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Rutina

Mario Benedetti escribió en La tregua: "Hoy fue un día feliz, sólo rutina".

Los noctámbulos jamás madrugamos, a no ser que tengamos billete en primera clase para un viaje al centro de la Tierra o a la Luna o a los juzgados. Al levantarme, me lavo la cara con agua fresca. Después observo mi rostro de dueño de Garfield para analizar si mi mandíbula lampiña necesita un afeitado o lo puedo posponer a mañana. Saco de las mallas un limón y una naranja y exprimo un zumo que me refresca la boca y la garganta, y desciende hasta los pasajes secretos del estómago para bailar un tango.

Me ducho con un cubo entre mis pies, cuya agua aprovecharé a mediodía -como de rutina- en el retrete. (Inconvenientes de creer en un mundo sostenible.) Luego me acomodo en el sofá para zamparme una rebanada de pan con lo que tenga refrescado en la nevera, y tomar un café con leche frío y sin azúcar. Enciendo un cigarrillo y analizo cómo se presenta el día, enmarcado en la ventana.

Las mañanas son para las diligencias. Acostumbro a aguardar con temple mi turno en el banco, en Correos para mandar paquetes certificados, en la delegación de Hacienda... Después bajo hasta el mercado del barrio y, aunque no tenga nada que comprar, me gusta pasear entre sus puestos para agitar los sentidos: olfatear el pescado, contemplar el color elegante de las berenjenas, escuchar las máquinas laminadoras de fiambre, palpar un melón...

No soy mal cocinero, pero prefiero comer sencillo a base de verduras y proteínas a la plancha. Mientras los fogones están en marcha, salgo un rato al balcón para leer y tomar el sol de otoño. Asimilo toda la información que puedo a través de los medios radiofónicos en mis auriculares, o actualizando los periódicos atrasados. De vez en cuando varío el enfoque de mi vista, tras las lentes graduadas, para aprender de moda en la gente que circula por la calle, en su rutina.

Mi dosis de televisión diaria sucede a mediodía. Antes pasaban Shin-Chan (un golpe de inspiración del japonés Yoshito Usui, hace más de diez años) y me avergonzaba estallar en carcajadas ante una serie infantil, con las evoluciones rutinarias de Himawari, Misae o Hiroshi en su mundo loco que se asemeja al mío. Ahora agoto tristemente mi dedo pulgar con el zapeo, mientras espero el turno de las cuatro de la tarde en la cadena de montaje. La tengo en casa, y me canso de pulsar teclas para que aparezcan páginas en la impresora. La tarde/noche es el tiempo que destino a ganarme el sueldo. Suena el teléfono, llegan las propuestas, gestiono su realización, facturo al final. (En medio queda una cena frugal y un paseo al Turó Parc.) Antes de agotar mi jornada visito el ciberespacio para llenarme de todo lo contrario a lo ordinario. Así sucede mi vida.

Hoy fue un día feliz, sólo rutina. Tomé naranja con limón palpándome las mandíbulas por si necesitaban la acción de la cuchilla. Compré merluza fresca en el mercado. Tuve un encargo para una empresa de Marbella que ya está enviado. Corrí al Turó Parc, pero lo habían clausurado a destiempo (aunque me crucé con la mujer caucásica, con su perro dálmata, en la verja. Ni me miró, como siempre). Por la noche me llamó mi padre a deshoras para relatarme que se había sentado en la butaca de Zapatero en su viaje relámpago a Madrid con su compañera desde hace cuarenta y tres años. Me prometió fotos y anécdotas para el fin de semana. Parece más joven de lo que es. Siempre lo ha parecido. Una tarde de hace años nos dirigíamos a jugar a tenis en la tierra de la niebla, cuando nos cruzamos con un peatón amigo suyo. Nos observó y fue contundente: "Sembles el pare del teu pare". El tenista no ha cambiado en este tiempo. Tampoco yo.

Se acaba mi día rutinario y -ahora- en la mesa del ordenador, o derrotados entre mis pies o apilados en una pared están los diccionarios generales, los de sinónimos, los libros de estilo, las hojas sueltas con notas... que me han ayudado a escribir esto. Me da pereza recogerlo todo antes de acostarme. Todavía debo entrar a internet con mi bata rayada de párvulo y las iniciales escritas con hilo en el bolsillo, para que Thaís me regale la segunda clase de portugués. Esto es lo que he aprendido hasta el momento:

Brincadera=Broma.
Uma=Una.
Eu sou=Yo soy.
Tambem=También.
Agora=Ahora.
Português=Portugués.
Filha=Hija.
Muy bien=Muit bem.
Praia=Playa...

Ser estudiante a mi edad rejuvenece. Rompe la rutina de la vida. Me hace sentir como Holly Golightly aprendiendo ese idioma dulce mientras prepara su viaje a Brasil en la novela de Truman Capote Breakfast at Tiffany's (que dejé olvidada en una mesita de noche alemana). Sou muito grato.

Momento (3)

Últimamente tomo el tren de la costa, en mi regreso de la granja de los caballos a la metrópoli, porque reparan la línea del norte y el trayecto se eterniza. Este domingo tampoco quedaban asientos libres en el convoy (aunque subo en la tercera estación de su recorrido). Mal afeitado -como siempre en el día del Señor- y con expresión huraña, acomodé mi equipaje en el suelo como pude, extraje de un bolsillo lateral Middlesex y leí apoyando mi espalda contra el canto criminal de una butaca.

Una mirada me distrajo de la página. La joven estaba cómodamente sentada junto a su ventana. Tenía un apunte de nariz bajo la mirada azul índigo y una barbilla deprimida que parecía intrusa en aquel rostro agradable. Pensé que vestía de estudiante hasta que descubrí sus zapatos de tacón de aguja al final de sus jeans y su camisa con los primeros botones desasidos para refrescar sus senos lácteos y escalfar mi pecho. Jugamos a esquivarnos la mirada, hasta que se durmió en posición fetal y yo intenté leer, aunque en realidad escribía mentalmente su supuesta historia de prostituta en viaje de negocios.

En una parada de caballos perdida a medio camino, las autoridades ferroviarias tuvieron la consideración de acoplar un segundo tren al nuestro y permitir que todos pudiéramos viajar con la estupenda novedad de un asiento. Perdí de vista a la mujer báltica, para desplazarme a mi nuevo vagón y leer de verdad.

Llegamos a Barcelona en noche cerrada, con mucho tiempo de retraso. En Sants Estació salí al exterior antes de tomar el metro. En los trenes, como en los cines o en los ambulatorios ya no se puede fumar. (Al aire libre sigue respetándose la tregua.) Absorví el tabaco y sus substancias molestas junto a una parada de taxis. Un guardia de seguridad me otorgaba tranquilidad. La plaza era caótica en tráfico rodado y de personas, y por todas partes se mezclaban gentes y vehículos de manera perpendicular o paralela. Es difícil coincidir con alguien conocido en lugares de paso como ese. Pero estaba a punto de agotar mi cigarrillo cuando apareció la dama del vagón, deambulando sin rumbo fijo sobre sus tacones empinados. Hacía más de una hora que formaba parte de mis recuerdos y allí estaba de nuevo con su leve equipaje de mano. Casi me rozó. La vi alejarse sobre el asfalto, esquivando taxis-avispa y -algo que hacía tiempo que no me sucedía- se giró para mirarme. Ambos sonreímos con tristeza, en la leve complicidad del viaje.

Fondo de armario

Según el calendario permanecemos en verano, y me comporto consecuentemente. Me extrañó que no estuviera el cobrador en la puerta de las piscinas municipales de la tierra de la niebla, que hubieran quitado el tapón del desagüe de las balsas, que en la grama sólo permaneciera extendida mi toalla, que dispusiera de una hectárea completa de instalaciones recreativas sólo para mí.

Al menos, las duchas funcionaban y apenas había moscas. Abrí la novela Middlesex por el punto de libro que es un billete de tren. Entonces, Cal Stephanides me contó: "Invité a Julie Kikuchi a pasar el fin de semana fuera. En Pomerania. La idea era ir en coche a Usedom, una isla del Báltico, y alojarnos en un antiguo centro turístico que gozó de la estima de Guillermo II. Insistí en poner de relieve que tendríamos habitaciones separadas. Como era fin de semana, traté de vestirme con ropa informal. Para mí no es fácil. Me puse un jersey de pelo de camello. de cuello vuelto, chaqueta de tweed y pantalones vaqueros. Con zapatos de Edward Green, de color burdeos y hechos a mano. Este modelo en concreto, llamado Dundee, parece muy de vestir hasta que se ve la suela de goma moldeada. El cuero tiene doble espesor. El Dundee es un zapato concebido para recorrer la finca, para pisotear el barro con corbata y los spaniels detrás. Tuve que esperar meses a que me los entregaran. En la caja decía: Edward Green, maestro zapatero para gente poco común. Eso soy yo, exactamente. Poco común".

No revoloteaban moscas, las duchas funcionaban y nadie me molestaba. Pero, para que la escena fuera ciertamente idílica, me faltaba el jersey de pelo de camello del protagonista de la novela de Jeffrey Eugenides, porque el cielo andaba oscurecido y el viento de poniente me obligó a sacar la toalla de debajo de mi cuerpo, para cubrirme con ella; aunque apenas estábamos en el ecuador de septiembre.

Antes los veranos duraban todo el verano. Ahora se diluyen como la arena de Cayo Sal entre mis dedos, en un visto y no visto.

Las recientes lluvias dejaron embarrados los caminos de la tierra de la niebla; con huellas de tractores de los propietarios de las fincas, huellas de todoterrenos de los encargados, huellas de motos de los capataces, huellas de bicicletas de los peones de piel más oscura que la nuestra. Todos se apuraban para acabar de recolectar las frutas que maduraban en los árboles en este verano efímero.

En cualquier esquina aparecía un hombre negro pedaleando apremiado; en cualquier cruce de caminos había un grupo de magrebís marchando a paso militar junto a los tallos secos de las matas de hinojo; bajo un cielo ensangrentado, con nubes de algodón que pretendían sanarlo. El viento azotaba sus pieles para preguntarles por qué habían salido a campo abierto en camiseta promocional si ya estábamos en septiembre. (Quizás porque no tenían nada más que ponerse.) Sólo descubrieron que el verano era cosa del pasado cuando sus jefes dieron las órdenes del día ataviados con botas de suela de goma, pantalones gruesos de algodón y chaquetas acolchadas. Los manzanos estaban húmedos de rocío y lluvia, las ramas salpicaban los cuerpos estivales al paso del tractor, el suelo metálico era resbaladizo bajo el fango acumulado en unas frágiles alpargatas rebozadas con fango.

La señora Sofía preparó una montaña con mi ropa vieja para entregarla a los africanos que están empleados en la finca de sus amigos, y sólo pude pactar el rescate de una camisa y dos t-shirts aduciendo que eran antiguos obsequios y que no se podían regalar. Ambos somos absolutamente contrarios a la presencia de inmigrantes masivos en nuestras vidas; pero ella tiene ese instinto maternal innato que le impide comportarse mal con un ser humano. Y yo no he sido nunca madre (aunque, este fin de semana contemplé algo que llevaba años sin ver: unos caracoles -sin orden geométrico- depositaban su legado en agujeros bajo la bóveda gris. Los huevos transparentes -algo tan delicado- quedaron a media intemperie, con vida dentro, y los fui esquivando con mis botas como en un juego acrobático.)

Regresé a la metrópolis en el tren del sur. Su paso transcurre primero entre llanos de fruta dulce y viñas; después junto a montes de escasa envergadura y, finalmente, se precipita en un camino paralelo al mar. Buscaba un último guiño de este verano fugaz. No lo encontré en las persianas clausuradas de los apartamentos de temporada, ni en las calles solitarias de sus municipios. En las playas (entre páramos agrestes con tallos azotados por el viento) quedaban únicamente viejos pescadores de caña y nostálgicos paseantes con gorrita, pantalón corto sobre la rodilla, jersey de manga larga y mochila. Los chiringuitos cerrados en las ensenadas lucharían contra el salitre hasta el verano siguiente.

Sólo en un golf de nueve hoyos descubrí algo parecido a la felicidad estival eterna. Los deportistas medían la distancia del put ataviados de verano: polo Lacoste, pantaloncito claro, calzado Footjoy en blanco y negro y paraguas Callaway por si llovía en ese día hermafrodita. Les seguían los caddies abrigados de otoño. Todo lo contrario que en la tierra del sol: los ricos con vestimenta ligera y los humildes bien tapados. No se lo contaré a la señora Sofía, no vaya a ser que les envíe lo poco que queda de mi ropa otoñal a esos deportistas domingueros que extravían pelotas compactas en el Mediterráneo.

El mar se alejaba, y el tren acometía la entrada en la gran Barcelona. Entre mis dedos se diluía mi verano y sus recuerdos: alegres y amargos: la doble "a". Con el frío deberé buscar acomodo en lugares a cubierto, en lugar de pasear, ejercer de foca en una piscina municipal o vagabundear por una playa. Quizás vuelva a asistir al cine. Espero que sigan permitiendo fumar en las salas, como sucedía antaño.

Gran Premio

El alcalde ha depositado un tríptico en el buzón de los vecinos del bloque. Me pregunto si ha venido personalmente o ha enviado a su alguacil, mientras arrastro al balcón la silla de tomar el sol.

El título del folleto no invita a desplegarlo: "Comienza el plan de movilidad en la super manzana C2". Pero no he comprado el periódico y es lo mejor que tengo a mano. Hay estupendas fotografías y un mapa muestra coloreadas en rojo las calles del barrio que han pasado a ser exclusivamente peatonales.

Es una medida agradable para un paseante como yo, aunque escasa. Si fuera alcalde, la extendería a todo el término municipal transformando en verdadera ciudad lo que ahora no es más que un circuito. Barcelona está diseñada para la comodidad de los conductores y la desgracia de aquellos que nos desplazamos a pie. A modo de ejemplo: los semáforos permanecen abiertos tres minutos para que circule fluido el tráfico, mientras que nosotros apenas disponemos de treinta segundos para cruzar la calzada. Nos angustia pensar que nuestro tiempo no tiene valor, nuestra escasa importancia frente a las personas que se mueven al volante.

Odio los ruidos gratuitos, los que no tiene razón de ser; el de los motores de los cuatro por cuatro imprescindibles para remontar el uno por ciento de desnivel que presenta la calle Aribau; el de las motos de pequeña cilindrada, con su matriculita amarilla con números negros de jodida avispa y el tubo de escape trucado, conducidas por mezquinos valentinos rossis; el de las sirenas innecesarias de las ambulancias que los sanitarios ponen en marcha para descargar su adrenalina y recargar mi tristeza. Las piernas fuertes de los jóvenes aceleran con alegría sus juguetes intentando ganar el Gran Premio de la idiotez, mientras los ancianos erramos sufridamente por las orillas de este circuito extraño.

Detesto todo aquello relacionado con la gasolina. Por eso carezco de coche desde hace años.

No me hace falta porque realizo pocos desplazamientos al mes: quinientos kilómetros en transporte público y un centenar largo a pie. El traductor se mueve poco más que yo, y su Fiat se cubre de polvo bajo los chopos del paseo. El año pasado, tras nacer su segunda hija y reconocer que el utilitario se había quedado pequeño, me propuso comprarnos uno de esos cacharros a medias ya que los dos sólo precisamos de ellos en ocasiones puntuales. Pero me he acostumbrado a que el chófer del ómnibus 39 me lleve y es difícil renunciar a esa comodidad.

Ignoro si el alcalde la ha tomado por su cuenta o ha sido idea del alguacil, pero la decisión aplicada a la super manzana C2 me encanta. Las calles de Gràcia son angostas para circular en todo terreno, aunque ideales para dar un paseo en sábado antes de cenar. Cuando he tenido un buen día disfruto remontando la calle Torrijos mientras la iglesia de la plaza de la Virreina se agranda a medida que me acerco a ella. Si el día ha sido maravilloso incluso me detengo en la terraza del Salambó para entregarme a una cerveza helada y fumar un cigarrillo. Ayer así fue. Un cartel en la pared anunciaba un concierto de Martha Wainwright en la Sala Sidecar para esa misma noche. La pobre se perdió en la tele un festival de Eurovisión que jamás ganará.

Desplazado

Prefiero no coincidir con la familia Hayden en la granja de los caballos.

La señora Sofía (que es mi madre) sirve antes la comida al sargento Hayden (que no es su hijo) que a mí. Lo recrudece el hecho de que el plato de mi cuñado siempre pesa algo más que el mío, como demostré empíricamente en una ocasión gracias a la báscula de cocina. Desplegaron grandes carcajadas ante mi mueca seria de Buster Keaton, pensando que interpretaba una pallasada. Por más que intento protestar alegando razones de injusticia, me ignoran aduciendo temas de protocolo, como si fuéramos parientes rurales de la familia real.

A veces es imposible no coincidir con la familia Hayden, como esta Semana Santa. El domingo me senté a la mesa y prometo que participé en la conversación y me mostré amable, pero no podía reprimir mi secreta mirada al lenguado con almendras del plato del señor Hayden que medía, al menos, un centímetro más que el mío.

Mientras, el pequeño Hayden no quitaba ojo de la nevera, donde aguardaba su tentación. Es típico en la tierra de la niebla que en Pascua se prepare un pastel con base de bizcocho, capas de mermelada, cobertura de frutas en almíbar y guarnecido con un huevo de chocolate. Desde siempre, le denominamos "mona". Lo entregan los padrinos de bautizo a sus ahijados. Como el niño sigue en pecado, es su abuela quien ejerce las funciones.

Dolido ante mi desplazamiento en la escala familiar y en venganza, le dije al sobrino que este año la señora Sofía había confeccionado el postre sólo para mí (al fin y al cabo sigo siendo su auténtico pequeño) y que lo devoraría, como el lobo del cuento, sin compartirlo con él. Protestó, con sus palabritas a medio formar que cuesta entender, asegurando que no sería capaz de incomodar su niñez. Le pregunté cruelmente dónde estaba escondido el pastel, para demostrarle que me visto por los pies. El muy embustero aseguró que ignoraba su ubicación, apoyando su espalda contra la nevera. Me levanté a medio lenguado y me dirigí con fauces de devorar dulces al horno, metí mi cabezota en él y salí sin la presa. Violé las puertas del armario de los platos, los cajones de los manteles, el lavavajillas. Fui a la despensa, con el niño a mi estela. A su habitación -con dos armarios en los que buscar-, a la mía, al trastero. El pequeño no paraba de reír, sabiendo que su tentación estaba a salvo mientras la señora Sofía andara cerca de la misma para certificar que he pasado a ser el antepenúltimo en las preferencias familiares, sólo por delante -quiero creer- del señor Gris y de la rata.

Disfrutaron de la montaña de colesterol más que yo: odio los dulces y no los pruebo jamás. Preferí sentarme en el suelo fresco de la terraza y fumar un cigarrillo contemplando decenas de nubes extremadamente oscuras ante la luna llena. Parecían un múltiple bigote de Groucho Marx rasgando el ojo de Le chien andalou.

Dormí profundo hasta que desperté, todavía en la nocturnidad, por culpa de una pesadilla en la que escapaba de la escoba de la señora Sofía corriendo con el agua hasta las rodillas por el canal cercano a la granja. Alcanzaba exhausto los muros de la familia noble de la población. Leí un cartel en el que buscaban a alguien que supiera pintar de blanco la habitación del hijo que iba a casarse con una bailarina húngara. Aunque mis ropas estaban empapadas y mi aspecto era triste, me ofrecieron el trabajo. Me esforcé en la labor con buenos resultados. La señora de la casa abroncó al joven por no haber sido capaz de hacer algo tan sencillo que incluso podía desarrollarlo un náufrago de la vida. Le expulsó de su hogar para ofrecerme ocupar su habitación, después de servirme una porción de una "mona" ajena. La tomé con desgana mientras, a través del ventanal de mi nuevo dormitorio, pude ver como el prometido de la danzarina se cortaba las venas chapoteando en el canal, dejando que su sangre fluyera por las aguas, corriente abajo.

Me desperté angustiado, robándole una bocanada al aire. El muchacho del sueño había existido en la realidad. Apenas le conocía. Murió en una boda que no era la suya, de repente, como pasa todo en la vida. Y yo me comía su pastel póstumo de Semana Santa.

Era de noche, estaba oscuro y todos dormían en la granja. Salí a la terraza y ya ninguna nube ocultaba la luna. Añoré que Ana aullara como un lobito como hacía siempre cuando el satélite estaba redondo y enorme prendido en el firmamento. Me pareció el momento adecuado para bajar, en penumbra, hasta la cocina y robar lo que quedaba del pastel del pequeño Hayden, esta vez de verdad. Engullirlo, aunque odiara lo dulce, para exigir mi espacio antes de ser desplazado definitivamente.

El despertar de la primavera

Mi condición de persona despistada me impide, entre otras cosas, detectar la irrupción de la primavera o del otoño. Por eso no dispongo de ropa de entretiempo y mi vida transcurre como si sólo existieran las estaciones extremas de invierno y verano.

Hasta el pasado viernes dormía con tres mantas y no pisaba la calle sin el abrigo de un buen jersey y una chaqueta. Últimamente me acaloraba caminando al Turó Parc y alguna madrugada me desperté sudando, por lo que pensé haber enfermado de nuevo aunque el termómetro no indicara la visita de la fiebre en mi cuerpo.

Salí de paseo con el señor Gris. Un instituto de diseño internacional funciona desde septiembre en mi calle. Su fachada hace honor a los estudios que se imparten en él. También los alumnos parecen esbozados siguiendo los patrones de la perfección. Esa tarde había un grupo de cinco muchachas fumando en la entrada, gracias a la ley antitabaco. Mi cuello realizó una rápida panorámica sobre la piel de sus rostros, piernas, brazos y escotes que mostraba un incipiente bronceado. En el cristal oscuro del centro pude verme reflejado, entre las ninfas a medio vestir, con mi chaqueta negra levantada hasta las orejas y mi cara invernal. Parecía el fantasma de las pasadas Navidades y me confundió el contraste.

Nos dirigimos hacia nuestro parque, cruzándonos con gente sonrosada en manga corta. Incluso la maniquí más hermosa de la ciudad, que permanece sentada desde hace semanas en la confluencia de las calles Madrazo y Calvet, llevaba un vestido ligero.

El Turó Parc estaba sembrado con pensamientos y algunos árboles habían decidido florecer de color blanco. Los otros paseantes leían tumbados al sol o se amaban o jugaban con señores grises o pensaban en los bancos junto al lago romántico como si posaran para que un fotógrafo les inmortalizara en una imagen estival. Ninguno, por suerte, me miró extrañado por mi indumentaria.

Deduje que estábamos en primavera y que era tiempo de hacer cambios.

Mi vida transcurre como si sólo existieran las estaciones extremas de invierno y verano. Al llegar al piso arranqué las tres mantas de la cama y las lavé para guardarlas hasta noviembre. Llevé el abrigo a la tintorería. Por la noche, me puse un pantalón corto y una camiseta con un pez naïf dibujado y salí a la terraza para disfrutar del buen tiempo, aunque temblara de frío porque por la noche todavía refresca y no dispongo de ropa de entretiempo.

Fumando un cigarrillo, rememoré que en octubre de 1986, al poco tiempo de llegar desde la tierra de la niebla a esta zona metropolitana, una recordada mujer llamada Astrid me invitó al teatro. La obra se titulaba El despertar de la primavera, de Frank Wedekind y dirigida por Josep Maria Flotats. Me impactó la dirección artística: una piscina presidía el escenario y los protagonistas, un grupo de adolescentes que despertaban al sexo rodeados de mayores puritanos, se bañaban en ella a pesar de la temperatura fresca que había en la sala. Quizás ellos también eran despistados e ignoraban el ligero paso estacional que se produce entre la etapa del calor al frío. O quizás no tenían a nadie, como yo, que les previniera de que cuatro veces al año cambiamos de estación y de vestuario.

La ventana indiscreta

Tengo asimilado que la vida o te viene completamente de cara o te muestra su espalda negra durante demasiadas jornadas seguidas. Jamás se intercalan buenas y malas experiencias, como si los ciclos vitales lo tuvieran prohibido.

Después de enfermar, me llegó una factura telefónica elevada por unos servicios no prestados, por la que sigo batallando; el cajero automático escupió -por este orden y en días distintos- la tarjeta de crédito y la libreta de ahorros, alegando en la pantalla que la banda magnética estaba dañada; una bandeja de albóndigas se precipitó en el cubo de fregar el suelo cuando era el único ingrediente que quedaba para finalizar con éxito un caldo de varias horas; se estropeó el ordenador y, después de cenar, he tenido las horas desocupadas.

Hacía tiempo que no salía a fumar al balcón al extinguirse la luz diurna, como cuando llegué al barrio y era más joven. Recuerdo que entonces, para reducir la dosis de tabaco, sólo prendía un cigarrillo si conseguía contar a cien mujeres caminando por la acera de enfrente, lo que sucedía matemáticamente entre cincuenta y sesenta minutos después de iniciar el cálculo.

Estas últimas noches, mientras recuperaba la costumbre de anotar mentalmente pasos femeninos, he corroborado que el restaurante paquistaní sigue anunciándose en el cartel de la esquina sin obtener grandes resultados porque nadie entra o sale de él. El edificio de enfrente muestra las mismas luces prendidas de siempre y los mismos pisos en oscuridad. El matrimonio de mediana edad mantiene la costumbre de agitar su mantel de la cena a la calle, como bandera nacional del tercero primera, para que las palomas coman a la mañana siguiente las migas de pan. En el piso de abajo vive un curioso trío formado por dos hombres jóvenes y musculados y una muchacha con un ligero sobrepeso que se relacionan en portugués. En sábado, es entretenido contemplar como ellos limpian cuidadosamente el balcón y las habitaciones contiguas, mientras la mujer se escapa con el cabello todavía húmedo montada en una bicicleta vieja por la acera en dirección contraria a la del tráfico. Debajo de los hombres aseados, vive una señora rubia de mediana edad que, en cualquier momento de la jornada, entra y sale de la finca estupendamente peinada y cargada de bolsas de la compra repletas de cualquier substancia digna de traficar con ella.

Su piso vecino tenía un cartel de "en venta" hasta hace poco tiempo. No sé cuándo lo descolgaron, pero hoy no existe y hay luces prendidas. Me inquieta el dato porque, con el buen tiempo, a mediodía salgo al exterior para escuchar música, ordenar papeles, revisar el periódico, asearme las uñas... Los vecinos de enfrente son poco dados a espiarme, cosa que agradezco. Pero me entran las dudas con los inquilinos recién llegados. Creo vislumbrar dos perfiles de hombre y mujer tras las cortinas. Se mecen en una conversación tranquila, hasta que una de sus manos descorre las cortinas y salen al exterior. Parecen especialmente altos. Me agacho entre las plantas y le ruego al señor Gris que se mantenga callado, misión imposible porque es la hora de su paseo nocturno. Abandonamos nuestro escondrijo con el disimulo de arrancar hojas muertas de la planta del dinero. Los recién venidos nos ignoran, y no sé si mañana harán igual para respetar mi rato de insolación.

La previsión meteorológiga anuncia cielo despejado y hace muchos días que mi rostro no se expone al sol de manera continuada.

Voces

La mujer checa querría vivir con el pescador de gambas; abrazarle por la noche para robarle su aroma de mar y el sabor a crustáceos. De eso habla siempre. También de su hermana menor que abandonó un pequeño ático alquilado junto al Mediterráneo, para recorrer una península con una compañía de zarzuela. En la terraza, quedó huérfana la paloma que acudía cada mañana para picotear las migajas dulces que caían del plato del desayuno.

Es el motivo romántico por el que la mujer checa llama a su hermana Paloma, aunque su nombre sea otro. La describe como bonita, agradable en el trato, organizada, culta, que no le gusta malgastar. Añade: todos sus amigos son homosexuales.

Ayer me pidió permiso para facilitarle mi número de teléfono. Paloma ha regresado a Barcelona, tiene un problema con el ordenador y yo soy hábil con las máquinas.

El teléfono ha sonado a mediodía, mientras escuchaba The lake de Anthony & the Johnsons. Hemos resuelto el conflicto informático demasiado deprisa. La mujer checa me contó muchas cualidades de su hermana, pero olvidó la más determinante: su voz. Uno no se cansaría nunca de estar con el auricular apretado contra la barbilla con esa muchacha. Es como prestar atención al sonido de un mar que golpea ligero en una roca blanca. Claro que, además de cantante, es logopeda; tiene el timbre de una profesional.

Por eso he intentado alargar el contacto. Entre otras cosas, he comentado que conozco poco el barrio en el que reside ahora con sus padres. Le he hablado de una discoteca que todavía existe en esa zona a la que yo iba a bailar y a beber cuando Paloma dormía como una niña, y a la que ella va a bailar mientras yo duermo siendo mayor. Quería proseguir, pero su voz ha puesto fin elegantemente a la exageración. Su ordenador ya marcha.

Ha sido una pena que no pudiera explicarle, como anécdota relativa a su nuevo nombre, que en un periódico de hace semanas me llamó la atención un poema de una autora llamada Marta Pessarrodona. Lo anoté en un rincón de la agenda. El titulo es más largo que el verso, Poema de una paloma en la ventana:

Tenía tus ojos,
¿qué querías decirme?

Quizás su ordenador falle de nuevo dentro de poco. No ha quedado el silencio en mi pequeño piso. Sonaba Hope there's someone. He querido recordar otras voces que le quitaran el puesto de secretaria general del gremio de la locución a la hermana menor de la mujer checa. Quizás la afligida de Jane Birkin en la película de Tavernier Daddy Nostalgie, o la cristalina de Montse Llussà en el programa de radio Versió Rac1, o la cavernaria de Marlene Dietrich (cuya gravedad es como la de la chica de los ricitos) cantando Ich bin die fesche Lola hace siglos. O esa voz embrionaria de la pequeña Scout charlando en el porche con Atticus, su padre, en una maravilla de película, Matar a un ruiseñor. Los nombres de sus protagonistas me parecen entrañables. Por eso no tengo hijos: les llamaría Scout -niña- o Atticus -niño-, y, ya mayores, me pedirían responsabilidades.

La primera voz que cautivó mi vida fue la de la profesora de francés en aquella academia nocturna extraviada en la tierra de la niebla. A los niños de la clase nos parecía especialmente alta, especialmente rubia. A los doce años la imaginación volaba a rincones inexplorados cuando ella ponía boca de barbie inflable para enseñarnos que la "au" se pronuncia "o". Solía acudir a clase con minifalda y nosotros lo hacíamos con un trocito de espejo pegado a nuestros zapatos para alargar la pierna bajo el pupitre e imaginar que descubríamos jardines prohibidos.

Parecía realmente francesa, pero era de una localidad segoviana. No conservo el recuerdo de haber visto jamás su ropa interior reflejada en la punta de mi calzado deportivo, aunque después de la clase nos hiciéramos los machitos. Pero su voz sensual se quedó a residir, como una paloma huérfana, en mi memoria. "On se lève tôt", "elle met une tenue sport", "sept filles attendent déjà". Algunas mañanas, en todos estos años transcurridos, he dejado caer migajas dulces de mi desayuno para alimentarla para siempre.

Sé de tantas voces privilegiadas que sufro porque la mía no es destacable en ningún sentido. No pediría poseer el físico de Paolo Conte o de Tom Waits o de Marlon Brando o de Leonard Cohen, pero sí los sonidos que emiten sus gargantas.

Salgo con el señor Gris a la calle al atardecer. Su ladrido es estridente cuando le pongo el collar. Sin pretenderlo, nos encontramos frente a la librería de la muchacha triste. No recuerdo su voz del siete de diciembre. Seguramente era desalentada. Está en la calle. Es más alta de lo que imaginaba, más etérea. Habla con un chico parecido en todas sus circunstancias a ella. Los dos fuman y sólo hay un cigarrillo.