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La señora Hayden & Co

En la granja de los caballos existieron mil sombras sigilosas de reyes, pajes y camellos transitando de puntillas por las dependencias durante el almuerzo, mil pequeños ruidos que prendían la mirada del pequeño Hayden ante la inminencia de los regalos. En la mesa, ante el menor crec-crec, los mayores comentábamos -con semblante indiferente- que sin duda eran ellos recorriendo la casa para localizar los zapatos alineados de la familia.

La señora Sofía sigue siendo traviesa a su edad. Las llamadas al timbre de la puerta principal siempre coincidían con su ausencia de la mesa. Cada ring sobresaltaba al niño y no sabía qué hacer con el alimento que llenaba su boca.

Tras el último timbrazo -pasados los postres- le dieron permiso para que corriera al segundo piso, con el señor Gris a su estela como un tontito. Se cruzó con su abuela en el pasillo, que no necesitó hacerse la despistada porque él sólo tenía en mente destapar todas las cajas con sus ilusiones. Recibió un cocodrilo sacamuelas, un patinete, dos películas del Mani. Entre los obsequios, descubrí uno de los míos: un CD con la música de Hanne Hukkelberg. Crucé la mirada con la de mi hermana -es gris profundo- para decirle gracias con vergüenza. Ella se preocupa por mis gustos y yo sólo le regalo lo que me interesa a mí. Ahora escucho esa música que me magnetizó una noche de finales de verano en la plaza de Joan Coromines. Searching, es el tema que tengo fijado con la tecla repeat.

No fue mi único regalo especial de 2006. Tuve Middlesex, Rufus Wainwright, una caja de música, un ramo de la suerte por Navidad, el contagio de vida de una princesita inesperada, L'escriptor inexistent, Arular (gràcies Xavi, l'escolto quan necessito augmentar la moral), noticias alemanas, una noche japonesa, el interés del hombre que cuida animales por mejorar al señor Gris (el tipo con el rostro más bondadoso del planeta)... Los comentarios en el blog.

A la señora Hayden hace años que la llamo canguro, por motivos que no vienen al caso. Gràcies cangur, i a tothom. Em feu somriure i viure.

Escenas de Navidad

1. La señora Sofía se arremangó la blusa para cocinar en estas Navidades, sin mostrar arrepentimiento ante nuestras nuevas cinturas de embarazados al levantarnos de la mesa el último día.

2. El tenista se llevó al pequeño Hayden a rezar al pasillo, mientras los demás escondíamos -a cámara rápida como en las películas mudas- sus regalos bajo el Tió. (Es una tradición navideña catalana. Consiste en un tronco de árbol con cuatro patas de madera y un rostro sonriente de cartón o pintado directamente en el leño. Los niños deben alimentarlo durante jornadas para que les expulse regalos en Nochebuena por la parte trasera, después de darle bastonazos en el lomo y cantarle una canción tradicional. En la granja de los caballos hay un pequeño problema: el niño me llama "tío" en castellano, y cuando le dicen que pronto va a cagar obsequios el Tió me mira con exigencias.)

3. El señor Gris se dejó fotografiar con astas de reno, el pobre.

4. El hombre sin suerte me dejó plantado en la puerta de la discoteca multicultural a dos grados bajo cero la víspera de San Esteban, ante mis expectativas de fiesta salvaje. De todas formas, entré.

5. El día 24 salí a caminar con el señor Gris, como cada tarde. Había niebla alta que -fácilmente- se confunde con nubes bajas. Encontramos un campo de frutales desnudo de hojas. Quedaban manzanas granny smith, pendientes para siempre de recolección, que decoraban los árboles como si fueran de Navidad. Es mi fruta preferida, y la del perro. Así que compartimos una jugosa pieza recolectada en pleno diciembre. Masticamos sin cerrar la boca, con ninguna educación, emitiendo vapor como si fuéramos dragones mansos.

6. De regreso a la granja de los caballos, una bandada de veinte cigüeñas sobrevoló un buen rato nuestras cabezas, dibujando círculos. Desconozco las costumbres de esas aves, pero intuyo que buscaban a alguien a quien traer recados de París. Sin que el animal se diera cuenta, levanté la mirada y le señalé a él. Si nos hubiera vigilado un escuadrón de buitres carroñeros a la caza de comida fácil habría mostrado la dirección al infinito, para despistarlos en nuestro retorno al hogar y a las fiestas navideñas que seguían teniendo lugar tras sus muros.

7. Este diciembre, formulé más felicitaciones de las que recibí. Para compensarlo, a mi vuelta a la metrópoli encontré el mensaje que una mujer desconocida me dejó por equivocación en el contestador del teléfono fijo: "¿Dónde estás Elena? ¿Que no estás en casa? Bueno, bueno... Oye te llamo desde la montaña. Era para felicitarte las fiestas. ¿Dónde estás? Ya me dirás algo. Un abrazo".

Psicofonía

Estoy leyendo Breve historia de los que ya no están, de Kevin Brockmeier. En la novela, existe una ciudad etérea donde permanecen nuestros difuntos mientras alguien les recuerde en tierra firme. Disponen de parques, comercios, periódicos, amigos, oficios... en su espera a que fallezca el último ser vivo que todavía reconoce su rostro en el álbum familiar. Desconocen qué va a ser de ellos a partir de entonces. Entretanto se acomodan a su segunda vida, mientras les piden -con añoranza- noticias de nuestro mundo a los recién llegados.

"En Bristow havia fet de cobrador en un peatge durant gairebé quaranta anys, però no li havia agradat mai [...]. Havia passat hora punta rere hora punta, dia rere dia, observant les cues del trànsit i imaginant-se que era un restaurador d'èxit. Va ser el somni de tota la seva vida. Així, quan va morir, si fa no fa només un any abans de l'atzagaiada del virus, va decidir obrir un restaurant -res de pretenciós, només hamburgueses, chile i patates al forn, la mena de lloc on et poden servir esmorzars durant tot un dia".

Me gusta ese punto de partida porque siempre he sentido nostalgia por los que se marcharon. Pienso a menudo en la silueta gigantesca del hombre que apareció en el marco de la puerta de su casa en Düsseldorf después de que su hija llamara al interfono del jardín. Tuvo que sujetarme del brazo cuando inicié la carrera en busca de un tren de retorno a la tierra de la niebla. La primera impresión fue equivocada. Era un tipo amable, con un cuerpo de talador de árboles que no necesitaba para ejercer de abogado. Me entregó tembloroso una copa de licor para que todo fuera más ligero en las presentaciones, y luego nos convidó a una cena de nochevieja junto al Rhin -eternamente recordada por mí- en la que discutimos sobre la obra de Thomas Mann con la pobre chica de traductora, sin probar bocado. (Danke herr Rückels.) Murió al poco tiempo, y -no sé por qué- cada año me visita su recuerdo en cualquiera de las doce uvas.

Tampoco deja de visitarme la gruesa sombra de la señora María secándose la mano derecha en el delantal para tendérmela en buenas condiciones. Las de unos pocos compañeros de escuela que describieron mal una curva con la moto, o les salió un granito en la frente que resultó fatal o que pasaron una soga sobre la viga de una granja. La del hombre que me hizo tener ganas de escribir, cuyas venas frontales se inflaban en los enfados hasta que estallaron definitivamente.

Apenas falta gente en mi familia: los abuelos, un pobre primo y un tío. Por eso siento tristeza ante los difuntos ajenos. No debería escribir sobre esto, porque no le he pedido permiso a la persona que me contó el suceso. Pero pienso que no le va a molestar: es una manera de recordarlos para que habiten en la ciudad etérea de la novela de Brockmeier. Sus padres se estrellaron en coche y, al sedimentar la cortina de polvo tras el golpe, quedó a la vista un piso de alquiler (repleto de objetos de toda una vida que habían pasado de cotidianos a nostálgicos en un instante) que sus hijos han debido vaciar deprisa ante las exigencias del arrendador malnacido. Así ha pasado sus últimos fines de semana esa persona: rellenando cajas de cartón con lo que fue su vida hasta entonces. Ella siempre le pone al mal tiempo buena cara, y tiene la extraña costumbre de reír y hacer reír. Pero ignoro cómo le ha ido por dentro en esas horas de mudanza.

Desde mi último traslado de piso, procuro que todas mis pertenencias estén perfectamente clasificadas en compartimentos estancos por si alguien las hereda de manera imprevista. Vivo en un apartamento de espacio reducido y eso me obliga a hacer periódicas purgas entre lo prescindible y lo imprescindible. Al final, he aprendido a guardar sólo aquello que me llevaría a una isla desierta; que sigue siendo demasiado. Antes era un trapero y lo conservaba todo. Pero los tiempos cambian y a nadie le va a interesar, dentro de treinta años, un recorte de periódico de 1988.

En la última depuración, encontré una cinta de cassette sin etiquetar. La puse en el reproductor y por los altavoces apareció nítida la voz de mi difunta abuela, como en una psicofonía inesperada. Era una entrevista que le hice hace más de veinte años, cuando soñaba con ser periodista. En ella cuenta su infancia, las cartas perfumadas de sus pretendientes, lo guapa que había sido...

Murió nonagenaria en 1997 -todavía coqueta-, sintiéndose la gran dama de la granja de los caballos. Su recuerdo sigue impregnando las habitaciones de la casa. A mi madre no le hace ninguna gracia observar sus fotografías porque no se llevaban bien. La anciana pretendía para su hijo una esposa que no fuera campesina, ni altiva, ni atractiva (para guapa ya estaba ella). Se encontró con todo lo contrario. La convivencia fue tremenda, y recuerdo el vuelo de platos en el comedor estrellándose contra la pared.

Quería a alguien sumiso y la señora Sofía tiene carácter. Al señor Gris nadie le mueve del sofá de la sala de estar, aunque llames a la policía. Pero aparece ella, le mira con el rabillo del ojo y se convierte en un corderito manso que se marcha a dormir al frío suelo del pasillo. Sucede lo mismo con los árabes que han invadido la tierra de la niebla sin preguntar si eran bienvenidos. Campan a sus anchas por las calles armando bronca. Mi madre abre la puerta de la calle, cuando está cansada de escuchar sus plegarias en altavoz. Les mira y le piden automáticamente "perdón por el ruido, lo sentimos".

En estas Navidades, me da miedo regalarle al tenista la cinta magnética. Ellos (madre e hijo) se querían mucho y sé que para él será enternecedor escuchar esa voz tras casi diez años sin hacerlo. Pero la señora Sofía es capaz de hacerme dormir en el frío suelo del pasillo junto al pobre señor Gris. Creo que se la voy a entregar como en las películas de espías. La depositaré en una papelera de la estación de autobuses, con una nota: "Escúchala a escondidas en mi dormitorio de la tercera planta, sin que se entere".

La iaia debe estar a estas horas en una de las peluquerías de la ciudad de los difuntos, riéndose de todos nosotros por seguir cautivos de los mundanales problemas, sin saber lo que nos perdemos allá arriba o allá abajo.

Huir

Tengo cuatro días para escapar de los cepos de la metrópoli que intentan agarrarme las piernas en mis paseos diarios. Huiré hacia las nieblas del oeste. Allí escucharé el silencio que habita entre las ramas ya desnudas de los manzanos. Le propondré un partido al tenista. Olfatearé las cacerolas, sentado en el mármol fresco de la cocina (como un gato descarado), mientras le pregunto a la señora Sofía a qué hora se come. Me presentaré en la clínica del hombre que cuida animales, para exigirle noticias de su nueva novia. Esperaré la llegada de los Hayden el viernes para sentirme arropado después de tanto tiempo. Intentaré ser feliz. Es todo.

Rogativas

Para que no se convierta en rutinario, quise hacer una leve variación en el trayecto de regreso a casa desde el Turó Parc. Ascendí por la calle Calvet, hasta alcanzar la vía Augusta, para dejarme caer desde allí en parapente entre las copas de los árboles de Santaló.

El señor Gris se asustó cuando se abrieron de repente tres portaladas de un edificio de piedra gris, para expulsar a la acera a una multitud de personas de diferentes edades con apariencia de felicidad. Pensé que se trataba del final de una sesión de cine hasta que, enmarcado en una oquedad, vi un crucifijo de madera en un muro.

Era la salida de la misa de las nueve de la iglesia de Sant Antoni de Pàdua. Los fotogramas con matrimonios maduros y sus hijos adolescentes, con parejas recientes y sus bebés, con esposos ancianos que sólo se abrazan cuando están en público, con amigas del instituto de melena oxigenada, con criadas sudamericanas que aprovechaban el final de su jornada en los duplex enormes de los señoritos para rezarle al buen Dios que las trajo acá... se proyectaron ante mis ojos.

Cuando Pilar Miró dirigía Televisión Española emitían cine de calidad en la sala de estar de los hogares, organizado en ciclos coherentes. Incluso se atrevían con las antiguallas del cine precursor en blanco y negro y sin sonido. Recuerdo la curiosidad antropológica de La salida de la misa de doce en la iglesia del Pilar de Zaragoza (filmada un 11 de octubre de 1896 por Eduardo Jimeno, con sus 651 fotogramas). Este domingo se repitió ante mis ojos, ahora en color y dialogada.

Poco ha cambiado en esos ciento diez años que separan ambas salidas. Creía que la asistencia a misa era un acto trasnochado. Pero comprobé que en los barrios altos no es así, y sigue tratándose de una costumbre marcada en las agendas o en los calendarios de pared. Sus habitantes tienen motivos para adorar a ese ser supremo que les permite vivir en unos apartamentos de doscientos metros cuadrados que requieren la visita periódica del diseñador de interiores, del portero uniformado en el vestíbulo y de acomodadores que les ayuden a encontrar con linterna el sofá frente al fantástico televisor de plasma.

De pequeño creía en Dios. La señora Sofía era la responsable de la catequesis en nuestro barrio de la tierra de la niebla, aunque ella no es muy católica. Nos hacía sentar entorno a la mesa de fórmica de la cocina para pedirnos que dibujáramos a las divinidades, tras contarnos cuentos de la Biblia. Uno trazaba un pollo con las alas extendidas y afirmaba que era un ángel anunciador. Otro pintaba un beattle con pantalón acampanado y aseguraba que era Jesús. El más inocente hacía una casita con chimenea manteniendo que era la casa del Señor. A mí me gustaba pintar con el color verde.

Nos bastó para superar el trámite de la comunión disfrazados de capitanitos con galones en las hombreras o de novias precoces. Poco a poco, sin darme cuenta de ello, fui alejándome de esas creencias religiosas. Ahora que lo analizo, encuentro varios motivos:

Uno. Por más que rezaba, la pequeña Mónica no me hacía caso.

Dos. Un hermano de La Salle nos castigaba con el peculiar método de compaginar los azotes en el trasero con masajes y apretones en esa zona. Hoy sería denunciable.

Tres. No quería ser monaguillo, pero me obligaron. Era demasiado bajito para llevar esa alargada túnica blanca. Un domingo, en misa de doce, atrapé con mi zapato la parte baja del faldón subiendo las escaleras después del repartimiento de las hostias y recibí la última. La abarrotada platea se partió de risa.

Cuatro. Tuve un profesor de filosofía en el instituto, ex religioso, que me enseñó otras maneras de entender el mundo. Su nombre es Ignasi Culleré y le doy las gracias, a destiempo.

Cinco. La persona más bondadosa que conocí jamás es atea. Se llama Peret, como el cantante. Combatió en guerras y, seguramente, acabó con alguna vida enemiga. Pero su filosofia vital me apasiona desde pequeño: inventa trucos de magia y filma amaneceres de flores para su hija disminuida psíquica. A ella ha dedicado su vida que ya se acaba. También, y especialmente, merci beaucoup.

Me considero ateo. Pero no me importa declarar que visito algunas veces la capilla del Sant Crist de Lepant, en la catedral de Barcelona. Es una talla de madera que portaba la nave capitana en la batalla de Lepanto (1571). Cuentan que ante el avance de un proyectil turco se ladeó, milagrosamente, para esquivarlo. Ahora es la de mayor culto en la ciudad. Los más necesitados afirman que si le pides un deseo factible te lo concede.

Le he pedido un piso en el Turó Parc repetidas veces. (Me mantengo en espera.) A cambio le prometo asistir semanalmente a misa en la iglesia de Sant Antoni de Pàdua, y arrugar la nariz ante los descreídos peatones con perro que encuentre a la salida.

El hombre del saco

Lo mejor que puede sucederte -extraviado entre la niebla de mi tierra- es toparte con el hombre del saco. Ver su tez morena incluso en invierno, su barba mal afeitada, su mirada de lobo, su alma chapada, su cuerpo acorazado ante las inclemencias del campo después de mil de años de sufrirlas, sus brazos como ramas de nogal. Escuchar sus blasfemias -una tras otra- mientras te devuelve a la civilización, montado en la palma de su mano (como si fueras un soldado de infantería de plomo o una bailarina en tutú) mientras camina una legua por hora. Te depositará en el suelo, tras salvarte, y regresará a paso ligero a ese territorio agreste de diez kilómetros cuadrados en los que siempre ha transcurrido su vida y de los que nunca ha salido; salvo para comprar queso y coñac económicos en tierras andorranas con el tenista al volante.

Debe rondar los ochenta años, aunque no los aparenta con un saco de treinta kilogramos a la espalda y al galope por los caminos embarrados. Sólo utiliza sus piernas como medio de transporte para rondar de una población a otra (de las cinco o seis que conforman su universo vital). Se ríe sin curvar los labios, hacia dentro, cuando se hace gracia a sí mismo con alguno de sus continuos comentarios socarrones. Tiene un punto del autismo francés de monsieur Hulot tamizado con el populismo sureño de Paco Martínez Soria (podría parecer una receta de Ferran Adrià). Me une a él que comemos parecido: nada de dulces, todo a la plancha/brasa, ensaladas/verduras e infinidad de frutos secos. Que de pequeño me enseñó a cortar leña, a alimentar a un cochino o a podar un manzano. También que amamos esas tierras tremendas en invierno y en verano. Son las nuestras y no poseemos ninguna más.

Estuvo casado con una pianista (que alcanzó una alcadía en una aldea de la tierra de la niebla) hasta que ella murió hace un par de años tras una tarde de trabajo entre los frutales. Fue uno de esos matrimonios amañados de antaño. Pero funció como el mecanismo de un reloj suizo. Él hacía parir los campos, y ella llevaba las cuentas mientras concebía a dos hijos y leía.

Ahora el hombre del saco sigue cuidando las hectáreas, y las cuentas van por libre. Últimamente, ha plantado cinco hileras de preciosos olivos que ya alcanzan el metro y medio y comienzan a dar frutos. El sábado pasado eran lo único vivo entre las tonalidades grises y ocres de la sierra. Mis padres me comunicaron que comeríamos temprano porque querían ir a ayudarle en la recolección de las primeras aceitunas. Nunca he realizado esa labor y me apetece el campo desde siempre, así que levanté el dedo para pedir permiso e ir a trabajar con ellos.

En medio de la niebla, aprendí que los estorninos siempre se llevan las aceitunas de tres en tres: una en el pico y dos en las patas; que hay que extender unas redes llamadas borrassas para pescar en ellas las olivas, desprendiéndolas con las manos desde las ramas (como en una masturbación unidireccional); que se deben arrastrar las mallas de un árbol a otro hasta que la cantidad de frutos sea suficiente para llenar un saco. Que cada talego cuesta dieciséis euros y que cinco personas tardábamos media hora en reunirlo. Porca miseria.

En la tierra de la niebla sigue funcionando el sistema fenicio del intercambio y el sistema universal de la amistad. Por eso trabajamos gratis en la tarde del sábado. Otros días, él nos regala hortalizas de su huerto o frutas o bolsas de caracoles o chistes.

El hombre del saco iba bien abrigado, incluso con gorra -como su hijo. Pero prefiere la ligereza en el vestuario siempre que sea posible. De mediados de febrero a principios del mes de octubre va desnudo de cintura para arriba. Y sólo se cubre, por pudor, antes de entrar en un pueblo.

Hace una semana, en domingo, buscaba en La Rambla un periódico donde entrevistaban a una locutora de radio que sigo con fidelidad. En medio del boulevard vi a un hombre completamente desnudo. Había oído hablar de él, pero no imaginaba que fuera tan viejo, tan decrépito, tan tatuado, tan lastimoso. Seguramente no aguantaría el peso de un saco a sus espaldas. Allí estaba con su trompa de Shin-Chan, pidiendo que le observaran, que hubiera flashes, que los turistas se giraran a admirarle.

A ciento cincuenta kilómetros de distancia, el hombre del saco sería incapaz de mostrar su cuerpo a ningún ser vivo que no fuera una mata de maíz o una liebre saltarina. Me acordé de él y pasé de largo ante el exhibicionista, camino del Saló Nàutic de Barcelona cuyos yates dejaré de comprar para invertir en ruinosos olivos cuando me toque la lotería.

Il camminatóre disperato

El hermano del señor Hayden es un homenot. Conmueve contemplar la montaña de su cuerpo disfrutando de su gran pasión por la música clásica. Podría abrazarte hasta la muerte como un oso pardo, pero prefiere utilizar sus brazos para dibujar el vuelo de un violín en una pieza de Aaron Copland. Rodeo, por ejemplo.

Tenemos los mismos cuarenta y dos años e idéntico estado civil: soltero. Incluso nos parecemos ligeramente en el aspecto físico. Por eso me gusta preguntarle al sargento por la masculinidad de su hermano. "Solo y sin compromiso a esa edad... no sé qué pensar", le digo. Mi padre siempre ríe con ganas esa broma recurrente en las sobremesas del domingo.

El último fin de semana, el homenot vino a comer a la granja de los caballos por primera vez en su vida. Estaba relajado, como de costumbre, a pesar de que le sentaran a mi lado. El tipo me cae bien y no le ataqué a fondo como hago siempre con el señor Hayden. (Es una pena que, a finales de los noventa, mi hermana se equivocara en el proceso de selección de marido -cuya cola de candidatos daba la vuelta al domicilio familiar, se alargaba a la sombra de los muros de las granjas vecinas y se extraviaba entre las fincas de manzanos.)

Me abrigaba compartir soltería con él, hasta que el policía tintineó contra la copa de cava su pistola de nueve milímetros parabellum con carga superior a doce cartuchos para anunciar a los presentes que el homenot tenía -por fin, y quizás definitivamente- pareja. No le creí, hasta que discurrió de mano en mano una fotografía de los recién enamorados sentados frente a una mesa parecida a la un banquete nupcial. (Debo declarar, muy a pesar mío, que la mujer parecía atractiva en la imagen.) Mi broma eterna acerca de su hombría caducó en un instante, y ya era el único impar en la mesa de los festivos (el señor Gris hace pareja con el pequeño Hayden, y no cuenta). Rumiaba en esas circunstancias cuando salió disparado el tapón de una nueva botella espumosa con motivo de las celebraciones, y pude seguir con mirada triste su trayectoria curva hacia las fauces del can que lo apresaron al vuelo, como si fuera una pieza de caza. Se tumbó para convertir el corcho en migas a base de su paciencia y del aguante de la señora Sofía que le miraba -amenazante- de reojo, pensando en que después debería barrer con la escoba los restos de su extrema autopsia.

Quizás sea tiempo de redirigir mi vida. He leído en algún sitio que una mujer italiana de treinta años -llamada, o apodada, Sara Disperata- promete relaciones sexuales de una noche a cambio de un trabajo estable de mil doscientos euros al mes. Ha tenido mútiples respuestas, incluida una extraña de la Santa Sede. Su éxito me ha servido para reflexionar y alcanzar una decisión: ofrezco una única noche de sexo a cambio de pareja estable. Ignoro cómo me gustaría que fuera esa persona. En realidad, desconozco cómo son las damas contemporáneas y qué puedo esperar de ellas. He buscado en un diccionario de sinónimos la palabra mujer, para indagar potenciales pistas; y me ofrece, entre otras posibilidades, el vocablo "ángel del hogar". Claro que la quinta edición que poseo es de 1973, y sería extraño acudir con un ser alado a la granja de los caballos. Los Hayden y mis padres me mirarían con un interrogante sobre sus cabezas y el señor Gris despreciaría los corchos de la fiesta.

Hace tiempo, leí una carta de Josep Pla y pensé que allí radicaba mi ideal de compañera. Es una misiva escrita en los años veinte desde Leeds. El escritor comunica a su hermana Rosa su intención de casarse con la danesa Adi Enberg, hija del cónsul de ese país en Barcelona:

"Querida Rosa: (...). Te debe parecer muy extraño que me case. Ya ves. Es así. Me caso por varias razones. En primer lugar porque ella me gusta. Es muy limpia, agradable, poco agitada -ya lo soy yo bastante-, y estar a su lado no cansa nada. Después, porque me puede ayudar, porque es una persona que tiene muchos más elementos que yo para ganarse la vida si es necesario. Después, se cuidará de todas mis cosas y arreglará las que para mí son más difíciles, que son las cosas prácticas, ya que yo soy una verdadera criatura y como quien dice no sé arreglar nada. Finalmente, porque pienso que ella me quiere mucho más a mí que yo a ella. Hace muchos años que llevo una vida fantástica y tengo olvidadas, o no sé lo que son, muchas de las cosas de las que habla la gente. Pienso que me transformará en una persona normal, muy equilibrada, sin estas desproporciones que hoy siento, que me transformará, para decirlo en pocas palabras, en un hombre en toda la extensión de la palabra. La vida pasada se ha acabado y hasta ahora me ha salido bien, sin novedad. Ahora será otra cosa y pienso que todo irá bien...".

No hay constancia de que alcanzaran el matrimonio. Pero no me importaría tener a una Adi para contraatacar al homenot, en la mesa del comedor de la granja de los caballos, anunciando mi nueva condición sentimental. Le pediría la pistola al sargento y le miraría fríamente mientras golpeo con el cañón la copa de mi felicidad recién estrenada.

Fondo de armario

Según el calendario permanecemos en verano, y me comporto consecuentemente. Me extrañó que no estuviera el cobrador en la puerta de las piscinas municipales de la tierra de la niebla, que hubieran quitado el tapón del desagüe de las balsas, que en la grama sólo permaneciera extendida mi toalla, que dispusiera de una hectárea completa de instalaciones recreativas sólo para mí.

Al menos, las duchas funcionaban y apenas había moscas. Abrí la novela Middlesex por el punto de libro que es un billete de tren. Entonces, Cal Stephanides me contó: "Invité a Julie Kikuchi a pasar el fin de semana fuera. En Pomerania. La idea era ir en coche a Usedom, una isla del Báltico, y alojarnos en un antiguo centro turístico que gozó de la estima de Guillermo II. Insistí en poner de relieve que tendríamos habitaciones separadas. Como era fin de semana, traté de vestirme con ropa informal. Para mí no es fácil. Me puse un jersey de pelo de camello. de cuello vuelto, chaqueta de tweed y pantalones vaqueros. Con zapatos de Edward Green, de color burdeos y hechos a mano. Este modelo en concreto, llamado Dundee, parece muy de vestir hasta que se ve la suela de goma moldeada. El cuero tiene doble espesor. El Dundee es un zapato concebido para recorrer la finca, para pisotear el barro con corbata y los spaniels detrás. Tuve que esperar meses a que me los entregaran. En la caja decía: Edward Green, maestro zapatero para gente poco común. Eso soy yo, exactamente. Poco común".

No revoloteaban moscas, las duchas funcionaban y nadie me molestaba. Pero, para que la escena fuera ciertamente idílica, me faltaba el jersey de pelo de camello del protagonista de la novela de Jeffrey Eugenides, porque el cielo andaba oscurecido y el viento de poniente me obligó a sacar la toalla de debajo de mi cuerpo, para cubrirme con ella; aunque apenas estábamos en el ecuador de septiembre.

Antes los veranos duraban todo el verano. Ahora se diluyen como la arena de Cayo Sal entre mis dedos, en un visto y no visto.

Las recientes lluvias dejaron embarrados los caminos de la tierra de la niebla; con huellas de tractores de los propietarios de las fincas, huellas de todoterrenos de los encargados, huellas de motos de los capataces, huellas de bicicletas de los peones de piel más oscura que la nuestra. Todos se apuraban para acabar de recolectar las frutas que maduraban en los árboles en este verano efímero.

En cualquier esquina aparecía un hombre negro pedaleando apremiado; en cualquier cruce de caminos había un grupo de magrebís marchando a paso militar junto a los tallos secos de las matas de hinojo; bajo un cielo ensangrentado, con nubes de algodón que pretendían sanarlo. El viento azotaba sus pieles para preguntarles por qué habían salido a campo abierto en camiseta promocional si ya estábamos en septiembre. (Quizás porque no tenían nada más que ponerse.) Sólo descubrieron que el verano era cosa del pasado cuando sus jefes dieron las órdenes del día ataviados con botas de suela de goma, pantalones gruesos de algodón y chaquetas acolchadas. Los manzanos estaban húmedos de rocío y lluvia, las ramas salpicaban los cuerpos estivales al paso del tractor, el suelo metálico era resbaladizo bajo el fango acumulado en unas frágiles alpargatas rebozadas con fango.

La señora Sofía preparó una montaña con mi ropa vieja para entregarla a los africanos que están empleados en la finca de sus amigos, y sólo pude pactar el rescate de una camisa y dos t-shirts aduciendo que eran antiguos obsequios y que no se podían regalar. Ambos somos absolutamente contrarios a la presencia de inmigrantes masivos en nuestras vidas; pero ella tiene ese instinto maternal innato que le impide comportarse mal con un ser humano. Y yo no he sido nunca madre (aunque, este fin de semana contemplé algo que llevaba años sin ver: unos caracoles -sin orden geométrico- depositaban su legado en agujeros bajo la bóveda gris. Los huevos transparentes -algo tan delicado- quedaron a media intemperie, con vida dentro, y los fui esquivando con mis botas como en un juego acrobático.)

Regresé a la metrópolis en el tren del sur. Su paso transcurre primero entre llanos de fruta dulce y viñas; después junto a montes de escasa envergadura y, finalmente, se precipita en un camino paralelo al mar. Buscaba un último guiño de este verano fugaz. No lo encontré en las persianas clausuradas de los apartamentos de temporada, ni en las calles solitarias de sus municipios. En las playas (entre páramos agrestes con tallos azotados por el viento) quedaban únicamente viejos pescadores de caña y nostálgicos paseantes con gorrita, pantalón corto sobre la rodilla, jersey de manga larga y mochila. Los chiringuitos cerrados en las ensenadas lucharían contra el salitre hasta el verano siguiente.

Sólo en un golf de nueve hoyos descubrí algo parecido a la felicidad estival eterna. Los deportistas medían la distancia del put ataviados de verano: polo Lacoste, pantaloncito claro, calzado Footjoy en blanco y negro y paraguas Callaway por si llovía en ese día hermafrodita. Les seguían los caddies abrigados de otoño. Todo lo contrario que en la tierra del sol: los ricos con vestimenta ligera y los humildes bien tapados. No se lo contaré a la señora Sofía, no vaya a ser que les envíe lo poco que queda de mi ropa otoñal a esos deportistas domingueros que extravían pelotas compactas en el Mediterráneo.

El mar se alejaba, y el tren acometía la entrada en la gran Barcelona. Entre mis dedos se diluía mi verano y sus recuerdos: alegres y amargos: la doble "a". Con el frío deberé buscar acomodo en lugares a cubierto, en lugar de pasear, ejercer de foca en una piscina municipal o vagabundear por una playa. Quizás vuelva a asistir al cine. Espero que sigan permitiendo fumar en las salas, como sucedía antaño.

El resorte

El señor Gris ha engordado un kilo, apoya de nuevo la pata enferma en el suelo y tiene la suficiente fuerza como para frenarse ante la puerta de la clínica veterinaria del hombre que cuida animales en la tierra de la niebla (recuerda, sin duda, las enormes inyecciones que le suministra periódicamente). Levantándole a peso, le pregunté a su nueva ayudante si estaba ocupado mi viejo amigo. La walkiria me pidió que siguiera sus contorneantes caderas hasta el despacho de la báscula de peso, de las estanterías con anticoagulantes y antisépticos, de los cajones con jeringuillas, del fregadero con restos de sangre, de la orla universitaria donde el veterinario todavía peinaba ese cabello castaño que ha ido borrándose en las posteriores fotografías desde la etapa universitaria en que compartimos piso durante cinco años.

Le sorprendió la mejora que ha experimentado el señor Gris en las últimas semanas: la reducción en la inflamación de su pierna, la suficiencia en el andar, su excelente estado de ánimo. Recomendó un refuerzo al tratamiento farmacéutico actual, en forma de nuevas píldoras, para engrosar los tendones de la articulación dañada (quizás así obtendrá una mejor calidad de vida en los meses -quizás años- que le quedan por delante). Nos sedujo dialogar un rato de temas pendientes; por ejemplo, que anda en conversaciones con una mujer de las tierras interiores. Imagino que leyó en mis ojos que me alegraba de veras. Siempre hemos dispuesto de mecanismos de comunicación silenciosos (miradas, palmadas en la espalda, muecas cóncavas o convexas en los labios...) que nos han permitido trasladarnos emociones sin hablar de ellas, comprendernos sin darnos explicaciones. Por algo somos cangrejos y tímidos y afectivos (en su caso, también es efectivo).

Regresé a la granja de los caballos esperanzado, con nuevas medicinas en la mochila para el señor Gris. El sargento Hayden intentaba conectar su nuevo juguete tecnológico de captar imágenes -fijas o en movimiento- en el aparato de televisión del comedor. Enfocó mi lugar en la mesa, lo puso en marcha y funcionó. La familia disfrutó de un inmejorable almuerzo, contemplando en la pantalla -a tamaño amplificado- cómo engullía caracoles o roía costillas de cordero o me salpicaba el morro con salsa allioli o hurgaba entre mis muelas con el dedo índice o le exigía un alehop al perro payaso para que tragara las sobras y ganara otros gramos de peso.

El primero en acabar de comer es siempre mi sobrino. Su estómago todavía es de tamaño reducido y asimila alimentos cuando le viene en gana. La segunda es la señora Sofía (a pesar de que se levanta varias veces para ejercer de anfitriona con su carácter servicial). El tercero soy yo porque no me apetecen las comidas copiosas y jamás tomo postre. Entonces el pequeño Hayden va a jugar con su abuela o con quien esté disponible en ese momento. (Conmigo, por ejemplo, si no hay nadie más.) Este domingo me tocó encaramarle sobre mis piernas. Antes expropió la cadena de la cortina del pasillo; y ahora se empeñaba en introducir una arandela en la primera falange de mi dedo índice de la mano derecha, luego en la segunda y -apretando- en la tercera. Me cogió desprevenido, charlando con alguien en la mesa, cuando tiró fuerte de la sujeción. Sentí un dolor inesperado y, al insistir en no soltar mi encadenamiento, liberó un pequeño resorte que llevaba años inactivo en mi interior: el de la violencia con los débiles. Le pegué una sonora bofetada.

A veces le doy un azote en el culo o una colleja. Sé que lo va a comprender y que va a llorar de mentira para que le mimen. Deduzco que vendrá de nuevo a jugar conmigo con el elefante que emite sonidos. Pero este domingo salió de paseo ese animal agresivo que comparte mi vida. Tras la bofetada, el pequeño Hayden se sentó asustado en el suelo y no lloró. Entonces entendí que mi reacción instintiva no había pasado por el filtro de la razón y me asusté de mí mismo. Por eso, y porque todos me observaban (incluso la cámara televisiva que había captado el momento, sin grabarlo), les mostré mi herida en el dedo (epidérmica y a nivel interior), y no se acabó el silencio.

El pequeño se levantó del suelo, solidario con mi infortunio, y cabalgó sobre mis piernas de nuevo, hasta que la señora Hayden le apartó de mí.

En mi infancia recibí muchas bofetadas (todas razonables, analizadas con el paso del tiempo, aunque entonces me dolieran). La mayoría provenían de las manos alargadas de mi madre. El resto, prácticamente, de Fermín Mas (un hermano de La Salle, con cuya congregación tuve los primeros tratos en materia educativa). Analizándolo con perspectiva, me resulta curioso: ambos me pegaron repetidamente, pero también me hicieron descubrir el mundo de las palabras. La señora Sofía me enseñó a leer y a escribir a los cuatro años, y Fermín me enseñó a relatar a los doce. Ahora les asocio con el mundo de la lengua escrita, y no con los castigos corporales.

No recuerdo golpes de mi padre, ni de ninguno de mis muchos tíos, aunque sin duda les di pie para ello (y quizás lo hicieran). ¿Tuvieron más paciencia conmigo que la mía con el pequeño Hayden, o no mostraron interés alguno en entretenerse con un niño?

Me encanta jugar con mi sobrino al escondite, o mostrarle secretos en la casa o en campo abierto, o contarle historias de osos polares que le hagan soñar. Pero le entusiasma ser un gamberro y mostrarse salvaje y libre. Y no tengo ningún interés en que me rompa un dedo índice con la cadena de una cortina (es uno de los dos que utilizo para escribir, porque me manejo exclusivamente con los índices ante el teclado). Tampoco en volverle a pegar. Me gustaría involucrarme en su educación y jugar a los premios y a los castigos. Pero no me corresponde. Así que les dejaré la responsabilidad a los Hayden; y ya veré si me apetece seguir ejerciendo de tío o esperaré a reencontrarme con él cuando esté habituado a esta forma nuestra de entender la vida, dentro de unos años, cuando ese animal feroz que habita en mi interior se haya largado definitivamente a hacer puñetas.

Troupe

La granja de los caballos tiene muchos cuartos, distribuidos en tres plantas, y la señora Sofía y el Tenista podrían jugar al escondite durante horas sin encontrarse. Hay cuatro dormitorios, pero ellos se empeñan en coincidir cada noche en el mismo después de cuarenta años. Se aman, sueñan, roncan, se dan golpecitos en las madrugadas para alertar al otro por cualquier ruido extraño en la vivienda, discuten cuando al futbolero se le cae el transistor en el que escucha la información de su equipo... Y amanecen.

Todo es orden, paz y silencio, hasta que la troupe circense acudimos de visita los viernes por la noche para regalarles una función. Descargamos los baúles golpeando las paredes, entramos los trapecios, las cajas de magia, las lonas de la carpa, al señor Gris disfrazado de león... La casa se llena de ruidos, las escaleras son transitadas a todas horas por personas y animales como en unos grandes almacenes, y la vida se escampa por todos los rincones como una canción de verbena. Resulta agradable.

El sábado pasado coincidimos todos en la planta baja a mediodía, repartiéndonos las tareas.

El pequeño Hayden me pidió que le quitara las protecciones en su bicicleta infantil porque se siente maduro y quiere circular a dos ruedas. Nunca he sido hábil con las herramientas; así que cuando la llave inglesa se escurrió entre mis manos para causarme una herida (prácticamente mortal) en un dedo, pensé que era lo lógico.

El niño quiso curarme (de mayor se va a dedicar a las ciencias de la salud; con su bata de enfermero, de médico, de veterinario o de fisioterapeuta). Me arrastró al cuarto de baño para aplicarme alcohol en la herida. Grité, de broma, y lanzó otro chorrito sobre mi dedo para escucharme gemir de nuevo. Me aplicó una compresa con papel higiénico para secar la sangre, y una tirita de color azul celeste con dibujos de animales. Cada ratito venía a preguntarme si podía ponerme un poco más de desinfectante, el muy gamberro.

El señor Hayden se dedicó a vaciar los muebles del comedor con sus músculos fuertes; esta semana van a venir los pintores y a mi padre le cuesta arrastrar pesos.

La señora Sofía se mantuvo en la dirección de los fogones, cocinando espléndidos platos como caracoles a la brasa, calamares a la romana, fideuà, ensaladilla rusa natural, lenguado con almendras...

La señora Hayden desmenuzó los despojos de pollo destinados al señor Gris (normalmente los parte él mismo con las fauces, pero últimamente anda desganado) y los puso en su bocaza tranquilamente. El perro tiene costumbre de masticar de manera poco educada, y ambos acabaron con los cabellos y los pelos llenos de virutas de carne blanca.

El Tenista acompañó al pequeño Hayden en su estreno como ciclista hasta un prado cercano, y sólo tuvo que recogerle del suelo una vez. Diagnóstico: leves rasguños en un codo al que aplicaron una tirita infantil.

Distintos ruidos (risas de niño, ladridos de perro, cazuelas tamboreando contra la repisa, el DVD del Rey león a toda pastilla, chapoteos en la piscina de plástico...) y sonidos (el agua de la manguera rebotando en las hojas tropicales de las marquesas, el hervor de las verduras en la olla, los pasos sigilosos del gato forastero alrededor del plato del señor Gris buscando restos de pollo, las hojas de una revista transcurriendo en la falda de mi hermana, mi bicicleta rodando por el pasillo en dirección a la puerta principal...) pusieron el hilo musical de la tarde.

La actividad descendió después de la cena, y el silencio se coló por fin en la vivienda. Acudí al balcón de mis padres. Estaba ella (con quién me parezco en todos los sentidos) disfrutando de una brisa fresca antes de acostarse.

Le dije hola y me pidió que me callara para escuchar el rumor de unos motores en la lejanía. Un avión cruzaba lentamente nuestro cielo, a miles de metros sobre los tejados de las granjas vecinas. La señora Sofía no está acostumbrada a su presencia, y eso explica su emoción del momento. Lo teníamos frente a nosotros, muy lejano, cuando una estrella fugoz se cruzó en el camino del reactor con la brevedad de un chispazo. Hacía tiempo que no observaba ese fenómeno y lo celebré con un comentario en voz alta. "Chist" (ella está habituada a que lluevan astros en el firmamento, pero no sabe cuándo pasará de nuevo sobre su vida una máquina voladora).

Permanecimos un rato unidos, sin hablar (cada uno en su mundo), con aquel cordón umbilical de hace cuarenta y dos años que se ha ido desgastando con el tiempo, aunque no definitivamente. Después apareció el señor Gris, disfrazado de león con expresión simpática, y tuvo caricias a cuatro manos; hasta que a la señora Sofía le entró el sueño y nos expulsó de su balcón para cerrar las puertas hasta el día siguiente.

El pequeño Hayden y los osos polares

Tengo llaves del domicilio Hayden, y sé cuándo no están en casa.

Entonces, me gusta entrar en la habitación del pequeño y dibujarle en el suelo una espiral o una estrella o un sol radiante alineando sus elefantes, jirafas, caballos, tigres, gallinas, dinosaurios, delfines... de la marca Schleich. Tiene una caja enorme de cartón y dos botes de plástico repletos de figuritas. Le encantan los animales y los reconoce a todos. Me entusiasma imaginar la cara expresiva que dibujará cuando descubra el desfile de mascotas inanimadas que han cobrado vida en su ausencia.

Hace pocos días, el piso permanecía vacío. Tomé tres osos grandes de peluche para acostarles en la cama del niño, con las sábanas cubriéndoles hasta la barbilla y unos cuentos abiertos sobre sus pechos cuya lectura les habría dormido.

Esta noche me ha llamado la señora Hayden alrededor de las nueve. Como siempre, el sobrino de cuatro años ha insistido en charlar conmigo, con su diálogo escaso. Traduzco la conversación que hemos mantenido en catalán.

-Hola tío.
-Hola tío no, ¿cómo me llamo?
-Tío.

(Se acuerda del nombre del hermano de mi cuñado, que tiene más letras que el mío, pero es incapaz de llamarme como Dios manda).

-¿Ya has cenado?
-No.
-Pídele a la mami que te haga macarrones.
-Espera que se lo digo.

(De fondo, se escucha a su madre explicándole que los macarrones se los cocinará la señora Sofía en la tierra de la niebla; esta noche toca verdura y pescado).

-Hola tío.
-Hola, ¿te darán un plato de macarrones?
-Sí.
-¿Seguro?
-Sí (miente).
-Y me guardarás la mitad para que venga a comérmelos dentro de un rato.
-No.
-¿Cómo que no? El tío también tiene hambre. ¿No me darás ni un poquito?
-No.
-Pues vendré y me los comeré todos.

(El niño ríe a carcajadas).

-¡Noooo!
-Ahora mismo me pongo los zapatos de caminar rápido, y vengo a devorarlos.
-Me esconderé en mi habitación con el plato de macarrones.
-Pero, sé dónde duermes y te encontraré.
-¡Noooo!

(No para de reírse).

-¿Viste el otro día que dormían tres osos en tu cama?
-¡Ohhh! ¿De verdad?
-¿No los recuerdas?
-No (duda).

(El pequeño Hayden se queda muy callado)

-¿De verdad no los viste?
-No.
-Eran pequeños y de colores y descansaban tapados hasta el cuello, ¿no te acuerdas?
-No. ¿Te dieron miedo tío?
-Ja, ja, ja, no hombre; dormían y eran bebés.
-¿Bebés?
-Eran pequeños.
-¿Y hacían ruido?
-Roncaban un poco.
-¿Cómo?

(Le reproduzco el sonido del ronquido de los osos por teléfono).

-Y... ¿por qué estaban en mi cama?
-Tenían sueño y, como estaba vacía, se acostaron allí.
-¿En mi litera o en la de arriba?
-En la tuya.

(A esas alturas de la conversación, comprendo que cree que le hablo de osos reales, como los del zoo, donde tiene carnet de socio infantil).

-¿Y eran grandes?
-No, no, no, eran chiquitos; no daban miedo, y dormían profundo. Habían subido por las paredes del edificio para descansar en tu dormitorio.
-¿Y de dónde venían?
-De Cambrils (el fin de semana pasado estuvo en esa población costera invitado por su novia Marina, de su misma edad, y todavía tiene fresco el nombre del pueblo).
-¡Ohhhhh!
-Resulta que en su país hace mucho frío en invierno y vienen a vivir a Cambrils porque hay sol. Cuando aquí hace calor, como sudan tanto tienen que regresar al Polo Norte. Y a mitad de camino les entró sueño y les encontré en tu litera.
-¿Dónde están ahora?
-Creo que esta noche la pasarán en tu colegio.
-¡Ohhhhh! Quiero ir a verles. ¿Me llevas tío? ¿Me llevas?
-Si me das macarrones...

Mi hermana coge el teléfono; me pregunta qué le explico al pequeño Hayden que tiene los ojos como platos.

-Nada, temas de hombres.
-No le cuentes cosas raras, que luego no duerme.

Cuando ejercía de hermano mayor, me inventaba para ella relatos protagonizados por una familia de vaquitas. Abría unos ojos como platos, exigiendo una historia tras otra, hasta que los iba guiñando entre bostezos, y se dormía en aquella habitación de la granja de los caballos compartida en la infancia.

No tengo hijos reconocidos, y desconozco si me gustaría tener dos o tres camadas oficiales a mi cuidado. Pero en las criaturas admiro ese punto de ingenuidad que los mayores perdimos lamentablemente con la primera menstruación o el primer afeitado.

Esta tarde regresaba a casa cargado con la compra. Una niña, de la edad del pequeño Hayden, acababa de orinar junto a un árbol. Su madre le arreglaba la ropa, cuando le ha preguntado: "¿Qué dirá la gente si me ha visto hacer pipí aquí?". Entrañable.

Normalmente les caigo bien a los pequeños (también a los ancianos y a los perros; aunque carezco de la misma suerte con las mujeres de entre veinte y cincuenta años). Hace poco hablaba con una princesita por teléfono, de esas que dicen "xí" en lugar de "sí", y que se admiran con grandes exclamaciones cuando les cuentas algo sorprendente. No recuerdo el motivo, pero comenzamos a reírnos sin continencia. Con su alegría, me restó veinte años de vejez; no los suficientes como para ser su novio en la escuela y que me invitara a Cambrils o a Salou o a Reus para señalarme con sus deditos anillados los osos polares que invernan allí.

Cuentos de verano

Las mejores escenas estivales están filmadas en Novecento de Bernardo Bertolucci. Sterling Hayden interpreta a un jornalero que sucumbe agotado por la vida en un campo de trigo de Emilia-Romaña; mientras su patrón, dibujado por Burt Lancaster, le suplica a una adolescente que le ordeñe en los establos para descubrir que su vejez es irreversible.

Las segundas aparecen en Cuento de verano de Eric Rohmer, el mayor cineasta vivo a la hora de describir sensaciones. La película narra el veraneo que me gustaría haber vivido hace tiempo: un joven estudiante de matemáticas viaja a la Bretaña ensimismado en sus cálculos mentales, en sus paseos silenciosos por la playa, mientras tres muchachas se pelean por aquel hombre sin encanto.

Las terceras hay que buscarlas en la tierra de la niebla.

Adoro el mes de agosto. En la niñez, el calor rebotaba contra los muros gruesos de la torre de mi abuelo materno, mientras dormíamos la siesta en la penumbra fresca y los grillos andaban con diálogos fuera del recinto.

Se llegaba a la casa, rodeada por un ejército de mil manzanos en formación, recorriendo un camino de tierra desde la carretera. En su margen izquierdo reposaba el esqueleto oxidado del camión de un feriante al que se le ocurrió, años atrás, estrellarse junto a la plantación. Su panza estaba repleta de coches de tiovivo; y el viejo Joan sudó media mañana para liberar del amasijo de hierros un par de ellos, ante las exigencias de la señora Hayden y las mías.

Nos pasamos aquel verano, y los siguientes, haciendo carreras inútiles con aquellos trastos pesados que no se movían ni un milímetro de su posición inicial; acompañando a la señora Sofía a pescar cangrejos de río; enfermando de la barriga de tanto engullir palosantos. El agua fresca de un pozo era subida a cubo y correa para refrescar nuestros cuerpos infantiles después de cada jornada emocionante. Muchas de ellas afloran en las sobremesas actuales, en forma de nostalgia.

Mi abuelo no se cansó de desear un hijo varón que le substituyera al frente de la finca; pero su pobre esposa parió seis veces y siempre les pusieron nombres de mujer. La última fue mi madre; al salir apagó la luz en aquel vientre extenuado. La abuela murió cuando yo tenía apenas tres años; aunque conservo imágenes fugaces de su rostro ancho sonriéndome en una cama. Él aguantó diez años más trabajando solo en aquel territorio vital calculado en hectáreas; hasta que le venció el agotamiento y depositó los recuerdos, los manzanos, el árbol de los palosantos, el pozo y los coches del tiovivo bajo un cartel de "En venta", para dejarse encarcelar en un pisito de la ciudad que le consumió en poco tiempo. Enfermó en invierno. Una noche de mi adolescencia en que me tocaba cuidarle, giró levemente el cuello y se dispuso a soñar el sueño eterno en aquella habitación oscura de la calle mayor.

Ahora, mis veranos son sinónimos de disputar partidos con el tenista, de nadar en el agua fresca de las piscinas municipales y de trabajar cuatro o cinco días en el campo, para recordar los orígenes. Me monto en plataformas hidráulicas que circulan a cámara lenta entre filas de manzanos, con una decena de subsaharianos de nombres sonoros como Gbesé, mientras escucho sus historias africanas que entrarán a formar parte de mis recuerdos ajenos.

Todavía no he resuelto el resto de las vacaciones. Hay propuestas atractivas para ocupar casas en la vieja Europa o en el centro de la península, siempre con la prohibición de decorar sus muros con pintadas reivindicativas. Seguramente permaneceré en la metrópolis para cerrar una de esas carpetas con temas pendientes que todos guardamos en un cajón.

No estaré solo. El hombre sin suerte se quedará el mes de agosto sufriendo la humedad de la ciudad y exigirá que le convide a las fiestas del barrio, o me arrastrará al Universal para puntuar a las mujeres noctámbulas.

Tampoco tendrá vacaciones Paloma: cada tarde subirá a escena con el coro de las putas, mientras maldice los retrasos ferroviarios y a las personas que tienen ganas de pasear acompañadas dos horas en la madrugada.

A pesar de su rodilla recién operada, la princesita brincará escaleras arriba como una gata en busca de su terrado de zinc caliente, para reunirse allí con sus nuevos amigos de sesenta y cinco años y regalarles dulces y risas en los atardeceres.

Mercedes permanecerá en su valle de las montañas, cuidando de su bebé gordito que hace callar a los perros que ladran con un te-te-teee; mientras sueña de manera irreal en que su equipito de fútbol derrotará al campeón por muchos años.

Otras personas volarán para alejarse del Turó Parc, sin solidarizarse con los que nos quedamos cuidando de los recintos de invierno. Espero postales del norte de Francia, Nueva York, Bruselas, Euskadi... Leeré sus palabras en voz alta para que el señor Gris gruña con exageración en cada pausa por el cambio de parágrafo. No le gusta el silencio al perro payaso. Cualquier día aparecerá un enano para decirle cuatro te-tés y se va a esconder debajo de la cama.

Agot

En pleno mediodía del sábado, algún funcionario en el cielo olvidó cerrar el horno crematorio de las malas almas. Así que recorrí los dos kilómetros que me separan del domicilio de los Hayden dando pequeños rodeos para aprovechar la mínima sombra en las calles; y cuando era imposible bordear el charco de sol en la calzada, trotaba de puntillas, más veloz que el correcaminos.

Siempre cumplo las normas del decoro; aunque ayer le pedí permiso a mi vergüenza para andar en bañador beige, camiseta negra de palista, gorrita de béisbol y calzado deportivo que me protegiera de los ardores del asfalto. Con un bigote y una plancha surfera bajo el brazo habría llamado a la mujer checa para comunicarle que su soñado Thomas Magnum estaba en la ciudad, de vacaciones.

Me habían convidado para cuidar al pequeño Hayden toda la tarde. Al menos me pagan: cada par de horas puedo tomarme una cerveza de la nevera, aunque el sargento de policía esconde los licores bajo llave en un armario elevado. Este año han sido tantos los ratos de vigilancia del niño, que me ha nacido un bonito flotador alrededor de la cintura que me guarda de los naufragios en el mar.

Creo firmemente que el señor Hayden sólo tuvo interés en acceder a la paternidad con el plan premeditado de condenar mis tardes de sábado, de domingo, de fiestas de guardar... a contarle cuentos antiguos a su hijo o a organizar obras de teatro infantiles con el pequeño, el señor Gris y la rata Babe en el parquet del comedor; mientras la pareja disfruta de románticos paseos por las calles comerciales del centro de la metrópolis, visita galerías de arte o cena como recién enamorados.

Hace tres veranos, me comunicaron que sería tío por segunda vez, sin concretar cuándo, y que se incrementarían mis responsabilidades. Ahora conozco la fecha definitiva de mi nueva condena: alrededor de la Navidad. El vientre de mi hermana está liso como la plancha surfera que olvidé en mi disfraz hawaiano, pero faltan pocos meses para su vuelo a Addis Abeba en busca de una criatura a la que deberé explicarle la fábula de la ratita presumida cuando aprenda nuestro idioma.

La señora Sofía mantiene esperanzas en tener una nieta rubita y con trenzas tirolesas, a pesar de que le han contado que en Etiopía las personas no son precisamente claras de piel. Pero sus conocimientos de antropología escasean y nadie le va a robar la ilusión. A mí no me preocupan los colores, aunque exijo que sea una niña porque en mi familia hay exceso de machitos. Además, ellas se convierten antes en personas; y estoy convencido de que no tendrá especial interés en robar mi vaso verde de plástico en el que bebo desde que era niño en la tierra del sol, y que tanto me cuesta proteger ante los intentos de expolio del pequeño Hayden.

En Etiopía viven encaprichados en hablar una extraña lengua llamada amhárico, y en escribir con signos indescifrables. Les regalé a los Hayden un diccionario de ese idioma al inglés, del que extraje algunas palabras necesarias para que mi nuevo pariente pueda llamar con propiedad a los seres vivos que le rodearán en el futuro:

Madre: enat.
Padre: abbat.
Hermano: weundem.
Abuela: set ayat.
Abuelo: weund ayat.
Perro: wusha.
Rata: aiyt.

También a los visitantes que aparecerán en la terraza de su todavía desconocido hogar cercano a la Sagrada Familia; como la mariposa que es un birabiro, o los mosquitos que se denominan bimbi en el macizo Etiópico, en la meseta de Eritrea o en la fosa de Danakilia.

Falto yo, el tío, que seré su agot. La frase será: "Agot, caca", y crearemos un café con leche al enlazar nuestras manos camino del cuarto de baño.

Las nuevas relaciones familiares son extrañas para mí, acostumbrado a vivir de pequeño con una abuela en nuestra vivienda, a que las mujeres no trabajaran para cuidar a su prole, a que nadie se marchara de casa por un o una amante más joven, a pasar los veranos con los tíos en su finca lejana, a hablar todos en el mismo idioma, a ser del mismo color...

Ahora, se conciben o se adoptan hijos para ocupar las tardes de sábado de los tíos; y en cada familia debe quedar alguien soltero para estar disponible a todas horas. Debo reconocer que obtengo algo más que cerveza cuando me contratan de canguro. La señora Hayden me mantiene anclado a su mundo feliz, y su marido me deja disparar en ocasiones su pistola descargada, que tiene el gatillo oxidado. Es el menos malo de los cuñados que podría admitir en mi vida; lo que no le evitará que aumente mis exigencias con la sobrina etíope. Una vez al mes le pediré la llave del armario del brandy.

Le va a doler comprobar cómo baja el nivel del líquido, que tiene marcado con una rayita.

Reencarnación

El sábado fue mi cumpleaños, y el señor Gris no tuvo inconveniente en robarme todo el protagonismo con su patita trasera renqueante.

El pequeño Hayden compartió con él su plato de tallarines salteados con mantequilla y bacon, a pesar de que se guardan celos. La señora Sofía untó media baguette en el fondo de la cazuela del redondo de ternera, para lanzarla a sus fauces bocado a bocado, aunque siempre andan a la greña como dos cotorras por el patio. El tenista le llevó de paseo en su automóvil hasta la sierra, si bien le tenía prohibida la entrada desde que se comió parte de un reposacabezas en un descuido. Los señores Hayden no le mimaron especialmente, porque siempre lo hacen.

Me pasé media tarde en la cama, rumiando un lugar especial al que llevar de paseo al pobre cojito. Con él he estado en sitios preciosos. Hemos descendido a bordo de un saco de plástico por laderas heladas del Valle de Bohí, mientras Ana nos fotografiaba y mi hermana y el pistolero apostaban a ver quién tragaba más nieve en la caída. Hemos nadado en una cala rocosa entre Begur y Pals, a escasos metros de los veleros fondeados cuyos ocupantes nos miraban como a focas autóctonas. Hemos tomado prestado el Turó Parc para intentar desarrollar una cierta elegancia británica, sin conseguirlo.

Cuando era un perro enano, le vi aprender a perseguir pelotas de tenis lanzadas por la señora Hayden, en aquel añorado parque de Sant Cugat del Vallès; rebozarse de arena de la playa de la Barceloneta mientras charlábamos con un hombre seguro de sí mismo nacido en el corazón de Bilbao; tener problemas con su culo gordo para subir el escalón de un palmo de altura en el piso de entonces de mi hermana.

Quise buscar un sitio diferente para pasear con el señor Gris en la tarde de mi cumpleaños, y que se almacenara entre los laberintos de caminos que deben residir en su memoria. No era cuestión de viajar a las montañas del norte o a las playas del este. Y en la tierra de la niebla ya teníamos todas las rutas trazadas. Así que le llevé a recorrer el canal, como es rutina.

Le otorgué permiso a todo. Se bañó en la acequia dos veces -lo que más le encanta en la vida-, exigiéndome que le lanzara ramas para perseguirlas a nado contra la corriente. Le permití revolcarse en la grama de un campo de manzanos, para secarse en ella mientras adquiría el aroma de los abonos naturales que tanto entusiasman a la señora Sofía a nuestro regreso. Le conduje sin atar por el camino de las granjas, para que se peleara con todos los perros que guardan las propiedades tras los cercados. Normalmente caminamos como un matrimonio sueco: a distancia y en silencio. Pero nos pasamos el viaje dialogando a nuestra manera con palabras y ladridos, recordándonos para el futuro, buscándonos con la mirada.

Era obligatorio concederle todos los caprichos porque el día anterior, a las ocho de la tarde, le diagnosticaron un cáncer imparable en un fémur.

Aunque corriéramos por los senderos a toda velocidad, brincáramos zanjas, dobláramos tallos de trigo con nuestra carrera... no conseguiríamos despistar a la muerte; es así de maldita atleta. Pronto pasearemos por caminos diferentes y no deberá llevar collar. Siempre me ha parecido que la reencarnación es una fábula esperanzadora. Me apetecería que fuera cierta, y que el azar nos reuniera en una nueva vida. Que él fuera persona y nosotros señores grises, para así devolverle todo lo que nos ha dado en estos años.

Ahora intento aliviarle, porque sabe que le pasa algo extraño. Le susurro al oído, cuando nos separamos por cualquier motivo: "Fins ara mateix maco, i no tinguis por dels petards ni de les tempestes".

El secreto

Incluso en el profundo invierno duermo desnudo. Evito a los vecinos el desagradable striptease diario porque cierro las persianas. Al depositar mi traje de hombre arisco y distante sobre una silla en la noche, mis emociones se reflejan en el espejo de pie, desamparadas porque ninguna persona las conoce, hasta que apago la lámpara en la mesita.

En la tierra de la niebla no es costumbre hablar de sensaciones. La vida en el campo es una cuestión práctica. Discutimos sobre la salud de tía Patricia, el precio del maíz, la mesa del comedor que vamos a cambiar. También de que los manzanos necesitan que llueva. Pero nadie malgasta palabras en describir esa lluvia fina que riega nuestras vidas en forma de sentimientos.

El próximo mes cumpliré cuarenta y dos años de cangrejo aislado. En la comida me interrogarán si he conocido a alguna buena chica últimamente; me aconsejarán que busque un empleo estable en lugar de trabajar por mi cuenta; asegurarán que viviría mejor en la tierra de la niebla que en la metrópolis, más ahora que han aparecido con sus vestidos almidonados muchachas tristes del este de Europa a centenares para trabajar en las plantaciones. "Sin marido", acentuará la señora Sofía. Pero será imposible escuchar de sus labios: "¿Te apetece la vida? ¿Tienes temores? ¿Son interesantes tus recuerdos?"

Por eso he comenzado a escribir, y guardo en secreto estos textos ante la gente que me rodea a diario. No entenderían que me guste desnudar mi interior sin correr las cortinas. ¿De qué sirve? ¿Cuánto te pagan por hacerlo? ¿No van a pensar que eres afeminado? Tampoco me verían reflejado en ellos; ni siquiera la señora Hayden, la más sensible entre nosotros.

Me prepararon para tener hijos a estas alturas de la vida y un piso en propiedad y vacaciones en tours turísticos del estilo Maravillas del Danubio. Pero jamás he tenido la capacidad de ser un hombre práctico; y me resulta emocionante nadar contra corriente, desde siempre y en todo lo que hago.

En la adolescencia era el más alto en esa clase de alumnos poco desarrollados. Mis pies carecían del talento para empujar el balón al fondo de la red, y me trasladé al básquet. Me dedicaba a encestar balones en soledad, mientras los compañeros organizaban extraordinarios partidos de once contra once más allá del cemento de la pista exclusivamente para mí.

Una tarde, por sorpresa, mi padre escapó de su trabajo para asistir a mi clase de deporte. El profesor Núñez tuvo ligeros los reflejos: ordenó a los futbolistas que se desplazaran a la cancha de baloncesto para que no me sintiera ajeno al grupo.

Jamás había disfrutado de tanta compañía al botar la pelota. Gané a todos en el uno contra uno, encestando con frecuencia desde la posición de alero. Mi padre regresó encantado a su labor, seguro de que su hijo era el líder de aquellos chavales desconcertados con una sandía de color naranja entre las manos, sin saber qué hacer con ella. Caía la tarde cuando me acerqué al profesor Núñez, con su barbita entrecortada de doctor House, y le ofrecí las gracias de veras.

En el lugar de ese campo de baloncesto existen ahora tres pistas de tenis. Mi padre me gana fácil en cualquiera de ellas. Una vez al año, como mucho, le derroto yo. Entonces me suplica que no explique el resultado ante la señora Sofía. Teme que ella crea que ha envejecido. Es muy buen tipo, y guarda sentimientos y secretos que nunca conoceremos porque no le gusta escribir.

El señor Cocomero

A mediodía he bajado al mercado municipal, que parece un sombrerito inglés de media copa coronando las calles gitanas de Gràcia, para comprar frutas de colores: cerezas, manzanas granny y una sandía a setenta céntimos el kilo destinada al señor Gris.

Le entusiasma engullirlas hasta que su barba de bruto queda ensangrentada y con simientes. Al contemplarle con ese aspecto le llamo cocomero, o popone si ha comido melón. Son las palabras italianas para esos productos, y le encajan como un sombrerito inglés de media copa al perro payaso. El señor Gris no tiene un nombre estable. La gente de mi familia le denomina de maneras distintas: la señora Hayden le grita "Yukka" en honor a un finlandés recordado, la señora Sofía "Aligot", el señor Hayden "Peloponeso", y mi padre opta por un "Bups" austero.

Existe un apodo consensuado por el grupo, el de "cochino" cuando regresa sucio de hierba y lodo de sus paseos junto al canal de riego. Mi madre nos dirige entonces a punta de escoba hacia el patio interior y nos prohibe el ingreso en la casa hasta que la manguera y el cepillo han recuperado una cierta dignidad en su aspecto. Al señor Gris le disgusta la acción del peine y agarra mi mano entre sus fauces cuando me entesto en desembrollar sus nudos jamaicanos. Jamás aprieta los dientes porque no ejerce la violencia doméstica; suspira resignado y me deja proseguir.

Es miembro de una raza de perros fuertes, acostumbrada desde siempre al pastoreo en las montañas pirenaicas. Los libros afirman que son capaces de marchar cuarenta kilómetros sin fatigarse; pero el señor Gris desconoce el hábito de la lectura y se ha acostumbrado a la vida sedentaria en la ciudad. Cuando retorna a ella, tras los excesos físicos y gastronómicos en la tierra del sol, se refugia bajo la cama hasta media semana. Alternativamente vuelve cojo, con otitis o con problemas digestivos. Pero los jueves me lleva de nuevo a practicar el esquí náutico tras la estela de su carrera al Turó Parc.

En septiembre habrán pasado nueve años de su elección entre otros cachorros que llegaron en un cesto de mimbre al piso de soltera de la señora Hayden. Mi hermana tuvo el reflejo rápido de bajarlo de la cama cuando comenzó a orinarse de miedo después de que su anterior dueña cerrara la puerta a su espalda. Su disgusto fue breve. A la mañana siguiente se había transformado en un golfo que brincaba sobre los muelles del sofá en espera de unas tiras de jamón dulce, hasta que nuestras cabezas chocaron y me brotó un precioso chichón que clausuró la temporada del embutido.

Al principio el animal vivía con la señora Hayden y le ayudó a superar su tristeza. Yo era simplemente el tipo que acudía a visitarles con rodajas de salchichón, conservadas en papel de alumnio, para que el señor Gris dibujara espirales con la cola al extraer el paquete de mi mochila negra. Guardo una fotografía bonita de esos días, tomada en la sierra cercana a la granja de los caballos. Ambos caminamos de espaldas al objetivo de la cámara. Su estatura se eleva apenas un palmo del suelo y yo soy un hombre alto. Hay diferencia en la distancia vertical, pero algunos descarados manifiestan que tenemos el mismo modelo de culo gordo.

La señora Hayden me llamó alarmada al poco tiempo: tenía la sensación de que la bolita de pelo estaba creciendo. Cuando alcanzó los veinte kilos consiguió arrastrarlo con la cadena hasta mi piso reducido, a pesar de que el perro frenara el trayecto con las patas, y me preguntó si podía guardarlo un momento mientras iba a comprar tabaco.

Aquí sigue, aceptando que le llame como quiera siempre que disponga de su ración de sandía en primavera. Ahora sueña sobre una colchoneta del Demonio de Tasmania con que mañana seré de nuevo su esclavo. Tirará de mi pobre hombro medio dislocado escaleras abajo, tendré que recoger sus restos calientes con un periódico, se detendrá a olfatear las perritas blancas de las niñas de buena familia en el Turó Parc que nos miran con desprecio.

Me gustaría devolvérselo a la señora Hayden, pero no quiere saber nada de tener un animal tan grande en su domicilio. Además, se desvanecería si encontrara restos de un cocomero devorado sobre su nuevo parquet. Tampoco puedo quejarme: sin la compañía del señor Gris no tendría nada.

Agua para revivir

La temperatura se ha elevado para disipar las nieblas de mi tierra, como cada año por estas fechas. De ahora hasta octubre será la patria del calor, un territorio árido como el alma de los canallas que sólo el agua de riego convertirá en hospitalario. Allí he pasado el fin de semana.

El viernes salí de fiesta con el hombre que salva vidas animales. Hacía tiempo que no hablábamos. Por esa falta de entrenamiento vivimos la noche en silencio, consagrando con la mirada a las jóvenes que bailaban en la pista de la discoteca desde nuestro altar en la barra. La camarera nos sirvió un combinado de ginebra con tónica -gin tónic creo que lo llaman ahora los adolescentes y la gente moderna-, y más tarde otro.

Pagamos por rondas, como hacíamos en la discoteca de aquella ciudad alejada del campus universitario cuando teníamos cosas que decirnos, planes futuros que desplegar ante la mirada del otro. Íbamos allí caminando para ahorrarnos el taxi, recorriendo los suburbios peligrosos, cruzando el puente elevado sobre la carretera a toda prisa para que el frío de enero no se instalara en nuestros cuerpos mal abrigados de estudiantes pobres. Antes nos gustaba rememorar esa buena época, pero el viernes nos limitamos a pedir un tercer combinado que mi cuerpo asimiló mal.

El sábado amanecí con la sensación de morir por culpa de la resaca. Deposité un último esfuerzo para escribir la palabra aigua en un papel que enganché al collar del señor Gris. Escuché el sonido característico de sus pezuñas descendiendo ligeras los tres pisos que separan mi dormitorio de la cocina, en la granja de los caballos. Al minuto apareció el pequeño Hayden arrastrando una botella de salvación para el náufrago. Engullí el líquido sin educación, emitiendo sonidos guturales. A cada sorbo se rellenaban las fisuras de mi cuerpo árido y brotaban tallos verdes en mi alma. Pronto estuve en disposición de salir a pasear con el perro.

En mi último trayecto por la zona, las tierras estaban resecas y estériles de vida. Pero el campo comenzaba a despertar tras la resaca del invierno en esa mañana de sábado. Algunas fincas recibían el agua del canal y los agricultores la distribuían por los bancales con sus azadas. Las matas de maíz ya tenían la altura de un conejo con las orejas tiesas, y los embriones de pera se agarraban a los árboles con el tamaño de una rana joven. El señor Gris se arrojó al canal sin pedir permiso, para convertirse en el señor Marrón por culpa del lodo.

La comida se retrasó porque la señora Sofía está acostumbrada a cocinar para ella y su marido, y ese día éramos algunos más. En la espera, el pequeño Hayden jugaba a abrir y cerrar el cesto de los caracoles. Extrajo uno y vino a dispesar mi lectura del periódico en una sombra del patio. Aseguraba que estaba muerto, aunque yo dijera que simplemente descansaba. Para demostrárselo, le conduje al lavadero y deposité el animal boca arriba en la palma de su mano. Abrí el grifo y dibujé una fina lluvia sobre el caracol con mis dedos. Pronto emergieron sus antenas, investigó la región, inició un tímido desplazamiento por el brazo del crío que corrió hacia las faldas de la señora Sofía para mostrarle el milagro de la resurrección, lo que retrasó un poco más el almuerzo.

El comedor era caluroso, a pesar de las ventanas abiertas, y permanecía en silencio mientras degustábamos los platos. El pequeño Hayden despertó nuestro interés, con su filosofía infantil, para preguntarnos: "Per què ens mengem els caragols si són tan bonics?". Lanzó el interrogante después de haber vaciado la última cáscara de su plato, por si acaso la respuesta era frustrante para su afición a comer caracoles a la brasa. A su espalda, mientras rumiábamos la respuesta, permanecía enmarcada una fotografía de él y su abuela frente a una buganvilia con una hemorragia de flores rojas. Los dos sonríen en esa instantánea y es difícil discernir quién tiene más cara de pillo.

Desplazado

Prefiero no coincidir con la familia Hayden en la granja de los caballos.

La señora Sofía (que es mi madre) sirve antes la comida al sargento Hayden (que no es su hijo) que a mí. Lo recrudece el hecho de que el plato de mi cuñado siempre pesa algo más que el mío, como demostré empíricamente en una ocasión gracias a la báscula de cocina. Desplegaron grandes carcajadas ante mi mueca seria de Buster Keaton, pensando que interpretaba una pallasada. Por más que intento protestar alegando razones de injusticia, me ignoran aduciendo temas de protocolo, como si fuéramos parientes rurales de la familia real.

A veces es imposible no coincidir con la familia Hayden, como esta Semana Santa. El domingo me senté a la mesa y prometo que participé en la conversación y me mostré amable, pero no podía reprimir mi secreta mirada al lenguado con almendras del plato del señor Hayden que medía, al menos, un centímetro más que el mío.

Mientras, el pequeño Hayden no quitaba ojo de la nevera, donde aguardaba su tentación. Es típico en la tierra de la niebla que en Pascua se prepare un pastel con base de bizcocho, capas de mermelada, cobertura de frutas en almíbar y guarnecido con un huevo de chocolate. Desde siempre, le denominamos "mona". Lo entregan los padrinos de bautizo a sus ahijados. Como el niño sigue en pecado, es su abuela quien ejerce las funciones.

Dolido ante mi desplazamiento en la escala familiar y en venganza, le dije al sobrino que este año la señora Sofía había confeccionado el postre sólo para mí (al fin y al cabo sigo siendo su auténtico pequeño) y que lo devoraría, como el lobo del cuento, sin compartirlo con él. Protestó, con sus palabritas a medio formar que cuesta entender, asegurando que no sería capaz de incomodar su niñez. Le pregunté cruelmente dónde estaba escondido el pastel, para demostrarle que me visto por los pies. El muy embustero aseguró que ignoraba su ubicación, apoyando su espalda contra la nevera. Me levanté a medio lenguado y me dirigí con fauces de devorar dulces al horno, metí mi cabezota en él y salí sin la presa. Violé las puertas del armario de los platos, los cajones de los manteles, el lavavajillas. Fui a la despensa, con el niño a mi estela. A su habitación -con dos armarios en los que buscar-, a la mía, al trastero. El pequeño no paraba de reír, sabiendo que su tentación estaba a salvo mientras la señora Sofía andara cerca de la misma para certificar que he pasado a ser el antepenúltimo en las preferencias familiares, sólo por delante -quiero creer- del señor Gris y de la rata.

Disfrutaron de la montaña de colesterol más que yo: odio los dulces y no los pruebo jamás. Preferí sentarme en el suelo fresco de la terraza y fumar un cigarrillo contemplando decenas de nubes extremadamente oscuras ante la luna llena. Parecían un múltiple bigote de Groucho Marx rasgando el ojo de Le chien andalou.

Dormí profundo hasta que desperté, todavía en la nocturnidad, por culpa de una pesadilla en la que escapaba de la escoba de la señora Sofía corriendo con el agua hasta las rodillas por el canal cercano a la granja. Alcanzaba exhausto los muros de la familia noble de la población. Leí un cartel en el que buscaban a alguien que supiera pintar de blanco la habitación del hijo que iba a casarse con una bailarina húngara. Aunque mis ropas estaban empapadas y mi aspecto era triste, me ofrecieron el trabajo. Me esforcé en la labor con buenos resultados. La señora de la casa abroncó al joven por no haber sido capaz de hacer algo tan sencillo que incluso podía desarrollarlo un náufrago de la vida. Le expulsó de su hogar para ofrecerme ocupar su habitación, después de servirme una porción de una "mona" ajena. La tomé con desgana mientras, a través del ventanal de mi nuevo dormitorio, pude ver como el prometido de la danzarina se cortaba las venas chapoteando en el canal, dejando que su sangre fluyera por las aguas, corriente abajo.

Me desperté angustiado, robándole una bocanada al aire. El muchacho del sueño había existido en la realidad. Apenas le conocía. Murió en una boda que no era la suya, de repente, como pasa todo en la vida. Y yo me comía su pastel póstumo de Semana Santa.

Era de noche, estaba oscuro y todos dormían en la granja. Salí a la terraza y ya ninguna nube ocultaba la luna. Añoré que Ana aullara como un lobito como hacía siempre cuando el satélite estaba redondo y enorme prendido en el firmamento. Me pareció el momento adecuado para bajar, en penumbra, hasta la cocina y robar lo que quedaba del pastel del pequeño Hayden, esta vez de verdad. Engullirlo, aunque odiara lo dulce, para exigir mi espacio antes de ser desplazado definitivamente.

Cita anual

El miércoles dejé el televisor prendido para que el señor Gris se sintiera menos solo y por si me reconocía entre la masa, aunque su atención jamás se pose en ese aparato.

Caminé cincuenta minutos hacia el oeste, haciendo una breve parada en el Turó Parc, a mitad de trayecto, para comer una manzana del pasado verano. Dejé atrás el complejo comercial de Illa Diagonal todavía con tráfico fluido en la acera. Pero al llegar a las torres negras de La Caixa formábamos un tremendo banco de peces blaugrana acercándonos al santuario.

Una vez al año, mi padre me invita a presenciar un partido de fútbol. Normalmente son encuentros de la liga española y tenemos predilección por la lucha contra el Real Madrid o el Español, a los que ganamos de manera natural en campo propio. Esta fue la primera convocatoria para competición europea.

Los hinchas del Benfica rondaban, como tiburones saciados, frente al edificio de la Maternitat donde nació el pequeño Hayden hace cuatro años y donde me esperaba mi padre recién llegado en el autocar de su peña desde la tierra de la niebla.

La tercera gradería presentaba muchos asientos libres, así que cometimos el error de sentarnos sobre la portería para tener una visión más centrada del encuentro. Lo que ganamos en vista lo perdimos en oído porque los adolescentes sentados a nuestra espalda no pararon de silbar, gritar y aplaudir durante noventa minutos a medio centímetro de nuestros pabellones auditivos.

Mi padre no se disgustó porque vive en la profunda paz del campo y el contraste le resulta atractivo. Pero yo añoré los cláxones de los coches en los atascos, los taladros de las máquinas excavadoras que perforan los cimientos para un nuevo edificio frente al mío, las sirenas de las ambulancias que son como susurros enamorados en comparación con las gargantas de aquellos malcriados con bufandas de mi equipo.

Algunos estudios científicos aseguran que a mayor concentración de personas, menor es el coeficiente intelectual de los asistentes.

Les di la razón a las personas que no saben ni quieren saber nada de fútbol. La señora Hayden me preguntó qué era eso del Benfica cuando le notifiqué por teléfono nuestra asistencia al campo. Pensé en Paloma: lo último que haría sería acudir al Camp Nou en día de partido -seguramente a esas horas estaba en algún recital del Liceo o tocando el piano en su piso-, en la muchacha triste leyendo una novela en un sofá claro, en la chica de los ricitos caminando alrededor del Turó Parc con su sonrisa después de tantas penas. Me acordé del señor Hayden cuidando de su hijo porque su esposa estaba cenando con unas amigas, con el televisor encendido como el señor Gris.

El partido fue aburrido. Se resolvió con un gol del Barça a dos minutos del final y los consiguientes gritos aturdidores de los vecinos de atrás. Notaba un pitido en mis tímpanos que se confundió con el del árbitro cuando señaló el camino a los vestuarios. Me giré para observar los rostros que me habían amargado la noche y se diluyó la mueca del odio en mis labios. Tenían aspecto de chicos normales, mi cara antes de los veinte años.

Me hago viejo y la acidez corre por mis venas.

Como siempre nos costó localizar el autocar que retornaría a mi padre a su entorno plácido; nunca se fija en el lugar donde lo aparcan. Me detuve en el Turó Parc para comerme el segundo bocadillo que la señora Sofía nos había preparado para la media parte del partido. Estaba sabroso y me sentó bien después de la caminata.

El señor Gris vino alegre a recibirme agitando la cola con una zapatilla vieja entre los dientes. El televisor seguía en marcha y pasaban un anuncio protagonizado por Erin Wasson. Me contagié de la felicidad del chucho, y en la cama me acordaba más de las piernas tejanas de la modelo que de las del futbolista Deco.

Postrado

Llevo cuatro días postrado en el lecho y me espanta pensar que sea el de la muerte.

Soy culpable porque el sábado fatigué en exceso mi cuerpo. Por la tarde me crucé con una manifestación adornada con miles de banderas de franjas estrechas amarillas y rojas –creo que celebraban una victoria deportiva, o quizás fuera una derrota porque aquí somos así-, y su espíritu festivo me provocó ganas de mezclarme con la multitud y desfilar a su paso. Al anochecer visité a los señores Hayden. Me habían traído la máscara de Dark Wader, olvidada en la granja de los caballos, imprescindible para celebrar el próximo carnaval. Por la noche me sentía extrañamente fatigado, pero el hombre sin suerte y el jugador de cartas me impusieron visitar un nuevo e improductivo local de copas, hasta que bajaron la persiana.

Tres puntos de la ciudad separados por diez kilómetros de distancia que, como buen paseante, recorrí a pie.

Me desperté temblando todavía en la absoluta oscuridad de la madrugada, con el cuerpo dolorido y la camiseta empapada de sudor. Hasta palpar el interruptor de la lamparita, pensé que había muerto. Me puse el termómetro y pronto marcó los treinta y nueve grados.

No acostumbro a estar enfermo. Había olvidado las sensaciones de estos días desde la niñez: dormir y despertar y volver a dormir, sin distinguir el día de la noche; buscar el calor bajo las mantas para mitigar los temblores y, al rato, apartarlas con las piernas para secar el líquido que el cuerpo ha necesitado expulsar; retardar al máximo el camino hacia el baño porque uno se ha fundido con la cama después de tantas horas y ya somos un matrimonio estable.

Fui un niño extremadamente enfermizo, lo que no resultaba desagradable porque me cuidaba la señora Sofía. Daba confianza que me despertara su mano fresca en la frente para calcular el grado de fiebre; que me hidratara con zumos de naranja naturales y caldos de arroz blanco con ajos, que son antibióticos; que alimentara mi escaso apetito con tortillas a la francesa sobre rebanadas de pan reblandecido con tomate para que me costara menos engullirlo. A mediodía, llegaba el tenista con un cómic nuevo del Capitán Trueno bajo el brazo y hundía con el peso de su cuerpo una esquina de la cama para observar mi lectura. Tampoco me disgustaba el alejamiento temporal de aquella escuela ruidosa y cansina para disfrutar de las mañanas de la granja en un silencio que sólo quebraba, a través de la puerta entreabierta del dormitorio, el sonido de mi madre traficando por las dependencias.

Ahora es diferente porque no me cuidan. Pronto se cumplirán cien horas de soledad. Nadie sabe que he enfermado. No me he visto en la necesidad de salir a la calle, lo que es aconsejable cuando se tiene fiebre. Fue una suerte que el sábado llenara la nevera. Todavía me quedan naranjas, arroz, ajos, huevos y pan para tres días más. El señor Gris dispone de un saco de pienso de cinco kilos por estrenar y permito que haga sus necesidades en la pequeña terraza. No se queja porque los paseos no existen estos días y ocupa sus horas respirando junto a mi lecho. El pobre andará angustiado porque aseguran que cuando una persona muere su perro no le sobrevive.

No adivino qué tengo, sólo sé que no estoy acostumbrado a sentirme así. No quiero molestar para que vengan a atenderme, ni acudir a un médico por el momento. Hoy me siento algo mejor; por fin el termómetro indica pocas décimas; incluso me he animado a afeitarme la barba de náufrago macedonio, como el del cuento. También he encendido el televisor por primera vez desde el sábado. Era la franja de la programación infantil: Pingu, Bob el manetes, Capelito, Mona la vampira... y he querido sentir el hundimiento de una esquina de la cama por el peso del tenista, como cuando era bonito enfermar.

Utilizando la tregua –quizás definitiva- que ahora me ofrece la dolencia, aprovecho para escribir este texto.

Estos días he pensado, desde mi horizontalidad, que no sabes qué ocurrirá mañana y que no tengo nada preparado para cuando no exista. Me ha gustado hacer un testamento mental de las pocas cosas que poseo, y pediría que se cumpliera:

-La colección del Capitán Trueno para el pequeño Hayden.
-La máscara de Dark Wader para el hombre sin suerte.
-Los dos cuadros originales robados a la pintora holandesa para la señora Hayden.
-La raqueta de tenis para el tenista.
-Las placas de reconocimiento a la buena conducta, conseguidas en la educación primaria, para el señor Hayden (el pobre jamás obtuvo ninguna y un buen grabador podría cambiar los nombres de las inscripciones).
-La libreta con recetas manuscritas para la señora Sofía.
-La bicicleta para la chica de los ricitos (así no quema tanta gasolina).
-La música para Ilse (aunque ya tenga los CD’s de Rufus).
-Las películas para el cuidador de animales (incluida su favorita: El tercer hombre).
-Las carpetas con páginas escritas para la mujer checa.
-La caja de los recuerdos –fotos y cartas- para Paloma, porque es la única que conservaría lo que más valoro.
-El sobre cerrado que encontrarán sobre la mesa para la muchacha triste.

Quedará poco más en el reparto: un paquete con doce rollos de papel higiénico por estrenar, algunas latas de espárragos y atún en conserva, una botella de ron venezolano de muchos años, la nevera que necesita un cartoncito para evitar la cojera, el televisor que tarda en arrancar, la ropa –podría ser para el señor Hayden pero es más alto que yo-, los productos de higiene personal... Confío en que no existan luchas por esa división y se evite la presencia de un juez para dirimirla.

También he pensado un epitafio para mi lugar de reposo definitivo: "El paseante no está".

No tengo previsto que este mal conviva conmigo más allá del fin de semana, y lo celebraré tomándome un volcán de marisco –una montaña de crustáceos que el camarero rocía con brandy para prenderle fuego, mientras los extranjeros sacan instantáneas con sus cámaras- junto al muelle de los veleros. Pero si antes del domingo no he escrito de nuevo, agradeceré que cualquiera que lea estas palabras las imprima y viaje a la granja de los caballos para entregárselas a mis padres. Dígales, por favor, que al señor Gris le queda comida para poco tiempo y que le urge salir de paseo al Turó Parc.