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Cuentos de verano

Las mejores escenas estivales están filmadas en Novecento de Bernardo Bertolucci. Sterling Hayden interpreta a un jornalero que sucumbe agotado por la vida en un campo de trigo de Emilia-Romaña; mientras su patrón, dibujado por Burt Lancaster, le suplica a una adolescente que le ordeñe en los establos para descubrir que su vejez es irreversible.

Las segundas aparecen en Cuento de verano de Eric Rohmer, el mayor cineasta vivo a la hora de describir sensaciones. La película narra el veraneo que me gustaría haber vivido hace tiempo: un joven estudiante de matemáticas viaja a la Bretaña ensimismado en sus cálculos mentales, en sus paseos silenciosos por la playa, mientras tres muchachas se pelean por aquel hombre sin encanto.

Las terceras hay que buscarlas en la tierra de la niebla.

Adoro el mes de agosto. En la niñez, el calor rebotaba contra los muros gruesos de la torre de mi abuelo materno, mientras dormíamos la siesta en la penumbra fresca y los grillos andaban con diálogos fuera del recinto.

Se llegaba a la casa, rodeada por un ejército de mil manzanos en formación, recorriendo un camino de tierra desde la carretera. En su margen izquierdo reposaba el esqueleto oxidado del camión de un feriante al que se le ocurrió, años atrás, estrellarse junto a la plantación. Su panza estaba repleta de coches de tiovivo; y el viejo Joan sudó media mañana para liberar del amasijo de hierros un par de ellos, ante las exigencias de la señora Hayden y las mías.

Nos pasamos aquel verano, y los siguientes, haciendo carreras inútiles con aquellos trastos pesados que no se movían ni un milímetro de su posición inicial; acompañando a la señora Sofía a pescar cangrejos de río; enfermando de la barriga de tanto engullir palosantos. El agua fresca de un pozo era subida a cubo y correa para refrescar nuestros cuerpos infantiles después de cada jornada emocionante. Muchas de ellas afloran en las sobremesas actuales, en forma de nostalgia.

Mi abuelo no se cansó de desear un hijo varón que le substituyera al frente de la finca; pero su pobre esposa parió seis veces y siempre les pusieron nombres de mujer. La última fue mi madre; al salir apagó la luz en aquel vientre extenuado. La abuela murió cuando yo tenía apenas tres años; aunque conservo imágenes fugaces de su rostro ancho sonriéndome en una cama. Él aguantó diez años más trabajando solo en aquel territorio vital calculado en hectáreas; hasta que le venció el agotamiento y depositó los recuerdos, los manzanos, el árbol de los palosantos, el pozo y los coches del tiovivo bajo un cartel de "En venta", para dejarse encarcelar en un pisito de la ciudad que le consumió en poco tiempo. Enfermó en invierno. Una noche de mi adolescencia en que me tocaba cuidarle, giró levemente el cuello y se dispuso a soñar el sueño eterno en aquella habitación oscura de la calle mayor.

Ahora, mis veranos son sinónimos de disputar partidos con el tenista, de nadar en el agua fresca de las piscinas municipales y de trabajar cuatro o cinco días en el campo, para recordar los orígenes. Me monto en plataformas hidráulicas que circulan a cámara lenta entre filas de manzanos, con una decena de subsaharianos de nombres sonoros como Gbesé, mientras escucho sus historias africanas que entrarán a formar parte de mis recuerdos ajenos.

Todavía no he resuelto el resto de las vacaciones. Hay propuestas atractivas para ocupar casas en la vieja Europa o en el centro de la península, siempre con la prohibición de decorar sus muros con pintadas reivindicativas. Seguramente permaneceré en la metrópolis para cerrar una de esas carpetas con temas pendientes que todos guardamos en un cajón.

No estaré solo. El hombre sin suerte se quedará el mes de agosto sufriendo la humedad de la ciudad y exigirá que le convide a las fiestas del barrio, o me arrastrará al Universal para puntuar a las mujeres noctámbulas.

Tampoco tendrá vacaciones Paloma: cada tarde subirá a escena con el coro de las putas, mientras maldice los retrasos ferroviarios y a las personas que tienen ganas de pasear acompañadas dos horas en la madrugada.

A pesar de su rodilla recién operada, la princesita brincará escaleras arriba como una gata en busca de su terrado de zinc caliente, para reunirse allí con sus nuevos amigos de sesenta y cinco años y regalarles dulces y risas en los atardeceres.

Mercedes permanecerá en su valle de las montañas, cuidando de su bebé gordito que hace callar a los perros que ladran con un te-te-teee; mientras sueña de manera irreal en que su equipito de fútbol derrotará al campeón por muchos años.

Otras personas volarán para alejarse del Turó Parc, sin solidarizarse con los que nos quedamos cuidando de los recintos de invierno. Espero postales del norte de Francia, Nueva York, Bruselas, Euskadi... Leeré sus palabras en voz alta para que el señor Gris gruña con exageración en cada pausa por el cambio de parágrafo. No le gusta el silencio al perro payaso. Cualquier día aparecerá un enano para decirle cuatro te-tés y se va a esconder debajo de la cama.

Mitos

Muchos telespectadores aplauden la belleza de Núria Solé, la nueva conductora de informativos en la televisión catalana. Nado contracorriente: prefería la mirada melancólica de su antecesora.

El cambio no ha afectado mi vida en exceso, porque los boletines me interesan por las noticias y no por el acto onanista. Resido en el barrio de los actores, y me cruzo con frecuencia en su camino. Aunque siempre ando despistado y los conocidos se ven obligados a alzar su voz para exigirme el saludo, en ocasiones mi mirada se mezcla con la de un personaje popular y la retiro por cortesía a su intimidad. Sólo les contemplo unos instantes si su cromo faltaba en la colección que anda perdida en alguna esquina de mis recuerdos. Así lo hice la última madrugada, a mitad de Rambla de Catalunya, donde Albert Om iluminaba un tramo del paseo con sus dientes fluorescentes, acomodado en una terraza.

Apenas he sido mitómano en mi vida. De niño, habitaba en mis sueños Ingrid Bergman, tras descubrir su rostro anguloso y su sonrisa triste en Encadenados. Creo que fue la culpable de que siempre haya preferido la relación de pareja con mujeres extranjeras. Más tarde, al cerrar los ojos, veía a Jean Seberg peinada de muchacho y con camiseta a rayas blancas y negras en Al final de la escapada. En los primeros noventa, seguía los campeonatos europeos de verano por Kristina Egerszegi, nadadora húngara de 200 metros espalda que consiguió cinco oros olímpicos con sus brazos de mozo de mudanzas. Finalmente, descubrí a Irène Jacob, la actriz de Suresnes que nació el mismo día que yo, aunque aguardó dos años en el vientre materno para parecer más joven. Tras disfrutarla en La doble vida de Verónica y en Rojo, hoy pienso que es el ser más hermoso de mi mundo conocido, y guardo en mi memoria esa fotografía promocional donde aparece frente a un lienzo rojo.

En el nuevo milenio, únicamente me ha enamorado la voz increíble de Rufus Wainwright, cortesía de la chica de las gafas de pasta madrileña. También la de Montse Llussà, en mis tardes de radio. En el programa, su voz elegante es arrollada a menudo por las maleducadas de sus compañeros masculinos; y me provoca la imagen de un peluche en un sex shop.

Hace casi veinte años, en la penumbra de una discoteca, me presentaron a una persona popular en la tierra de la niebla. Allí es más fácil alcanzar el estrellato al tratarse de un territorio poco habitado. Tenía el encanto de la sofisticación y sedujo mi interés. Fue fácil localizarla en ese mismo local, las noches siguientes, por la blancura de sus collares de perlas falsas que brillaban en la oscuridad como una sonrisa de Albert Om. No parecía molesta ante mi discurso rústico, quizás porque era hija de un ganadero; y pronto me pareció cercana. El día previo a su aniversario, busqué su domicilio familiar en el listín telefónico de un bar. Contraté con una floristería el envío de un ramo de rosas rojas.

Intentaba imaginar la mirada sorprendida de la joven ante un regalo anónimo, cuando el recadero llamó a mi puerta a media tarde. En la dirección ofrecida, en las afueras de la ciudad, sólo había una granja de marranos y nadie cuidándolos. Me devolvió el ramo de novio abandonado. Con el tiempo averigüé que la familia había residido en la casa junto a esa porquera, hasta que se mudaron a una vivienda en el casco urbano, quizás por motivos de distinción social o de sensibilidad olfativa.

Antes de que se estropearan, entregué las rosas a mi abuela. Fueron las únicas flores que le regalé en vida. Me confesó emocionada que estaba sorprendida, y me preguntó el por qué del presente. "A les grans vedettes us encanten els obsequis dels vostres seguidors". Dibujó una sonrisa coqueta y se arregló el cabello de las sienes teñido de un color cobrizo, con sus dedos frágiles.

Temporada de polo

Los martes de junio son ideales para practicar el deporte del polo en el Real Club, emulando a ídolos mundiales como Carlos Cambiasso, Mariano Aguerre, Matías Mac Donough o Eduardo Heguy, sobre un caballo de raza polo argentina; y descansar luego de los siete minutos del chukker definitivo tomando un aperitivo en una terraza de las instalaciones, con las extremidades relajadas y el casco de competición brindando una sombra para que la bebida no se desvanezca con el calor.

Me gustaría convidar al hombre sin suerte a jugar polo en una tarde nublada, con el aroma a hierba mojada por el riego de aspersión, y que nuestro equipo derrotara al contrario; como él me llevó a navegar en velero algunas tardes en dirección a un sol escondido tras los cúmulos en el horizonte, o a esquiar con su primer coche en aquellas pistas en las que engullí nieve en exceso en las caídas. Pero el deporte del polo exige botas y pantalón de montar, guantes, rodilleras, anteojos, casco y largos tacos para empujar la bola en la portería de tres metros de altura. Nada de eso cabe en mi piso. Tampoco en los garajes del barrio admiten caballos de raza polo argentina en pupilaje.

Por eso, le he convidado a jugar tenis de mesa en el Turó Parc. El hombre sin suerte siempre va ataviado a la última. Ha aparecido puntual a bordo de una bicicleta de diseño, con su maletín repleto de bebidas isotónicas, extraordinariamente vestido para practicar deporte, con sus zapatos de suela especial para el ping-pong. Me ha derrotado fácilmente en los tres partidos que hemos disputado a veintiuno antes de que cerraran las puertas del recinto a las diez de la noche. Tengo excusa para el fracaso: mi ropa era de calle; y he jugado con la pala con la que mi padre levantaba torneos en los años cincuenta, para prestarle la mía con la que no gané nada en los ochenta.

En los puntos acalorados, se le ponía cara de palista chino y los anotaba con jugadas brillantes. En los aburridos, hemos aprovechado para charlar un poco. El hombre sin suerte está a un paso de cambiar su apodo. Tiene posibilidades de recuperar a su hijo que se llama como él, para quien guarda extraordinarios planes en un futuro diferente. Ansiaba aplaudirlos, pero necesitaba las manos para contrarrestar sus inesperados reveses asiáticos.

Es mi amigo más fiel. En el instituto escapábamos de las clases de matemáticas con la moto de escasa cilindrada que nos prestaba Albert, aunque él no lo supiera, para recorrer caminos de amapolas y trigo verde. También para jugar billar americano en la cafetería del teatro, o tenis de mesa en aquella sala de juegos en la planta subterránea de una discoteca. Después, nuestras universidades estaban en ciudades alejadas. Pero mantuvimos el contacto, y me presentó a sus mujeres conquistadas, mientras le describía a las que me gustaban a mí.

Jamás peleamos por una chica. Tenemos gustos alejados con ellas. Le apetecen guapas y a mí interesantes. Prefiere la cantidad y yo la calidad. Igual pasa con el resto de aspectos de nuestras vidas. Quizás por eso nunca nos vamos a alejar demasiado más; ya ocupamos polos opuestos. Tuvo su etapa de persona políticamente muy influyente, que se prolongó en el tiempo. Tampoco entonces se olvidó de mí, ni me hizo sentir alguien menor brindándome oportunidades de trabajo que jamás pude aceptar.

Hoy me ha regalado una chapa reivindicativa en metal por el sí al estatuto catalán, para prender en mi camiseta sudada de jugador de tenis de mesa, con las siglas de un partido político que no voy a desvelar aquí. Le he ocultado que voy a votar con un no, por motivos distintos a los de los miembros del Real Club, para prorrogar nuestra amistad; aunque le he agradecido que me confirmara la fecha del referéndum. La chica de las gafas de pasta madrileña (Ilse) me la apuntó hace días, y también se sorprendió de que no la almacenara en mi mente. Ese tema es secundario en mi vida, ahora que ha comenzado la temporada del ping-pong con el hombre sin suerte.

El secreto

Incluso en el profundo invierno duermo desnudo. Evito a los vecinos el desagradable striptease diario porque cierro las persianas. Al depositar mi traje de hombre arisco y distante sobre una silla en la noche, mis emociones se reflejan en el espejo de pie, desamparadas porque ninguna persona las conoce, hasta que apago la lámpara en la mesita.

En la tierra de la niebla no es costumbre hablar de sensaciones. La vida en el campo es una cuestión práctica. Discutimos sobre la salud de tía Patricia, el precio del maíz, la mesa del comedor que vamos a cambiar. También de que los manzanos necesitan que llueva. Pero nadie malgasta palabras en describir esa lluvia fina que riega nuestras vidas en forma de sentimientos.

El próximo mes cumpliré cuarenta y dos años de cangrejo aislado. En la comida me interrogarán si he conocido a alguna buena chica últimamente; me aconsejarán que busque un empleo estable en lugar de trabajar por mi cuenta; asegurarán que viviría mejor en la tierra de la niebla que en la metrópolis, más ahora que han aparecido con sus vestidos almidonados muchachas tristes del este de Europa a centenares para trabajar en las plantaciones. "Sin marido", acentuará la señora Sofía. Pero será imposible escuchar de sus labios: "¿Te apetece la vida? ¿Tienes temores? ¿Son interesantes tus recuerdos?"

Por eso he comenzado a escribir, y guardo en secreto estos textos ante la gente que me rodea a diario. No entenderían que me guste desnudar mi interior sin correr las cortinas. ¿De qué sirve? ¿Cuánto te pagan por hacerlo? ¿No van a pensar que eres afeminado? Tampoco me verían reflejado en ellos; ni siquiera la señora Hayden, la más sensible entre nosotros.

Me prepararon para tener hijos a estas alturas de la vida y un piso en propiedad y vacaciones en tours turísticos del estilo Maravillas del Danubio. Pero jamás he tenido la capacidad de ser un hombre práctico; y me resulta emocionante nadar contra corriente, desde siempre y en todo lo que hago.

En la adolescencia era el más alto en esa clase de alumnos poco desarrollados. Mis pies carecían del talento para empujar el balón al fondo de la red, y me trasladé al básquet. Me dedicaba a encestar balones en soledad, mientras los compañeros organizaban extraordinarios partidos de once contra once más allá del cemento de la pista exclusivamente para mí.

Una tarde, por sorpresa, mi padre escapó de su trabajo para asistir a mi clase de deporte. El profesor Núñez tuvo ligeros los reflejos: ordenó a los futbolistas que se desplazaran a la cancha de baloncesto para que no me sintiera ajeno al grupo.

Jamás había disfrutado de tanta compañía al botar la pelota. Gané a todos en el uno contra uno, encestando con frecuencia desde la posición de alero. Mi padre regresó encantado a su labor, seguro de que su hijo era el líder de aquellos chavales desconcertados con una sandía de color naranja entre las manos, sin saber qué hacer con ella. Caía la tarde cuando me acerqué al profesor Núñez, con su barbita entrecortada de doctor House, y le ofrecí las gracias de veras.

En el lugar de ese campo de baloncesto existen ahora tres pistas de tenis. Mi padre me gana fácil en cualquiera de ellas. Una vez al año, como mucho, le derroto yo. Entonces me suplica que no explique el resultado ante la señora Sofía. Teme que ella crea que ha envejecido. Es muy buen tipo, y guarda sentimientos y secretos que nunca conoceremos porque no le gusta escribir.

Agua para revivir

La temperatura se ha elevado para disipar las nieblas de mi tierra, como cada año por estas fechas. De ahora hasta octubre será la patria del calor, un territorio árido como el alma de los canallas que sólo el agua de riego convertirá en hospitalario. Allí he pasado el fin de semana.

El viernes salí de fiesta con el hombre que salva vidas animales. Hacía tiempo que no hablábamos. Por esa falta de entrenamiento vivimos la noche en silencio, consagrando con la mirada a las jóvenes que bailaban en la pista de la discoteca desde nuestro altar en la barra. La camarera nos sirvió un combinado de ginebra con tónica -gin tónic creo que lo llaman ahora los adolescentes y la gente moderna-, y más tarde otro.

Pagamos por rondas, como hacíamos en la discoteca de aquella ciudad alejada del campus universitario cuando teníamos cosas que decirnos, planes futuros que desplegar ante la mirada del otro. Íbamos allí caminando para ahorrarnos el taxi, recorriendo los suburbios peligrosos, cruzando el puente elevado sobre la carretera a toda prisa para que el frío de enero no se instalara en nuestros cuerpos mal abrigados de estudiantes pobres. Antes nos gustaba rememorar esa buena época, pero el viernes nos limitamos a pedir un tercer combinado que mi cuerpo asimiló mal.

El sábado amanecí con la sensación de morir por culpa de la resaca. Deposité un último esfuerzo para escribir la palabra aigua en un papel que enganché al collar del señor Gris. Escuché el sonido característico de sus pezuñas descendiendo ligeras los tres pisos que separan mi dormitorio de la cocina, en la granja de los caballos. Al minuto apareció el pequeño Hayden arrastrando una botella de salvación para el náufrago. Engullí el líquido sin educación, emitiendo sonidos guturales. A cada sorbo se rellenaban las fisuras de mi cuerpo árido y brotaban tallos verdes en mi alma. Pronto estuve en disposición de salir a pasear con el perro.

En mi último trayecto por la zona, las tierras estaban resecas y estériles de vida. Pero el campo comenzaba a despertar tras la resaca del invierno en esa mañana de sábado. Algunas fincas recibían el agua del canal y los agricultores la distribuían por los bancales con sus azadas. Las matas de maíz ya tenían la altura de un conejo con las orejas tiesas, y los embriones de pera se agarraban a los árboles con el tamaño de una rana joven. El señor Gris se arrojó al canal sin pedir permiso, para convertirse en el señor Marrón por culpa del lodo.

La comida se retrasó porque la señora Sofía está acostumbrada a cocinar para ella y su marido, y ese día éramos algunos más. En la espera, el pequeño Hayden jugaba a abrir y cerrar el cesto de los caracoles. Extrajo uno y vino a dispesar mi lectura del periódico en una sombra del patio. Aseguraba que estaba muerto, aunque yo dijera que simplemente descansaba. Para demostrárselo, le conduje al lavadero y deposité el animal boca arriba en la palma de su mano. Abrí el grifo y dibujé una fina lluvia sobre el caracol con mis dedos. Pronto emergieron sus antenas, investigó la región, inició un tímido desplazamiento por el brazo del crío que corrió hacia las faldas de la señora Sofía para mostrarle el milagro de la resurrección, lo que retrasó un poco más el almuerzo.

El comedor era caluroso, a pesar de las ventanas abiertas, y permanecía en silencio mientras degustábamos los platos. El pequeño Hayden despertó nuestro interés, con su filosofía infantil, para preguntarnos: "Per què ens mengem els caragols si són tan bonics?". Lanzó el interrogante después de haber vaciado la última cáscara de su plato, por si acaso la respuesta era frustrante para su afición a comer caracoles a la brasa. A su espalda, mientras rumiábamos la respuesta, permanecía enmarcada una fotografía de él y su abuela frente a una buganvilia con una hemorragia de flores rojas. Los dos sonríen en esa instantánea y es difícil discernir quién tiene más cara de pillo.

Marina

Los ahorros de algunos ciudadanos han sido depositados en Marina d'Or. Anne Igartiburu anuncia esa ciudad de vacaciones valenciana en un spot televisivo que se repite varias veces en el día. No había relacionado la coincidencia en el nombre, hasta que Marina Dörr me ha comunicado un cambio de correo electrónico.

Es una mujer para llevar de turismo todo lo lejos posible de la costa este de la península en que resido. Compartimos piso en los tiempos de unos juegos olímpicos. Me invitaba a menudo, rodeada de mil desconocidos que invadían nuestro espacio vital, a una ensalada alemana de coliflor cruda que mis papilas gustativas nunca van a olvidar por tremenda.

Era una etapa de enorme violencia de ETA y la policía buscaba a una terrorista apodada la tigresa. Su descripción y fotografía eran públicos en múltiples carteles colgados en los espacios de tránsito: un metro con ochenta centímetros de estatura, cabello rizado, ojos claros. El parecido con la mujer con quien compartía piso en el momento olímpico era más que razonable.

Un domingo a media tarde, Marina quiso asistir a la ceremonia en una iglesia protestante de la ciudad. A su término, y por el aviso anónimo de un creyente que abandonó el templo en sigilo, había un dispositivo policial sin precedentes en la población universitaria. Acordonaron el recinto. La detuvieron unas horas hasta comprobar que no era más que una estudiante alemana de paso en nuestra tierra.

Regresó al piso angustiada. Me preguntó, con su ingenuidad, si podría acarrearle problemas la pistola de munición de nueve milímetros que había traído de su país para estar a salvo en territorio extraño. Es la única vez que he tenido un arma corta en mis manos. Era liviana y fría al tacto, tan diferente a las escopetas que conozco desde siempre. Buscamos una solución razonable y un amigo suyo la guardó hasta su regreso al norte de Europa. La policía no intervino de nuevo y lo celebramos con una ensalada de coliflor.

Es la mujer más hermosa físicamente que ha desfilado ante el cásting de mi mirada, y su vida permanece en una fiesta continua de ciudad de vacaciones. Le atraen los gatos, colorearse los labios y aprender lenguas extrañas. Es tan transparente que no sólo no esconde sus secretos; también airea los de los demás.

Realmente es una ciudad de vacaciones para el alma, como Las Vegas o Marina d'Or.

Basuritas

En el anochecer de los martes, y por una reciente ordenanza municipal, los vecinos del barrio expulsan a la calle aquello que, a su entender, no les sirve.

Lo hacen -o lo deberían hacer- entre las ocho y las diez, y me gusta pasear a esa hora en ese día concreto de la semana. Curioseo, con las manos en los bolsillos, en los montículos de objetos desamparados en cada esquina. Siento una cierta nostalgia al sortear las viejas maletas que bostezan en un rincón de la acera recordando sus viajes, las pantallas de lámparas sin ninguna futura cena que alumbrar, las estanterías carcomidas en las que hasta hace poco sus propietarios depositaban llaves o libros o marcos con fotografías queridas. En el paseo, invento una historia para cada objeto perdido con la inútil intención de prorrogar su vida que finaliza de repente una noche de martes en ese rincón mal iluminado.

Las personas aseguran que se trata de un problema de espacio a la hora de expatriar aquel lecho en el que concibieron a su primer hijo. En la tierra de la niebla no sucede nada parecido porque las casas son amplias y hay desván. Mi preciosa cama de allí tiene mi edad multipicada por cinco, y me atrae pensar en las personas que se habrán amado en ella o que han robado, sobre sus muelles, una última bocanada de aire en esta vida extraña para expirar después.

Hace cinco años había una fecha al mes para airear los muebles viejos en el espacio público. Era sobre el veinte y pico -no la recuerdo con exactitud-. Ana le llamaba el día de las "basuritas" y lo tenía anotado en su fascinante memoria de veterinaria. Nos encantaba andar tomando medidas a las mesas para ver si cabían en nuestro hogar temporal. Los mejores muebles estaban en Sarrià (la amiga arquitecta de la señora Hayden amuebló su vivienda con objetos de esa zona), en el Eixample, en Sant Gervasi; pero quedaban demasiado apartados para arrastrarlos. Encontrábamos tantas pegas en los cercanos de nuestro barrio que acabamos adquiriendo muebles suecos a bajo precio en la superficie comercial del polígono.

Añoro aquella época. Conservo las cajas de cartón con los gatos impresos, sin tenerlas escondidas, aunque pensaras que me avergonzaba de ellas por parecer infantiles. Allí se refugian tus recuerdos: las cartas, las fotografías, el rato de esta vida que compartimos.

¿Dónde estás? ¿Sigues despelucada, señorita americana?

El despertar de la primavera

Mi condición de persona despistada me impide, entre otras cosas, detectar la irrupción de la primavera o del otoño. Por eso no dispongo de ropa de entretiempo y mi vida transcurre como si sólo existieran las estaciones extremas de invierno y verano.

Hasta el pasado viernes dormía con tres mantas y no pisaba la calle sin el abrigo de un buen jersey y una chaqueta. Últimamente me acaloraba caminando al Turó Parc y alguna madrugada me desperté sudando, por lo que pensé haber enfermado de nuevo aunque el termómetro no indicara la visita de la fiebre en mi cuerpo.

Salí de paseo con el señor Gris. Un instituto de diseño internacional funciona desde septiembre en mi calle. Su fachada hace honor a los estudios que se imparten en él. También los alumnos parecen esbozados siguiendo los patrones de la perfección. Esa tarde había un grupo de cinco muchachas fumando en la entrada, gracias a la ley antitabaco. Mi cuello realizó una rápida panorámica sobre la piel de sus rostros, piernas, brazos y escotes que mostraba un incipiente bronceado. En el cristal oscuro del centro pude verme reflejado, entre las ninfas a medio vestir, con mi chaqueta negra levantada hasta las orejas y mi cara invernal. Parecía el fantasma de las pasadas Navidades y me confundió el contraste.

Nos dirigimos hacia nuestro parque, cruzándonos con gente sonrosada en manga corta. Incluso la maniquí más hermosa de la ciudad, que permanece sentada desde hace semanas en la confluencia de las calles Madrazo y Calvet, llevaba un vestido ligero.

El Turó Parc estaba sembrado con pensamientos y algunos árboles habían decidido florecer de color blanco. Los otros paseantes leían tumbados al sol o se amaban o jugaban con señores grises o pensaban en los bancos junto al lago romántico como si posaran para que un fotógrafo les inmortalizara en una imagen estival. Ninguno, por suerte, me miró extrañado por mi indumentaria.

Deduje que estábamos en primavera y que era tiempo de hacer cambios.

Mi vida transcurre como si sólo existieran las estaciones extremas de invierno y verano. Al llegar al piso arranqué las tres mantas de la cama y las lavé para guardarlas hasta noviembre. Llevé el abrigo a la tintorería. Por la noche, me puse un pantalón corto y una camiseta con un pez naïf dibujado y salí a la terraza para disfrutar del buen tiempo, aunque temblara de frío porque por la noche todavía refresca y no dispongo de ropa de entretiempo.

Fumando un cigarrillo, rememoré que en octubre de 1986, al poco tiempo de llegar desde la tierra de la niebla a esta zona metropolitana, una recordada mujer llamada Astrid me invitó al teatro. La obra se titulaba El despertar de la primavera, de Frank Wedekind y dirigida por Josep Maria Flotats. Me impactó la dirección artística: una piscina presidía el escenario y los protagonistas, un grupo de adolescentes que despertaban al sexo rodeados de mayores puritanos, se bañaban en ella a pesar de la temperatura fresca que había en la sala. Quizás ellos también eran despistados e ignoraban el ligero paso estacional que se produce entre la etapa del calor al frío. O quizás no tenían a nadie, como yo, que les previniera de que cuatro veces al año cambiamos de estación y de vestuario.

En France

Llueve y he pasado las horas ordenando la montaña de periódicos, revistas, cartas, catálogos, folletos... dormidos en la estantería de los asuntos pendientes desde hace meses.

Me ha alegrado descubrir entre ellos dos objetos preciosos: un CD de Manu Chao titulado Sibérie m’était contée, adjunto a un libro de dibujos de un extranjero llamado Wozniak.

No recuerdo haberlos comprado, ni si alguien me los regaló. He desprecintado el disco y ha sonado alegre a lo largo de la tarde en el aparato que emite música. Canta en francés y mi memoria ha volado al país del norte. Esa tierra es como una amante a la que visité todas las veces en que pude escaparme de mi matrimonio con el sur. Por eso soy francófono. El CD dice:

"J’ai besoin de la lune
pour lui parler la nuit.
J’ai besoin du soleil
pour me chauffer la vie.
J’ai besoin de la mer
pour regarder au loin.
J’ai tant besoin de toi
tout à côté de moi"

Francia fue Anne al principio. Aguardaba su llegada junto al cementerio de las afueras de Estrasbourg, en noche cerrada, con la única luz ocasional que surgía del interior de los modernos tranvías que pasaban puntuales, cada cinco minutos, frente a la parada. Permanecía sentado, planeando el abrazo para cuando la mujer descendiera de uno de ellos. A Anne le encantaba poner a prueba mi paciencia en la espera; pero una hora más después de tres meses sin ver el reflejo de Francia en su rostro no era gran cosa. Aparecía invariablemente tarde, con sus labios pintados de rojo infierno y el cabello azabache cortado a lo garçon. Con esa boca intensa me dijo por teléfono, antes de un nuevo viaje a la ciudad fronteriza, que no hiciera el equipaje. El CD dice:

Boulevard Brune
il est minuit.
Elle était blonde
Et si jolie...
Comme si la brume
s’était posée
sur mon regard,
sous les pleins phares,
de la police...
Quel est ton nom?
Je ne sais pas!
Où est ce que tu vas?
Je ne sais plus!
Comment tu t’apelles
Qu’est ce que t’as
dans les poches?

Regresé a Francia para recorrer las tierras llanas del Marne. Los conductores locales solían pitarnos en los adelantamientos porque llevábamos un coche con matrícula alemana –heridas no cerradas tras las guerras-, de regreso a la casa medieval en el pequeño pueblo de Nogeant cuyo jardín partía, como una cicatriz, un riachuelo. La fachada estaba decorada con lilas, y era agradable sentarse a su sombra para escuchar al grupo de personas hablando en alemán, sin verme obligado a participar en la conversación porque no comprendía nada. De vez en cuando, y ante un chiste celebrado por el grupo con entusiasmo, Hannah me regalaba la traducción con su voz distinguida para que me riera a destiempo. Hasta que se aburrió de trasladarme para siempre su idioma incomprensible y me quedé incomunicado. El CD dice:

"J’aime bien me promener au
Père Lachaise...
... mais pas trop logtemps..."

Posteriormente, Francia fue esa visita casual a la iglesia de Saint Eustache, cerca de Les Halles, una mañana de lunes en que buscaba una sombra en medio del calor del verano parisino. Un reducido grupo de personas celebraba una ceremonia fúnebre junto al altar. El resto del templo quedaba desierto. Me fui acercando al coro de cinco mujeres negras que cantaban un blues hermoso, mientras disimulaba observando con aire de turista las imágenes religiosas ennegrecidas por el paso del tiempo. Nadie se fijó en mí; así que me senté a cierta distancia de ellos y lloré porque estaba solo en París y porque quise dejar por escrito que deseaba ser enterrado en ese recinto mientras cinco mujeres negras cantaban en mi recuerdo. Pero no tenía ni papel, ni bolígrafo. El CD dice:

"Petite pluie
se réfugie
dans mes chaussettes.
Petite pluie fine
au fond des os."

La última Francia fue una tarde de primavera en el Pont d’Ienà. La Tour Eiffel mostraba un marcador luminoso con las horas restantes para alcanzar el año dos mil. Llovía con decadencia y permanecíamos a refugio bajo un paraguas, apoyados en la baranda del puente. Ana miraba las barcazas en el Sena y yo observaba la calzada sin tráfico. Se acercó una muchacha en bicicleta, sin hacer ruido. No pude dejar de mirarla. Ella tampoco rehusó mis ojos. Sonrió y me regaló un guiño, sin que Ana se diera cuenta. Sus labios estaban pintados de rojo infierno y llevaba el cabello azabache cortado a lo garçon: Francia. Al regresar al hotelito barato de Porte des Lilas permanecía el mal tiempo. Cenamos ligeramente en la habitación y, después, Ana se sentó junto a la ventana. Miraba llover. Me dijo, con su acento americano, que visitaba su memoria un poema de Joaquín Gurruchaga:

"¿Por qué en los días de lluvia
pasa una bicicleta en silencio
por nuestro corazón?"

Semanas después de ese viaje, regresó a su país del calor. Dejó olvidada en mi piso de Barcelona, escondida entre los pliegues de un mapa de París, la fotografía que le tomé junto a aquella ventana del hotel tras la poesía. Es lo único que me queda de ella.

Todas se han escapado flotando por los paisajes de mi recuerdo francés y no hay nada que hacer por rescatarlas. Se acaba el CD y sigue la vida. Creo que voy a iniciar el curso de inglés que guardo precintado en algún armario para cruzar nuevas fronteras. Pero eso será mañana. Hace rato que el señor Gris me vigila de cerca para que le saque de paseo. Apagamos la luz, cerramos la puerta a nuestras espaldas y nos perdemos entre los paraguas de los transeúntes, camino del Turó Parc, cantando –yo-:

"Petit matin,
le café chaud,
les dominos.
Le jour se lève,
comme tous
les jours.
Le jour se lève,
il fera beau."

Huellas

Parece que las noches quieran ser más cortas y la vida tienda a alargarse.

Me llegaron noticias de una amiga de hace mucho tiempo: la chica de los ricitos. Ha encontrado una pareja diez años menor que ella. Vive en la gloria, pero cuenta remordimientos por el tema de la edad. Ignora que, a sus treinta, todavía entra en las ayudas estatales para gente joven.

Desconozco cómo será su amante, ni cómo sería el hermano de también veinte años de otra mujer que nunca para de reír. Tuvo el tiempo justo de enseñarle a leer cuando era chiquita, antes de morir meses después. A ella le quedan las dudas acerca del por qué. También guarda las palabras que él le hizo descubrir. Nunca le va a olvidar; el recuerdo prolonga las vidas acabadas.

A los veinte años no fui capaz de pisar esas huellas en el recuerdo de nadie.

¿Qué hice yo a esa edad? Pensándolo veinte años después, simplemente me enamoré de Mar Baides, sin ser capaz de decirle nada íntimo aquella tarde en que estudiamos juntos en el bar de la Facultad de Económicas. ¿Se acordará de mis veinte años? ¿Dónde estará ahora con su figura estilizada de ilustración de Labanda?

Pienso en estas historias a punto de ser o que ya han sido o que ya nunca serán de nuevo, mientras camino hacia el Turó Parc junto al señor Gris.

Orina en la enésima esquina y muestra la lengua al llegar a los jardines. Los portales de los edificios que los rodean indican confort. La mayoría dispone de grandes entradas con el suelo de madera para que los coches diluyan el ruido de su paso bajo los techos altos iluminados con candelabros. Le digo, sin que me comprenda, que no estaría mal residir aquí, con veinte años y una hermana pequeña a la que enseñar a leer, o una mujer de treinta que me enseñara a amar.

El cielo amaga su nariz ante la contaminación de la ciudad y ya no tenemos veinte años muchos de nosotros. Ni siquiera el perro que multiplica su edad real por siete y alcanza los cincuenta. A pesar de todo, sigue con su espíritu de cachorro. No le ocupa otra cosa que mirar el lago del jardín romántico y observarme con cara de pena para ver si le permito darse un chapuzón en pleno invierno, el muy loco.