Migraciones tristes
Planté mis botas apresuradas en los barrizales de la tierra de la niebla. Se hacía de noche, y con el cambio de horario calculé mal la puesta de sol, aunque hacía rato que veía el astro escondiéndose tras las nubes ensangrentadas. En las copas de los árboles y en los tendidos eléctricos, mil aves cantaban para reunirse y emprender el largo camino en busca de un lugar menos frío. Se preparaban para escapar del invierno y de nosotros en esa noche incipiente; para abandonarnos hasta el buen tiempo. Me hubiera gustado acompañarlas en su migración. Pero carecía de alas.
Emigro a escala reducida: de la tierra de la niebla a Barcelona. De regreso a la metrópolis, en una estación se montaron dos negros altivos en el vagón, cargados de equipaje: un hombre con americana y camisa blanca, y una mujer con vestido y turbante multicolor. Perfectos para asistir a una misa de no sé qué religión. Otro se quedó en el andén. Era menudo, frágil. Con chaqueta deportiva adquirida en un mercadillo y pantalones económicos. Pensé que sonreía, pero tenía lágrimas en las mejillas. Mostraba sus dientes por el dolor en el despido. Una mujer, con el cabello rizado y la piel pálida, le observaba a distancia. También en el andén. Se distanció de su grupo humano para acercarse al africano y preguntarle qué le sucedía. Le pasó una mano por la espalda, en la pasarela, tras descubrir su duelo interno. Él la apartó para correr tras el convoy, con las manos amagando sus torrentes tristes, mientras sus mocasines de trapo saltaban sobre las baldosas buscando una última mirada de los negros del tren -sin duda, sus familiares más cercanos- en la ventanilla. Huíamos de él por el empuje de nuestra locomotora. En la curva, dejamos de verle. Éramos aves migratorias, y él no tenía alas. Los pájaros van y vienen. La gente vamos y venimos. Volveré a ver a mi familia pronto, mucho antes que el africano. Él se limitará a añorar a la suya.
Ayer murió un ser vivo, en un pasillo triste de una clínica veterinaria. Emigró a las nubes. Previamente corrió doce años tras las huellas de alguien (visitadle si tenéis un momento) que la rescató en una protectora de animales. Quizá habría fallecido mucho antes sin él (siempre me han admirado los malnacidos que pierden su tiempo en esas cosas, en lugar de dedicarse a especular en la bolsa, como ese hombre canoso, atontado y sensible. Un fotógrafo excelente, en cualquier caso). Era una preciosa setter, hija de perra, de ojos oscuros y tranquilos. Se ha largado al cielo, escapándose de su familia en esa noche incipiente. Les ha abandonado ladrando a duras penas. Era lo mejor para ella (su enfermedad corría por la pista de los cien metros lisos, con aspecto de atleta. Buscando batir el macabro récord de velocidad). Quizá ella regrese -como las aves migratorias- con el buen tiempo, cuando todos nos volvamos a reunir en el más allá. Sin migraciones. Sin tendidos eléctricos. Sin trenes que se alejan. Sin pasillos tristes en las clínicas veterinarias.

