Footjoy en blanco y negro y paraguas Callaway por si llovía en ese día hermafrodita. Les seguían los caddies abrigados de otoño. Todo lo contrario que en la tierra del sol: los ricos con vestimenta ligera y los humildes bien tapados. No se lo contaré a la señora Sofía, no vaya a ser que les envíe lo poco que queda de mi ropa otoñal a esos deportistas domingueros que extravían pelotas compactas en el Mediterráneo.

El mar se alejaba, y el tren acometía la entrada en la gran Barcelona. Entre mis dedos se diluía mi verano y sus recuerdos: alegres y amargos: la doble "a". Con el frío deberé buscar acomodo en lugares a cubierto, en lugar de pasear, ejercer de foca en una piscina municipal o vagabundear por una playa. Quizás vuelva a asistir al cine. Espero que sigan permitiendo fumar en las salas, como sucedía antaño.

El mapa de la piel

La semana anterior, en viernes, hacía calor en la sala de entregas de la oficina de correos de Gran de Gràcia. Esperando mi turno, unas gotas de sudor trazaron torrentes incómodos en la piel lechosa de mi frente.

El paquete procedía de Madrid y el remitente era ininteligible, por lo que supe que era un envío de Ilse. Desde hace meses, permanece empeñada en alejarme de mi condición de persona silvestre, para adentrarme en un ambiente cultural por el que apenas comienzo a dar pequeños pasos palpando las paredes de esa habitación oscura y desconocida en la que suena California de su amado -me convenciste desde el primer momento: nuestro amado- Rufus Waingright.

En abril me recomendó que leyera Middlesex de Jeffrey Eugenides. Husmeé en las kilométricas estanterías de una librería del centro, hasta topar con una voluminosa novela de casi setecientas páginas, cuya sinopsis en la contraportada era: "Cal Stephanides decide contar su historia, revelar su secreto. Porque Cal ha vivido como mujer y como hombre". Obviamente, no la adquirí. Le conté los dos motivos: tamaño y temática. Nunca he sido un gran lector; como mucho: prensa deportiva, alguna novelita de cowboys escrita por Holly Martins o las policíacas de Jim Thomson. Todo libro que sobrepase el centenar y medio de páginas decanta la balanza entre mi interés y mi desinterés del segundo lado.

El paquete postal contenía unas hojas manuscritas (que, con los años, conseguiré descifrar con completa seguridad) y un ejemplar de Middlesex acompañado de una nota -esta vez bien caligrafiada: "Cuando regrese de NY quiero un comentario de texto completo por email, alma de cántaro".

Recibí su correo justo dos horas antes de que ella tomara un avión a Nueva York, y cinco antes de que yo subiera al tren de las siete menos diez en dirección a la tierra de la niebla. Comencé a leer, mientras el convoy me conducía con su orgasmo interminable a mi verdadero hogar. "Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974". Ya no pude dejar de cansar mi vista con la novela hasta las tres de la madrugada. Me detuve, a desgana, porque a las siete debía levantarme.

Desayuné zumo de naranja, pan con tomate y embutidos y café con leche sin azúcar; mientras el señor Gris me vigilaba con su patita vendada, y agradecía los regalos que le llovían accidentalmente del plato. A esas horas el punto de libro marcaba la página setenta de la novela, Ilse estaba a punto de acostarse por primera vez en Nueva York, y yo me dirigía a una plataforma hidráulica para recoger peras.

Pasé el día con africanos de Mali que me contaron sus periplos vitales, mientras sonaban los cuarenta principales en la radio del extraño vehículo. El propietario de la explotación agrícola también me requirió a su lado en la parte más alta de la plataforma, la más peligrosa. Le gusta charlar y reír. Sólo nos vemos en agosto o septiembre, y escasos días; así que nos contamos las estaciones frías el uno al otro, mientras la carreta avanza cortando el ambiente denso de agosto entre las filas de frutales. Los árboles tienen ramas espesas que dibujan tatuajes polinesios en mi piel cada verano. También están cubiertos de capas de polvo que convierten mi epidermis en negra y la de los africanos en blanca.

A mediodía vinieron a recogerme los Hayden. El pequeño me preguntó si me había peleado con un gato al ver los caminos sangrientos en mis antebrazos. Los recorrió con sus deditos, con ternura, y me preguntó si podía curarme con alcohol etílico.

Permanecí dos jornadas en la plantación, y el sol tuvo tiempo de trazar su rastro moreno en el mapa de mi cara. Desde entonces estoy sin afeitar. Oscuro y sucio. Me asemejo a los habitantes -que tanto me disgustan- de determinadas zonas geográficas: los países árabes, la zona balcánica y Asia Menor, la imaginaria patria de los gitanos... Mi antipatía hacia ellos no se cimienta en el color y textura de su piel, sino en su carácter soberbio -aunque soy consciente de que es malo generalizar. (Ahora que pienso en ello... ¿De qué color son las mujeres madrileñas que mandan propuestas culturales por correo certificado?)

Preferiría parecerme a Cal Stephanides en Middlesex: "Cuando me vuelvo a mirar en un escaparate esto es lo que veo: un hombre de cuarenta y un años de pelo ondulado, más bien largo, fino bigote y perilla. Una especie de mosquetero moderno". Pero ahora soy un policía mejicano de fronteras.

El lunes regresé a Barcelona. A medianoche se empeñó en llover a cántaros. Expuse mis brazos a la lluvia para que sanaran las cicatrices, y torrentes de agua se precipitaron sobre el mapa de mi piel. Recordé el mensaje de telefonía móvil de Ilse desde Nueva York, recibido un cuarto de hora antes, y la imaginé en un paisaje soleado de media tarde: "¡Dios! ¡Estoy viviendo uno de los momentos más felices de mi vida! Estoy en Bryant Park, rodeada de neoyorquinos y esperando que comience un concierto de música de películas. Hay una reverenda a mi lado y gente que se trae la colcha y se monta el picnic. ¡Precioso!".

Nueva York siempre ha sido una bacteria que ha vivido latente -sin manifestarse- en su piel, hasta que ha despertado ahora para enfermarla de amor por esa metrópolis; igual que las tierras llanas del oeste catalán me enferman a mí. (Ahora que pienso en ello... ¿De qué color son los norteamericanos?)

El secreto

Incluso en el profundo invierno duermo desnudo. Evito a los vecinos el desagradable striptease diario porque cierro las persianas. Al depositar mi traje de hombre arisco y distante sobre una silla en la noche, mis emociones se reflejan en el espejo de pie, desamparadas porque ninguna persona las conoce, hasta que apago la lámpara en la mesita.

En la tierra de la niebla no es costumbre hablar de sensaciones. La vida en el campo es una cuestión práctica. Discutimos sobre la salud de tía Patricia, el precio del maíz, la mesa del comedor que vamos a cambiar. También de que los manzanos necesitan que llueva. Pero nadie malgasta palabras en describir esa lluvia fina que riega nuestras vidas en forma de sentimientos.

El próximo mes cumpliré cuarenta y dos años de cangrejo aislado. En la comida me interrogarán si he conocido a alguna buena chica últimamente; me aconsejarán que busque un empleo estable en lugar de trabajar por mi cuenta; asegurarán que viviría mejor en la tierra de la niebla que en la metrópolis, más ahora que han aparecido con sus vestidos almidonados muchachas tristes del este de Europa a centenares para trabajar en las plantaciones. "Sin marido", acentuará la señora Sofía. Pero será imposible escuchar de sus labios: "¿Te apetece la vida? ¿Tienes temores? ¿Son interesantes tus recuerdos?"

Por eso he comenzado a escribir, y guardo en secreto estos textos ante la gente que me rodea a diario. No entenderían que me guste desnudar mi interior sin correr las cortinas. ¿De qué sirve? ¿Cuánto te pagan por hacerlo? ¿No van a pensar que eres afeminado? Tampoco me verían reflejado en ellos; ni siquiera la señora Hayden, la más sensible entre nosotros.

Me prepararon para tener hijos a estas alturas de la vida y un piso en propiedad y vacaciones en tours turísticos del estilo Maravillas del Danubio. Pero jamás he tenido la capacidad de ser un hombre práctico; y me resulta emocionante nadar contra corriente, desde siempre y en todo lo que hago.

En la adolescencia era el más alto en esa clase de alumnos poco desarrollados. Mis pies carecían del talento para empujar el balón al fondo de la red, y me trasladé al básquet. Me dedicaba a encestar balones en soledad, mientras los compañeros organizaban extraordinarios partidos de once contra once más allá del cemento de la pista exclusivamente para mí.

Una tarde, por sorpresa, mi padre escapó de su trabajo para asistir a mi clase de deporte. El profesor Núñez tuvo ligeros los reflejos: ordenó a los futbolistas que se desplazaran a la cancha de baloncesto para que no me sintiera ajeno al grupo.

Jamás había disfrutado de tanta compañía al botar la pelota. Gané a todos en el uno contra uno, encestando con frecuencia desde la posición de alero. Mi padre regresó encantado a su labor, seguro de que su hijo era el líder de aquellos chavales desconcertados con una sandía de color naranja entre las manos, sin saber qué hacer con ella. Caía la tarde cuando me acerqué al profesor Núñez, con su barbita entrecortada de doctor House, y le ofrecí las gracias de veras.

En el lugar de ese campo de baloncesto existen ahora tres pistas de tenis. Mi padre me gana fácil en cualquiera de ellas. Una vez al año, como mucho, le derroto yo. Entonces me suplica que no explique el resultado ante la señora Sofía. Teme que ella crea que ha envejecido. Es muy buen tipo, y guarda sentimientos y secretos que nunca conoceremos porque no le gusta escribir.

Agua para revivir

La temperatura se ha elevado para disipar las nieblas de mi tierra, como cada año por estas fechas. De ahora hasta octubre será la patria del calor, un territorio árido como el alma de los canallas que sólo el agua de riego convertirá en hospitalario. Allí he pasado el fin de semana.

El viernes salí de fiesta con el hombre que salva vidas animales. Hacía tiempo que no hablábamos. Por esa falta de entrenamiento vivimos la noche en silencio, consagrando con la mirada a las jóvenes que bailaban en la pista de la discoteca desde nuestro altar en la barra. La camarera nos sirvió un combinado de ginebra con tónica -gin tónic creo que lo llaman ahora los adolescentes y la gente moderna-, y más tarde otro.

Pagamos por rondas, como hacíamos en la discoteca de aquella ciudad alejada del campus universitario cuando teníamos cosas que decirnos, planes futuros que desplegar ante la mirada del otro. Íbamos allí caminando para ahorrarnos el taxi, recorriendo los suburbios peligrosos, cruzando el puente elevado sobre la carretera a toda prisa para que el frío de enero no se instalara en nuestros cuerpos mal abrigados de estudiantes pobres. Antes nos gustaba rememorar esa buena época, pero el viernes nos limitamos a pedir un tercer combinado que mi cuerpo asimiló mal.

El sábado amanecí con la sensación de morir por culpa de la resaca. Deposité un último esfuerzo para escribir la palabra aigua en un papel que enganché al collar del señor Gris. Escuché el sonido característico de sus pezuñas descendiendo ligeras los tres pisos que separan mi dormitorio de la cocina, en la granja de los caballos. Al minuto apareció el pequeño Hayden arrastrando una botella de salvación para el náufrago. Engullí el líquido sin educación, emitiendo sonidos guturales. A cada sorbo se rellenaban las fisuras de mi cuerpo árido y brotaban tallos verdes en mi alma. Pronto estuve en disposición de salir a pasear con el perro.

En mi último trayecto por la zona, las tierras estaban resecas y estériles de vida. Pero el campo comenzaba a despertar tras la resaca del invierno en esa mañana de sábado. Algunas fincas recibían el agua del canal y los agricultores la distribuían por los bancales con sus azadas. Las matas de maíz ya tenían la altura de un conejo con las orejas tiesas, y los embriones de pera se agarraban a los árboles con el tamaño de una rana joven. El señor Gris se arrojó al canal sin pedir permiso, para convertirse en el señor Marrón por culpa del lodo.

La comida se retrasó porque la señora Sofía está acostumbrada a cocinar para ella y su marido, y ese día éramos algunos más. En la espera, el pequeño Hayden jugaba a abrir y cerrar el cesto de los caracoles. Extrajo uno y vino a dispesar mi lectura del periódico en una sombra del patio. Aseguraba que estaba muerto, aunque yo dijera que simplemente descansaba. Para demostrárselo, le conduje al lavadero y deposité el animal boca arriba en la palma de su mano. Abrí el grifo y dibujé una fina lluvia sobre el caracol con mis dedos. Pronto emergieron sus antenas, investigó la región, inició un tímido desplazamiento por el brazo del crío que corrió hacia las faldas de la señora Sofía para mostrarle el milagro de la resurrección, lo que retrasó un poco más el almuerzo.

El comedor era caluroso, a pesar de las ventanas abiertas, y permanecía en silencio mientras degustábamos los platos. El pequeño Hayden despertó nuestro interés, con su filosofía infantil, para preguntarnos: "Per què ens mengem els caragols si són tan bonics?". Lanzó el interrogante después de haber vaciado la última cáscara de su plato, por si acaso la respuesta era frustrante para su afición a comer caracoles a la brasa. A su espalda, mientras rumiábamos la respuesta, permanecía enmarcada una fotografía de él y su abuela frente a una buganvilia con una hemorragia de flores rojas. Los dos sonríen en esa instantánea y es difícil discernir quién tiene más cara de pillo.

Jour de fête

El lunes, día del trabajador, estaba convocada una manifestación conmemorativa en el centro de la ciudad, cuyas banderas entreví a bordo del ómnibus 39 camino de la playa.

En los cuerpos sobre la arena faltaba una cierta puesta a punto. La blancura de nuestras carnes, la combinación de calcetines con pantalón corto, los resultados todavía nulos de las diversas dietas que habíamos iniciado los bañistas congregados allí pintaban un cuadro alejado de la líbido.

Me tumbé junto a un matrimonio de avanzada edad, para semejar más joven en la mirada de las paseantes. Parecían unidos de manera eterna; pero cuando la mujer se adormeció en la hamaca, él se levantó y caminó unos pasos para contemplar más de cerca cómo emergían de su baño mediterráneo dos luminosas vikingas con el torso desnudo al sol del 1 de mayo. Eran verdaderamente interesantes como pude deducir en la mandíbula desencajada del anciano, tras cerrar la mía.

Las extranjeras permanecieron jugando con sus pies entre las olas rompientes contra la orilla el rato suficiente como para almacenarse su recuerdo en la memoria del desconocido y en la mía para siempre, al tiempo que la esposa grababa la escena del observador observado con una cámara digital, tras despertar de su ensoñación.

Seguramente serán unas imágenes celebradas por los hijos y los nietos de los turistas cuando regresen a su Argentina natal, país que se adivinaba con facilidad en el acento del hombre alto y distinguido mientras intentaba excusarse ante la cineasta. Sus palabras se acompañaban de exagerados gestos con manos de linotipista. Sin duda lo había sido.

A finales de los ochenta permanecí, por motivos que no vienen al caso, en una amplia sala blanca adjunta a la redacción de un periódico del centro de la ciudad durante meses. Compartía el espacio con decenas de antiguos tipógrafos que habían perdido su trabajo por culpa de la informática e intentaban reciclar su habilidad manual con la linotipia pulsando las teclas de los ordenadores, maldiciendo el progreso. Su oficio se extinguió, como tantos otros en tan poco tiempo.

Recuerdo en la infancia la llegada puntual de aquel hombre que en el mes de mayo sacaba todos los colchones de la granja de los caballos a la galería. Descosía su cubierta y con dos varas de madera provocaba una nevada de copos de algodón ante la mirada atenta de los niños que fuimos la señora Hayden y yo mismo.

Nos faltan muchos oficios artesanos. Se ha substituido la meticulosidad pausada en la labor diaria por la prisa, la agresividad y el ruido de los nuevos trabajos que sólo sirven para fabricar productos que en pocos años aumentarán el tamaño del vertedero. Antes todo duraba o era reparado por gente sabia en su ocupación. Ahora los product managers, los técnicos en telefonía móvil y los repartidores de pizza nos espían desde las esquinas para atropellar nuestras vidas en los pasos de cebra.

Otros oficios tienen sentencia de muerte.

En las vacaciones de mi juventud trabajaba en una finca de la tierra de la niebla. Las manzanas se recogían de manera suave y lenta, sin dañar los rabos de la fruta, ni dejar huellas oscuras en su piel, lo que es imprescindible para su correcta conservación. No sulfataban los frutales con pesticidas, y los recolectores éramos estudiantes en etapa veraniega.

Retorné al lugar el pasado mes de agosto. El trabajo se realizaba a destajo sobre una moderna plataforma hidráulica; las manzanas eran arrancadas sin el menor cuidado; la química reinaba en la plantación. Los trabajadores eran ahora inmigrantes de colores que habían venido para empeorar sus vidas y las nuestras. A pesar del progreso, los beneficios no habían aumentado, y el producto que enviaban a los mercados centrales de las metrópolis era de peor calidad. El hijo del dueño se escapó pocos meses después contratado en una gasolinera (otros campesinos, como el Koala, se dedican hoy al rock rústico). Su padre aguarda el inmediato retiro para marcharse a observar suecas ociosas en las playas del 1 de mayo. Cuando eso suceda, su oficio habrá dado otro paso en el corredor la muerte y la mala hierba invadirá las fincas.

Todavía no estoy tan viejo como para asegurar que lo de antes era mejor, pero hago equilibrios en la frontera. Me alejo de los argentinos para tumbarme en las rocas del espigón y asistir al final del día de los trabajadores. El cielo muestra el rojo de una bandera comunista. Paloma, que tiene un oficio que vivirá por siempre porque es la música, viene algunas veces a este lugar presumida con su bicicleta nueva. Envidio los mares y los cielos que habrá aplaudido desde aquí.