Caramels



He sortit de casa cap al tard. M'he mirat en el mirall de l'ascensor mentre baixava al carrer. Hi he vist un home gran amb el cap rapat i la jaqueta fosca amb el coll aixecat. Tenia les mans amagades a les butxaques on hi havia caramels de regalèssia. N'he tret un parell i l'he convidat. Però els àngels no mengen dolços i m'ha dit que no amb un gest de la barbeta. Melahel m'ha posat la mà a l'espatlla i m'ha fet sortir a l'exterior de l'edifici. Portàvem pressa i ja era fosc. Semblàvem uns mens in black.

Per davant de la nova botiga Kangura ha passat una furgoneta de romanesos que buscaven deixalles, després un cotxe de la Guàrdia Urbana d'on sortia fum d'un cigarret, seguit per un Mini que conduïa una noia maca. S'ha aturat per deixar-me creuar pel pas de vianants mentre ella escoltava una cançó dels Beach Boys a poc volum.

Melahel i jo hem caminat vint minuts per carrers tranquils, sense massa trànsit, tots dos amb els colls de les jaquetes aixecats, fins trobar el col.legi dels meus nebots. Hi hem arribat quan el partit de futbol ja s'havia acabat. Malgrat tot, el petit Hayden se m'ha tirat al coll preguntant-me si havia vist els cinc gols que havia marcat (un en pròpia porta -però aquests també compten quan ets petit i no jugues per guanyar). Li he dit que no, però que estava content. Li he demanat si volia un caramel de regalèssia i m'ha convidat a sopar crêpes a casa seva a canvi, després de posar-se'l a la boca. Duia les cametes primes només protegides del fred per uns pantalons curts i vermells de futbolista mentre baixàvem per Roger de Flor. ("Oi que es pot quedar a sopar el tio, mama?")

El faraó Nil anava a collibè del seu pare, el petit Hayden caminava agafat a la meva ma, ma germana duia la bossa de l'equipament de futbol i l'àngel Melahel ens seguia a la nostra esquena. Tots baixàvem plegats com si el món fos un lloc bonic.

-Li diràs a la Jose que he fet cinc gols? -m'ha preguntat el meu nebot gran de deu anys.
-N'has fet quatre, trampós. El cinquè no compta que era en la pròpia porteria.
-Sí que compta. Un gol és un gol i costen molt de fer. Li diràs a la Jose?
-I si em demana la teva samarreta signada de record?.
-És que només en tinc una, tio -m'ha contestat ajupint el cap.

Hem sopat amb l'àngel Melahel repenjat en una paret, perquè ell no menja crêpes. Només ens guardava.

Quan ell i jo hem tornat a casa de matinada (com mens in black) no hi havia furgonetes de romanesos buscant deixalles, ni cotxes de la Urbana amb fum sortint per la finestreta, ni noies maques conduint vehicles com capces de llumins i els Beach Boys de fil musical.

He esperat que l'ascensor baixés de l'àtic. Hi he entrat, posant-me un caramel a la boca. El mirall m'ha retornat la meva imatge amb el cap rapat i la jaqueta fosca amb el coll aixecat. L'àngel Melahel no hi sortia, tot i que anava al meu costat. Ell és invisible, però fa companyia. Com el petit futbolista i la seva enamorada.

Pub Nelson



El verano de 1982 cumplí dieciocho años y comencé las clases para sacarme el carnet de conducir. Aprobé la teoría a la primera, la pista a la segunda y la circulación por ciudad también a la primera, mientras subía hacia ese restaurante de la tierra de la niebla que tenía un jabalí enjaulado. En el asiento de atrás estaba el examinador avinagrado que tomaba notas, mientras yo me sentía nervioso mirando por la ventanilla de la izquierda los rostros de las personas que paseaban tranquilas por aquella ciudad de la que después me alejaría. Intentaba poner los intermitentes adecuados con mi cara de buen chico, mirando por el retrovisor la lengua entre los labios de aquel hombre menudo y calvo que apuntaba en un bloc cuadriculado, dudando si aprobarme o no. Fue generoso conmigo.

Pensé que obtener el carnet de conducir me ayudaría a sentirme mayor. Pero no fue así.

El hombre sin suerte se sacó su permiso de conducción al mismo tiempo que yo y juntos alternábamos los coches: él su dos caballos de propiedad y yo mi ford fiesta prestado por mi padre, dando tumbos por los caminos de tierra, intentando no atropellar liebres ni levantar demasiado polvo con los frenazos, mientras escuchábamos en el radiocassete lo último de Gwendal.

Un día nos atrevimos a acercarnos a la capital de la tierra de la niebla con su coche. Atravesamos campos de frutales. Yo miraba por el retrovisor para ayudarlo en su conducción novata. Conseguimos llegar a la plaza Enric Granados. Logramos aparcar su Citröen después de mil maniobras y entramos a tomar una cerveza en un local pijo (el Nelson -un pub de moda en aquellos años ochenta, muy british, con asientos de cuero y suelos de madera).

Los dos éramos muy chulos y el mundo nos parecía nuestro. Dos chicas nos miraron en una mesita, escondidas tras sus refrescos de cola. Una se llamaba Montse y la otra Margarita. Nos lo dijeron después de que echáramos a suertes, el hombre sin suerte y yo, quién se acercaba a ellas. Gané yo, y él se aproximó a su mesa con las manos en sus pantalones de pana. No lo mandaron al infierno (cosa rara) y nos sentamos con ellas intentando ser simpáticos, sin conseguirlo demasiado. Teníamos dieciocho años y éramos casi tan tímidos como ahora.

Le caí bien a Margarita. Me hacía caso y me miraba con sus ojos grandes mientras sonreía. Era tan alta como yo, de huesos anchos y pechos interesantes a mi edad de entonces. Tenía el novio en la mili y se sentía sola. Después de mil bromas, me preguntó si iría con ella a las fiestas de Barbastro (Huesca) el sábado siguiente. Me dijo que me esperaría bajo su casa a no recuerdo qué hora y me apuntó su dirección en un posavasos del Nelson.

Pasé aquella semana recolectando peras en el campo con una sonrisa en la boca, pensando que ya era mayor.

Llegó el sábado de las fiestas de Barbastro. En esa época era inconcebible pedirle el coche a mi padre para salir de noche. Todavía no sabía conducir, a pesar de mi carnet que me daba permiso para hacerlo. Así que esperé a que él se durmiera. Abrí el cajoncito donde guardaba el llavero de su Ford. Puse la llave en la cerradura de la puerta de salida de la granja de los caballos y la cerré con cuidado para no despertar a nadie. Me dirigí al lugar donde estaba aparcado el coche, unas calles más abajo. Me sentía mayor.

El vehículo arrancó a la primera. Salí de las calles del pueblo y me metí en la carretera negra. Me sorprendió que todo fuera tan fácil en mi primer viaje lejos conduciendo yo, que tuviera incluso tiempo para mirar la luna redonda tras el parabrisas mientras el coche respondía a mis órdenes.

Llegué a la capital de la tierra de la niebla. Reduje la marcha. Busqué el edificio de Margarita recordando las veces que había caminado por allí, sólo que esta vez lo hacía a caballo de un coche. Como un príncipe. La vi en ese portal oscuro, sonriéndome. Estaba guapa. Parecía un caballo salvaje. Aparqué en doble fila y ella vino con sus tejanos que guardaban unas piernas largas para decirme que estaba castigada, que lo sentía mucho, pero que no podía acompañarme a las fiestas de Barbastro. Y regresó a su ventana del segundo piso en ese edificio inmenso tras darme un par de besos. Entonces no fumaba, pero me hubiera ido bien prender un pitillo junto a ese río que reflejaba la luna en su escaso caudal.

Yo quería comenzar a madurar a pesar de todo. Así que intenté buscar la carretera que conducía a Barbastro. El coche ya estaba robado, así que no tenía nada que perder. Encontré el camino a la tercera. Luego vinieron kilómetros y kilómetros de oscuridad, de enfocar con mis faros pequeñas montañas que parecían salidas de una película de cowboys en el desierto, de pasar carteles que anunciaban pueblos que desconocía. Iba con el torso inclinado hacia la luna delantera del coche de mi padre, intentando no chocar con nada ni con nadie. Con mis gafas de miope.

Llegué allí.

Barbastro me pareció un pueblo pequeño. Aparqué sin problemas en una calle sin coches. La música me condujo a una plaza con apenas veinte parejas bailando que hablaban en castellano bajo unos árboles raquíticos. Me quedé un ratito en ese lugar con las manos en los bolsillos. Una chica se acercó, pero era para venderme un cupón de una cesta. Estaba aburrido. Intentaba acompasar los movimientos de mis pies con la música que emitían cuatro instrumentistas sobre la carreta de un tractor en la plaza mayor, mientras esperaba que pasara algo. Hasta que decidí que allí no me haría mayor.

De regreso a casa paré en una gasolinera. Puse el combustible suficiente para que mi padre no notara el robo de su vehículo (era mi sueldo de un día de trabajo como recolector de peras). La carretera era oscura y yo iba con todos los sentidos alerta.

Llegué a la granja de los caballos. Aparqué el Ford Fiesta en el mismo sitio donde lo había encontrado. Abrí la puerta de la casa con el máximo silencio. Dejé las llaves en su sitio. Subí a mi habitación descalzo. Me quité la ropa y apagué la luz.

Pensé que me faltaba madurar, a pesar de tener un carnet de conducir. Todavía lo pienso hoy, cuando acumulo otros carnets en mi cartera.

PD: Montse se casó con el hermano mayor del hombre sin suerte (cosas que pasan) y Margarita sigue con su novio de la mili. Tienen no sé cuantos hijos.

PD2: En lugar de ponerme comentarios, ¿por qué no contáis vuestras primeras experiencias con el coche en vuestros blogs? Últimamente, Blogville está apagado. A ver si lo resucitamos entre todos.

Parada d'òmnibus



Torno a la gran ciutat arrossegant la bossa negra plena de les darreres pomes fuji que es van poder collir el 2011 a la terra de la boira, pels vols de novembre. Encara són vermelles i fermes quan les queixales.

Surto de la boca de l'estació de trens i m'escup a la cara la contaminació, el soroll de les ambulàncies i els llums dels taxis desocupats que em donen la benvinguda a Barcelona. Fa temps que vaig triar viure aquí, lluny del canal de reg, del camí de Duran, de les tórtores que aquests darrers dies encara buscaven grans de panís enmig dels camps per llaurar mentre jo trepitjava rodades de tractors a la terra de la boira i feia un cigarret mirant la lluna blanca en un cel blau de mitja tarda. Aquell lloc sempre serà casa meva en la meva imaginació.

Però ara sóc aquí (tot i que em resisteixo a ser d'aquí). Miro el rellotge d'una entitat bancària en el sostre d'un edifici de plaça Catalunya. Em creuo amb mil rostres desconeguts que tenen pressa per la vorera. Ni em miren, mentre esbufego amb la meva bossa plena de pomes fuji.

A la parada de l'òmnibus 22 m'espera el meu àngel Melahel. També la dona dels mars del sud. Els dono una poma a cadascú en senyal de gratitud per venir-me a rebre. Tots dos masteguen en silenci mentre passen ambulàncies i taxis desocupats amb el llum verd pel passeig de Gràcia. Ens quedem tots tres allí, asseguts una bona estona, amb la T-10 a la mà (tret de l'àngel que no paga viatge), per si arriba l'òmnibus abans dels cinc minuts d'espera que marca el rètol lluminós de la parada. Fa fresca i estem tots tres a tocar els uns dels altres. Com pollets en un niu.

PD: L'àngel Melahel li dóna les gràcies a la Daltvila per recordar-se'n. Ho fa en silenci, aixecant una aleta.

Gent que no conec del barri (l'estanquera nova).



Passo sovint per davant de l'estanc on ella treballa. Ho faig amb gorra o amb el cap descobert, amb el coll aixecat de l'abric o espitregat, amb bufanda o sense, amb el cabell curt o llarg. Ella és nova en aquell aparador on canvien massa sovint de persona que despatxa. Faig de camaleó perquè no em reconegui quan la miro darrere els vidres tota trista, allí engabiada. Costa posar-li edat. Sembla més aviat jove, però la mirada és vella. Si es pensa que no la veu ningú, fa una calada d'un cigarret que té amagat sota el taulell. Després expulsa el fum com si llancés barquets de paper en un riu amb els telèfons de mil antics amants allí escrits esperant que l'aigua difumini la tinta.

De vegades entro a comprar un paquet de paper de fumar per fer-li companyia vint segons. Té uns ulls clars que no em miren mai. Pago els vuitanta cèntims i surto al carrer per observar-la, de reüll, darrera la peixera, abans que em torni a engolir la ciutat.

PD: Marxo uns dies (a partir d'aquest dijous) per ajudar els meus pares (potser encara escriuré un darrer post -demà diumenge tinc un dia xulo- o potser ja no diré res més). Em tocarà fer de cuiner. Si em passeu receptes faciletes us ho agrairé molt. Me les emportaré apuntades a la terra de la boira.
PD2: Emily, com era aquell arròs amb mandonguilles i ou dur ratllat? Encara bavejo.

Lindy hop



En mi vida sólo recuerdo haber bailado tres veces. La primera fue en un viaje con el instituto a Barcelona. En la sala La Paloma, la chica más guapa de la clase (además de la más inteligente), Núria, me vio ladeando la cabeza solo en un rincón oscuro, y vino hacia mí como Kim Novak se acercaba a William Holden en la película Picnic: chasqueando los dedos y contorneando el cuerpo. Me sacó a la pista con un fanal entre nuestras manos explicándome cómo debía mover los pies para no pisarla. Nunca he sabido si perdió una apuesta o lo hizo por voluntad propia, pero yo flotaba con mi mano en la cintura avispada de esa adolescente que ahora ejerce de médico en Navarra.

La segunda ocasión fue en ese mismo local, muchos años después. Yo ya estaba licenciado del instituto, de la universidad y de la mili. Estaba allí con mi pareja de entonces y con mi mejor amigo. Los tres en la barra, los tres con un gintonic, los tres aburridos. Nosotros tan morenos y ella tan rubia. Entonces la guapa Hannah me miró como mira Kim Novak a William Holden en Picnic (antes de bailar con él) y me arrastró a la pista tirando de mi camisa, mientras yo intentaba agarrarme a mi gintonic o al brazo del hombre sin suerte, sin conseguirlo. Sonaba un vals y a los cuarenta minutos ya había aprendido los pasos para no atropellarla. Ese día también floté agarrado a esa chica que añoro.

La tercera vez fue en un castillo de Sant Cugat. Estaba allí porque se casaba el hombre sin suerte. Era una boda de alto copete y él me avisó que dejara la boina en casa. Pero el vino era copioso y el ánimo estaba por las nubes cuando comenzó a sonar "Los pajaritos" (nunca entenderé que pusieran esa canción en una boda tan refinada). "¿A que no te atreves a salir?" -me gritó uno de los solteros de esa mesa de ocho hombres treintañeros sin pareja. "A que sí". E incomprensiblemente me encontré como director de vuelo de esa formación coreográfica de siete avutardas granaditas que bailaban al ritmo de ese acordeón a mi espalda, desplegando brazos y piernas, ante la plana mayor de los dirigentes de un partido político que ahora gobierna en Catalunya. El hombre sin suerte no me invitó a su segundo matrimonio. Con razón.

La última vez que estuve a punto de bailar fue durante unas fiestas de Gràcia de hace seis o siete años. Estaba en un local social y una banda de músicos interpretaba swing mientras unas cuantas parejas se movían de una manera incomprensible para mi capacidad locomotora. Pedí una cerveza en la barra y me puse en un rincón oscuro, ladeando la cabeza con la música. Una chica morena de ojos grandes apoyó su espalda en la pared, junto a mí. Y comenzó a mover sus pies siguiendo el ritmo. La miré de reojo porque la tenía vista de un culebrón de TV3 (El cor de la ciutat) donde interpretaba a una ayudante de peluquería. También me miraba de reojo. Antes de que ella pusiera cara de Kim Novak y comenzara a chasquear los dedos, apuré la cerveza de un sorbo y me largué, levantando una ceja en señal de no sé qué. Me sentía incapaz de bailar ese Lindy hop con tan poco alcohol en la barriga. Ni que fuera con una chica de la tele.

PD: Este 2012 pedí en la carta a los Reyes aprender los pasos del Lindy hop. Ya llevo tres sesiones en una escuela de Gràcia. No creo que aguante hasta la primavera porque soy el hazmerreír del grupo.